Un buen regalo para Boyacá

Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 2004 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 41, n.º 66

Sobre Boyacá. Historias y destinos, varios autores — Gobernación de Boyacá. El Sello Editorial, OP editorial, Tunja, 1997, 158 págs., il.

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Tópaga y Monguí tienen los nombres trocados. Tópaga, palabra sonora, debiera corresponder a la ciudad, y Monguí, casi un diminutivo, debería ser la aldea, cuyo parquecito central estuvo en otro tiempo sembrado de amapolas, sin que nadie se escandalizara por la belleza de las flores. Del mismo modo que algunos parques de Cali estuvieron rodeados por setos de matas de coca, con sus frutillas rojas, antes de que los Estados Unidos entraran a determinar con qué clase de plantas podemos adornar nuestras plazas y jardines, y nuestras casas. Mi madre tenía predilección por las amapolas, flor romántica de canciones y poetas, que alegraba nuestro patio. Menos mal que la hicimos cremar, para que no puedan meter sus huesitos a la cárcel por haber sembrado alguna vez una mata tan común en el trópico, cuya extinción se decreta precisamente en la época ecológica de preservación de las especies no humanas.

Boyacá, con todas sus paradojas, se muestra en un libro de buen aspecto, con intención divulgativa y promocional hacia el turismo, la inversión y la política. Su eficacia depende del número de ejemplares y su distribución, en la campaña publicitaria de la cual forma parte, con exposiciones y otros eventos.

La gobernación hizo todo lo necesario para que el libro saliera lo mejor posible, y así salió. Discreción, elegancia, calidad artística, nada le fue negado. La mayor parte de las fotografías y casi todos los textos responden a un proyecto editorial ambicioso, bien intencionado y bien dirigido. Todo lo cual significa que las fallas eran inevitables, pues no se puede trabajar con lo que no se conoce, o no se tiene. Desde ese punto de vista, el registro bibliográfico debe hacerse con el mayor elogio y consideración hacia los medios disponibles. La obra merece el honroso calificativo de profesional, lo máximo que se puede decir si nos atenemos a los antecedentes de contratación en las entidades regionales del sector oficial.

El libro muestra que todos los que formaron parte de la empresa trabajaron con amor y competencia, y sólo eso bastaría para desentenderse de posibles reparos. Pero la crítica es la crítica.

Tres historiadores, un economista, cinco periodistas, un crítico de arte, un músico, un fotógrafo y otros polifacéticos autores, todos ellos escribieron muy bien. El único que escribe mal es el escritor, y ésta es la primera paradoja. La deformación profesional de escribir para adolescentes le impide a Jairo Aníbal Niño escribir para adultos. El encantador autor de inolvidables cuentos y poemas para niños —tiernos, ingeniosos, bellos— que no faltan cada año en el taller de poesía de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín, presenta en este libro dos textos con un lirismo fuera de lugar, dulzón e inadecuado para el caso.

En contraste, sobresale el capítulo sobre arte colonial. La precisión y claridad de la buena prosa, suficiente información y análisis profesional, acreditan la trayectoria de Eduardo Serrano, con la colaboración de Myriam Acevedo. El historiador Germán Villate Santander y los demás participantes realizan en conjunto un dibujo de Boyacá ponderado y atractivo, eficiente y serio. Todo condimentado por el doctor Jorge Velosa Ruiz, excelente compositor y músico, con el propósito de mostrar el habla y costumbres populares de la región, sin lo cual la obra hubiera quedado incompleta. Dicho sea entre paréntesis, la cucharita, que en Colombia es alegre música campesina, de picaresca malicia, en Brasil fue considerada como un lamento de triste pesadumbre.

A propósito, la elite culta que desprecia lo popular no desaprovecha ocasión para asestar sus golpes. Por los días en que se escribe esta reseña, la revista Semana, olvidando experiencias anteriores, despoja a Julio Flórez de la corona de la poesía, que le había sido entregada en 1923, y, sin embargo, Julio Flórez es el único poeta verdaderamente popular que hemos tenido en todo el siglo XX. Nada de extraño, pues el libro que se comenta omite a Julio Flórez de la lista de sus hombres principales, como omite también a Eduardo Mendoza Varela, que tan bellas páginas escribió sobre Boyacá y sus gentes, y tanto amó a su tierra con generoso ademán, noble y seguro.

Las mejores columnas de los periodistas suelen ser breves y admirables ensayos, calificados a la ligera como simple diarismo, desaparecen injustamente de la literatura y se pierden en el saco sin fondo de los días. Uriel Ospina o Eduardo Mendoza Varela son, entre muchos, buen ejemplo de esa vocación suicida del escritor, que es el periodismo. De su trato con campesinos del altiplano resulta esta observación de Mendoza Varela, que se lee en su libro De las cosas del campo:

Nuestros campesinos —hablo al menos de Boyacá y Cundinamarca— emplean una lengua difícil de suyo, que se entraba y disocia aún más por ese recelo mental, por esa malicia, por ese ir y venir con que suelen enredar las cosas más elementales. Si ustedes preguntan esto o aquello, la respuesta vendrá, no muy exacta, después de unos cuantos circunloquios y naderías. Y es que el campesino, mientras habla con su aparente timidez, dándole vueltas y más vueltas al sombrero, o mordiendo la punta de la ruana, hace otro tanto con las ideas, que amarra y enreda para colocarlos a ustedes en terreno flojo.

Al muerto en nada le afecta que se olviden de él, pero olvidar a ciertos muertos es también olvidarse de sí mismo. Un pueblo, al igual que un individuo, es la suma de sus recuerdos. La suma de sus muertos. No me dirijo a los jóvenes, para quienes sólo existe su presente. Me refiero a la nación, que en alguna forma habrá de perdurar.

En mucho se parece Boyacá a tierras españolas. El turista desprevenido imagina deforestaciones, pero el verdor de Boyacá se sustenta en suelos limitados, con todos los riesgos de la agricultura tropical. El vendaval destroza los trigales, las heladas matan los cultivos delicados, el sol y la lluvia no se ponen de acuerdo, y las plagas se encargan del resto. El olivar resiste, hasta cierto punto, pero la agricultura no se puede dejar en manos de los agricultores, tan desprotegidos que muchas veces no tienen más amparo que sus oraciones. Ven desaparecer sus siembras de la noche a la mañana, y el esfuerzo de su labor tiene toda clase de enemigos, incluyendo a funcionarios que roban en provecho propio los créditos y subsidios destinados para el agro. Después se alega que nos es imposible competir con los países organizados, y que los consumidores tienen que pagar la incapacidad del país para gerenciar sus sectores productivos. Tan elemental como eso. Nunca se ha podido hacer. Cierto que el robo es la principal de las artes humanas, pero qué falta de imaginación que todos los colombianos se dediquen al mismo arte. Resulta evidente que el robo sustenta buena parte de la economía, pero pasado el límite se llega a la crisis. En eso estamos. No depende de leyes oficiales. Depende de Dios, como se dice cuando las cosas no tienen solución.

Las estadísticas del suelo (pág. 114), muestran que se sabe lo que se debe hacer, pero no se hace porque se oponen factores adversos, sociales, políticos, económicos, culturales y todos los demás intereses que impiden aprovechar debidamente los recursos naturales. En página 112 está justificada la crítica al Dane y a los censos, por la ligereza con que se aprecian los problemas y características nacionales. Curiosamente, el minifundio ha preservado a Boyacá del conflicto de la guerra, lo que significa que un modelo económico de baja productividad, que iguale a todos en la pobreza, es el ideal neolítico de la revolución en Colombia.

La artesanía es una de las actividades boyacenses que requiere continuado apoyo gubernamental, no con el criterio sin desánimo de lucro aplicado por Artesanías de Colombia, sino con la convicción de que es mejor invertir en proporcionar vida a las gentes que hospitales y cementerios. La fama de los artesanos como viciosos no involucra a los de Boyacá, gentes sencillas, pacientes y trabajadoras. Por lo mismo, explotadas u olvidadas. Las cooperativas campesinas no han sido viables, por ignorancia, deficiente gestión, individualismo y mala fe. Los más ventajosos desacreditan el cooperativismo. Minifundio y microempresa forman cuellos de botella que se adoptan por fuerza de las circunstancias. En el largo plazo no solucionan nada, y finalmente el desorden social también llega cuando el rancho, además de estar vacío, también está apagado.

Convertir de un momento a otro población campesina en obrera industrial no es cosa que se pueda hacer con facilidad. Genera más problemas de los que resuelve. En Medellín se intentó una vez, con resultados traumáticos. A pesar de lo cual se sigue empujando por la fuerza a los campesinos hacia las ciudades, seguramente con algún trágico designio que no tardará en manifestarse, para mayor desgracia de Colombia.

En página 131 se asegura que Boyacá dispone de mano de obra calificada para la industria, en once universidades. Dudosa afirmación, que se contradice en página 112: «Es un hecho incuestionable que Boyacá es, primordialmente, un departamento campesino». No obstante, la instalación de industrias medianas debiera ser posible, con lo cual se intentaría controlar el éxodo a Bogotá. Mas no se puede contar con inversión privada si no se dan las condiciones, y las empresas estatales, con sus ruinosos sindicatos, no pueden estar más desprestigiadas.

Aplicando un criterio poco estricto se puede decir que texto y fotografías se complementan bien, mediante una diagramación atractiva, casi en todo acertada, y una impresión de buena calidad, dentro de los estándares locales. Mirado con rigor profesional, sin embargo, debe anotarse que las fotografías presentan una calidad muy dispareja, porque proceden de más de veinte fuentes desiguales, sin control técnico, lo que hace imposible exigir mejores resultados al impresor. Que sin duda hizo milagros, al verse forzado a aceptar originales por los que ningún impresor de valía puede responder. Cosas del subdesarrollo que, pese a todo, no deja de tener su lado amable. Por ejemplo, si desafortunadamente ocurrió un error, no detectado a tiempo, en lugar de repetir un pliego, lo que excede el presupuesto, no tenemos inconveniente en sobreponer un pedacito de papel para enmendar el error, así sea en primera página.

De todos modos, el libro es también un buen regalo para Boyacá, aunque el mapa aparezca disminuido en la última página, porque no sabemos hacer mapas útiles y atractivos. Nos limitamos a copiar al Agustín Codazzi. Es de esperarse el envío de ejemplares a cada pueblo, porque de lo contrario los boyacenses no van a conocer su regalo. Como tampoco tienen acceso a las esmeraldas, botín de aventureros y bandidos. En cierta ocasión viajé a una zona esmeraldífera, no para buscar gemas, sino alguna pequeña artesanía, pero encontré que ningún forastero podía entrar allí, porque los forasteros que se tomaron la región la controlan palmo a palmo.

Recorrer a Boyacá trae frecuentes sorpresas, dada la clarividencia de sus gentes: alguna vez viajé con un editor argentino, atraído por la fama del paisaje. Al regreso, muchachos que ofrecían su mercancía a la salida del pueblo, empezaron a gritar: «¡Gauchos, gauchos!». Y don Carlos Lohlé se mostró sumamente sorprendido de que aquellos jóvenes pudieran adivinar su procedencia con sólo verlo pasar en automóvil.

En otra ocasión viajé con un veterano industrial, que deseaba hacer algo por Boyacá. Y ocurrió que a la salida de Villa de Leyva, lugar de vestigios arqueológicos, otros muchachos ofrecían sus piedras a la orilla de la carretera, como es costumbre, y empezaron a gritar: «¡Fósiles, fósiles!». Mi amigo quedó muy extrañado por la falta de educación de aquellos jóvenes, y prometió no volver a pasar nunca por allí.

Aparte de lo que me ocurrió con las figuras de carbón que se tallan en Tópaga, podría contarles a ustedes muchas anécdotas divertidas acerca de chascos que me han ocurrido en Boyacá, pero será para otro día, pues en este momento se fue la luz, porque se robaron la hidroeléctrica.

Jaime Jaramillo Escobar