De monografía a radiografía
Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 2000 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 37, n.º 53
Sobre Pueblorrico: un pueblo en busca de su identidad, de Alirio Valencia Agudelo — Imprenta Departamental de Antioquia, Medellín, 1999, 182 págs.
[Pueblorrico es el pueblo natal de Jaime Jaramillo Escobar (1932)].
No se espera que las monografías de los municipios sean modelos de obra histórica y literaria, pero tampoco que estén tan mal escritas y pésimamente editadas, esto último, en el caso que nos ocupa, a cargo de la imprenta departamental de Antioquia, con la complicidad de los nombres que figuran en los créditos (digitador, corrector de pruebas y diseñadora gráfica), ninguno de los cuales posee ni la más remota idea acerca de su oficio, aunque, por fortuna, parece que todo queda en familia. A juzgar por esta obra, la imprenta departamental de Antioquia pasa por un mal momento. Allí se desconocen los libros y se ignoran las artes gráficas, después de tantos años de errática administración política.
En la Introducción, el autor declara: «Puede que no sea una obra de interés literario, o puede tener el valor de una historia veraz aunque mal contada». En realidad, la monografía contiene los elementos necesarios, y la historia no está mal contada, pero hizo falta la revisión de originales, un mejor ordenamiento, y la reflexión que examine los hechos a una luz más clara. El libro prefiere el orden temático (propio del ensayo), al orden cronológico (propio de la historia), dando por resultado que los primeros establecimientos comerciales aparecen antes de la «donación de las tierras para la construcción del pueblo», con lo cual se confirma el aforismo de que el orden engendra el desorden. Ese procedimiento es la causa de las numerosas contradicciones que encierra la monografía. Algunos ejemplos:
En página 22 dice que los primeros aborígenes de la región sólo estaban vestidos de aire y sol… pero que lavaban sus ropas en los ríos tales y tales.
En página 12 afirma que «sigue siendo un pueblo típicamente paisa, con sus calles estrechas». Sin embargo, en página 17 se lee: «Sus calles son amplias y debidamente pavimentadas y adoquinadas».
El capítulo VI relaciona en orden de importancia los productos básicos de la economía local: café, caña panelera, plátano, maíz y fríjol, tabaco, ganadería. De ellos se dice:
En página 89: «El cultivo del café ocupa el primer renglón en la economía del municipio». Y en la misma página: «Los cafetales han sido destruidos, casi por completo, por plagas como la roya y la broca […] dejando en cada cosecha solamente pérdidas y deudas a los cultivadores. Lo que fueron extensos sembrados de esta planta, hoy vienen siendo convertidos en rastrojeras, montes, y una que otra parcela dedicada a otro cultivo».
En página 89: «La caña panelera ocupa el segundo renglón dentro de la economía del municipio» […], pasando de quinientas (500) hectáreas cultivadas a solamente trescientas (300)».
En página 90: «Quinientos (500) cultivadores de plátano trabajan ciento noventa (190) hectáreas y producen un mil novecientas treinta y nueve (1.939) toneladas», suficiente para que cada persona pueda consumir un plátano estadístico por año.
En página 91: «El maíz y el fríjol se cultivan en sesenta (60) hectáreas, y se comercializan únicamente en el municipio, sin lograr cumplir con la demanda, lo que hace necesario que se traigan de otras regiones del país».
En página 92: «Hoy en día la producción de tabaco ha desaparecido casi por completo de las diferentes veredas del municipio. Sólo en muy pequeños casos se cultiva una que otra mata».
En página 93: «De la ganadería sólo quedan unos pequeños lotes con el ánimo de sostener unas cuantas vacas lecheras para el consumo doméstico».
En página 15 describe a la mayoría de sus habitantes como «campesinado recio, pacífico, noble, emprendedor y generoso». La página 75 parece de otro libro: «Nuestros paisanos se volvieron unos contra otros, enlutando hogares, haciendo de buenos amigos enemigos irreconciliables, separando vecinos y enfrentando a miembros de una misma familia. Víctimas de las balas homicidas, de cuchillos y machetes afilados por el odio y la revancha, cayeron campesinos y seres indefensos».
El autor sitúa al municipio en un ambiente de crisis y de pobreza, aunque con «inmensas riquezas potenciales», y esa puede ser la radiografía actual de la mayor parte de los municipios colombianos. Lo que usted cultive, lo que usted haga, se lo robarán antes de que pueda aprovecharlo. Un país en el que predominan ladrones y bandidos, amparados en la impunidad, es un país que se desmorona y se desbarata, paralizado por el desánimo general. Las gentes emprendedoras de los municipios colombianos sólo pueden emprender la huida. Casi siempre sin saber hacia dónde. Y siempre hacia una condición inferior de despojado, de desplazado, «marcando calavera», como dicen los panfletos.
El blasón del municipio (impropiamente descrito en página 136, por no consultar la heráldica ni la geometría), exhibe el monumento a la fe católica, la rama de cafeto y el trozo de caña, todo bajo el lema «Paz y trabajo». Como el café y la caña se acabaron, la paz se fue y tampoco hay trabajo (de ahí la población decreciente), al municipio sólo le queda el emblema de la cruz, muy de acuerdo con las letras «q. e. p. d.», eufemismo que en Colombia significa muerte violenta, y acompaña a tantos nombres mencionados en la monografía.
Si el crítico señala que una edición contiene muchos errores, el lector se pregunta cuánto son «muchos», y se debe responder. Muchos, en el caso que nos ocupa, se explica así: el libro se compone de ciento sesenta y ocho (168) páginas de texto, de las cuales en las primeras noventa (90) se registran setecientos cuarenta y cinco (745) errores, lo que da un promedio de ocho (8) por página. Aplicando ese promedio al total, resultan un mil trescientos cuarenta y cuatro (1.344) errores aproximadamente. Y eso es mucho.
A continuación, el lector se pregunta qué clase de errores, y también se debe responder. La reseña se ocupa de los errores porque son parte importante de un libro, errores que se detectan con facilidad, aparte de los que se descubrirían en la confrontación de originales, y sin contar defectos de estilo, que también resaltan, pero se excusan, si se considera que los colombianos olvidamos el español en los últimos cincuenta años, sin tener la precaución de sustituirlo por otra lengua, aunque se propone el «parlache».
En los libros no hay errores pequeños. Todo error es importante, porque en ellos aprenden las nuevas generaciones. Además, cuando se vive dentro de un inmenso error, los errores pequeños resultan muy molestos. El libro que se reseña está mal escrito, no por descuido, sino por falta de atención. Unos pocos ejemplos, necesarios para ilustrar lo que se afirma:
Concordancia: «El concejo municipal de Jericó se dirigió al presidente de la Asamblea Departamental, donde manifestaban que se encontraban sorprendidos…» (pág. 46).
Página 15: «… la laboriosidad de sus gentes nacidos o aposentados allí, entrañablemente unidos…»
Ortografía: Página 17: «vareheque», por bahareque. Página 20: «Paul Ribet», por Rivet.
Acentuación: No se entiende cómo es posible que, en un libro compuesto por la imprenta departamental, cada vez que se menciona el nombre del departamento (y son muchas veces), aparezca como «Antioquía», con tilde en la segunda i.
Puntuación: El signo coma se distribuye al azar de cualquier modo, para que no se diga que el libro carece de comas, aunque por la coma se malogre el sentido de la frase, o se pierda el ritmo del período. La deficiente puntuación y la mala acentuación constituyen los errores más comunes en el libro.
Entre los defectos de estilo, el más notable es la innecesaria erudición, que sigue siendo común en el área grecoquimbaya. Los comienzos de capítulo recuerdan a uno de los ilustres oradores en la apertura de la feria del libro en Medellín (1999), que comenzó su discurso con un antiguo faraón, y por tanto casi no alcanza a llegar a la «posmodernidad» de una modesta feria del libro en la localidad. Que es lo mismo que comenzar la monografía de Pueblorrico en Heródoto «de Halicarnoso». ¿Querrían decir halicarnaso?
Para colmo de males, la mezquina edición en nada ayuda. Que si fuera lujosa, todos sabemos que el lujo oculta los defectos. Papel bond blanco base 16, que trasluce el texto porque no es material para impresión de libros. Márgenes mínimos, de una tacañería pueblerina, y páginas ladrilludas en que los subtítulos se ahogan, comprimidos por bloques de texto. A lo cual agréguense las pobres fotografías, en desorden y con descripciones incompletas. Imprecisión que se encuentra a menudo en expresiones evasivas como: años más tarde, mucho después, posteriormente, y cosas así.
Los avisos oficiales avergüenzan al final del volumen, porque muestran el utilitarismo y el mercantilismo paisas, incapaces de ninguna ayuda que no sea a cambio de propagandas de mal gusto que, en lugar de encomiar, rebajan lo anunciado.
De todos modos, la monografía tiene el mérito de ser la primera sobre Pueblorrico, pues antes sólo se habían publicado crónicas parciales. En ella, dos actitudes muy colombianas se destacan. Primera: los pobladores, por sí solos, con su esfuerzo y sin ayuda de los gobiernos centrales, inventan el municipio y construyen como pueden sus obras necesarias, aunque al ritmo lento de su pobreza. Ejemplo: en 1930 el concejo decide (sin presupuesto) la construcción de un pequeño hospital, cuyas puertas y ventanas tuvieron que esperar hasta 1946, porque no se contaba con ayuda del departamento, que tampoco contaba con ayuda de la nación, que a su vez no contaba con la ayuda de Dios. Segunda: una vez que todo está hecho, para lo cual se requieren varias generaciones, y que la infraestructura permite avanzar en un desarrollo sostenido, o por lo menos optimista, llega de fuera la codicia violenta a envenenar el pueblo, a esparcir odio y muerte, a robar lo que se puede y destruir lo que queda. ¿Es esto una nación? Pregunta ingenua, pero la ingenuidad es necesaria porque permite creer en las instituciones, sin las cuales no se puede organizar ninguna sociedad.
El capítulo más importante de la monografía, a nuestro estilo, no es el que exalta el esfuerzo constructivo y el progreso, sino el dedicado a la violencia (págs. 75-80 y otras). La historia comienza en el caserío de 1866, que pasa a ser corregimiento de Jericó en 1905, y asciende a distrito municipal en 1911. La primera época de violencia política y religiosa (mezcla explosiva), va de 1930 a 1935. En página 72 se lee: «… el mes de junio del año 1931, época en la cual se estaba iniciando en toda la región la llamada violencia». En página 74 se repite que la otra primera violencia (mala memoria tenemos), se origina el 9 de abril de 1948, error interesado que es necesario corregir cuantas veces se presente, en defensa de la verdad histórica. Todos cuantos la vivimos sabemos bien que la violencia la inició el partido conservador en 1946. Es un hecho histórico. No se puede desconocer, ni ocultar, ni disminuir. Esa violencia fue peor que la anterior en el suroeste antioqueño, como se lee en páginas 76-78, y por último llega a la guerra actual. Es imposible que los municipios colombianos progresen, azotados por una violencia tras otra. Por el solo hecho de sobrevivir, así sea disminuyéndose, merecen el reconocimiento a su patriótico sacrificio. Dejar un pueblo desarmado a merced de hordas de bandidos es un error histórico irreparable, que en último término significa estar de parte de los bandidos, puesto que se los protege.
La monografía enfatiza claramente el daño que hicieron los partidos políticos como factor negativo para el progreso de la población. A lo cual no fueron ajenos los sacerdotes. Eso también lo registra la historia, y es una de las causas principales de deserción hacia otras religiones. En página 16 dice el prólogo: «Si en Colombia se mezcla lo bello de sus tierras y sus gentes con lo feo y horroroso de sus violencias, la región del suroeste antioqueño constituye una vitrina de esa tremenda dualidad». La muy particular forma de la religión en Colombia, que tolera todas las transgresiones y crímenes, tiene su origen en la misma Iglesia católica.
La orfandad de los pueblos colombianos es total. Gentes desarraigadas, emigrantes forzosos, para quienes las monografías carecen de utilidad y objeto. Sin sus vínculos sociales, nada le importa al desplazado saber quiénes fueron los fundadores del pueblo de donde le arrojaron violentamente.
La extensión del distrito municipal de Pueblorrico es de sólo 85 kilómetros cuadrados, uno de los más pequeños del departamento, porque lo fueron partiendo como una torta, y su presupuesto para 1999, con una población de diez mil (10.000) habitantes, es de $ 1.536 millones ($ 128 millones mes). Si el recaudo se consigue será por milagro, pues el minifundio que se divide y subdivide en pequeñas parcelas no da para tanto. En Colombia se erigen muchos municipios que no son autosuficientes, ni cuentan con buenos administradores, y de ahí su bancarrota. La subdivisión de los municipios produce un resultado igual al del minifundio, error que necesariamente deberá ser reparado en la próxima Constitución, aprovechando que cada día se reclama una nueva Constitución que se adapte al peticionario.
De don Joaquín López, el fundador, se dice que, «… como tenía dobles los dedos pequeños de sus pies, sus enemigos lo rastreaban con facilidad, y éste, para despistarlos, caminaba hacia atrás». Resulta claro que don Joaquín le enseñó a caminar al pueblo que fundó. Caminar hacia atrás es lo mejor que se puede hacer en un país de enemigos, donde la mediocridad general corta todo lo que sobresale. Pregunte por qué millones de colombianos tienen que huir de su país, incluido García Márquez.
La creación del municipio (1911) se le debe al padre Juan Crisóstomo Ospina, «hombre de altos pensamientos y nervios equilibrados, a quien no mareaba el olor de la pólvora, ni lo asustaba el silbido de las balas. Su vida había estado sembrada de raras alternativas: había estudiado, se había casado, tenía varios hijos, había muerto su esposa Clementina Tascón, había luchado en los campos de batalla, y luego había sido ordenado sacerdote».
El destino de la mayor parte de los pueblos en el interior del país ha estado dirigido por los párrocos, no siempre para bien, y en muchas ocasiones con paradójicos acontecimientos: «El presbítero y médico Pastor María Noreña era enemigo acérrimo del aguardiente. Un día hizo recoger todo el licor que tenían los expendedores, y lo quemó en una fogata en medio de la plaza. Dice el padre Carlos Gallego que el aguardiente corría en lindas llamas azulosas, y que él y varios muchachos se quitaron las camisas y se dieron un buen baño con el precioso líquido que se desperdiciaba. De nada sirvió la quijotada, pues al día siguiente, muy temprano, las brigadas de las rentas de Jericó (a donde por fortuna no se extendió el incendio) llevaron al pueblo cincuenta barriles de desafiante aguardiente. La acción del padre Noreña no fue del agrado de las jerarquías eclesiástica y civil, y poco después fue trasladado a Támesis, en donde ejerció por muchos años de castigo como capellán de las Hermanas de la Presentación».
Pero la vida irregular y accidentada de los pueblos colombianos tiene también sus épocas de euforia, y entonces se decide cantar un himno, que deberá estar acompañado, lógicamente, por un escudo y una bandera, símbolos sin los cuales no estaría completo el municipio.
En algunos casos, como en Urrao, por ejemplo, se tiene suerte y un bello himno puede ser cantado con la frente en alto. El himno que le adjudicaron a Pueblorrico resulta vergonzoso y lamentable en todo sentido. Su autor desconoce la métrica, indispensable para el canto, y lo que es peor, sus conceptos, de cándida inocencia, suenan demasiado cursis y ridículos. Parece que lo cantan. Inténtelo usted:
Tus cafetos ofrecen lo rico
que esta tierra da en producción,
yo no sé pero a mi Pueblorrico
lo quiero y lo siento sin ninguna traición.
Jaime Jaramillo Escobar