Evolución de las monografías locales

Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 2004 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 41, n.º 66

Sobre Málaga. Memoria visual, de Jairo Alonso Jiménez Moreno y José Darío Moreno Suárez — Beca de creación Colcultura, Bogotá, 1996, 157 págs., il.

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Málaga (Santander) vivió su primer año desde abril de 1542 hasta mayo de 1543, en que fue destruida por la perfidia del ambicioso adelantado Alonso Luis de Lugo. Ciento cincuenta y tres años después tuvo lugar la fundación definitiva, en mayo de 1695 —fechas todas aproximadas, según el libro en que se lean—. No obstante, celebró los 450 años de su fundación, aunque sin mayor suceso —como era de esperarse— pero los historiadores insisten en que Málaga no sea vieja sino antigua, porque mientras más antigua, más vieja.

Contó con buena suerte el capitán Gonzalo Suárez Rondón (o Rendón, según el libro que usted lea), quien después de haberla tenido alternativamente buena y mala, consiguió, desde el inframundo, que la ciudad conservara el nombre de su querida Málaga, en la que más tarde sería bautizada por el turismo como Costa del Sol, cuna de Picasso. Suárez Rondón, fundador de Tunja, a quien de artero zarpazo le arrebataron oro y poder, tuvo suerte también con pintores y poetas, como se puede ver por el admirable soneto de Pedro Medina Avendaño, excelente escritor de corte clásico, que se quedó desconocido por no ser adulador ni lagarto, y por la rareza de escribir bien.

Don Gonzalo Suárez Rendón

En Málaga vio arder la luz primera.
Tunja le deparó penumbra grata.
Da renombre al pincel quien lo retrata
noble, del espolín a la cimera.

Cristiano-caballero, de contera,
a la esperanza que el dolor recata
con cruz en gules sobre azul y plata
dejó en arcón de cedro su bandera.

Se durmió como grande, en el infierno
del hermano vivir, pero despierta
de la fe el honor soldado fe terno.

Protege la ciudad por él fundada,
fijo en el horizonte el ojo alerta,
presta la mano en la desnuda espada.

En el libro a que se refiere esta reseña, el fundador de Málaga sigue siendo el andaluz Jerónimo de Aguayo, por órdenes de Suárez Rondón. No sólo Málaga intenta remontar sus orígenes, para tener más señorío. Con frecuencia celebramos fechas corregidas, que después se vuelven a corregir, y hasta las apelamos en los tribunales. Rara mentalidad, someter fechas memorables al dictamen de un tribunal de justicia.

Situada en una región de importancia histórica, alternando épocas prósperas y desafortunadas, Málaga conserva el carácter santandereano, altivo y recio, carácter que casi todas las regiones colombianas ostentan como emblema, pero al que sólo en los Santanderes se le hace honor. «Nuestro legendario valor está siempre firme», se lee en una pancarta de 1935, durante una manifestación pública. Porque el libro viene a ser una memoria fotográfica que recoge testimonios locales de un siglo, desde finales del XIX.

Con buen acierto, el libro se presenta como álbum, lo que hace que no se espere más de lo que ofrece. Está precedido por suficientes notas ilustrativas, y se concluye con un anecdotario escogido y bien redactado. Todo en fina presentación editorial.

En esta clase de obras debe encomiarse más la intención, el esfuerzo y los aciertos, que señalar posibles falencias, debidas sin duda a las dificultades insalvables de investigación en pueblos que nunca se preocuparon por conservar nada de su memoria colectiva, y que concluyen y empiezan un siglo en el traumático desorden de la guerra.

El concurso abierto para reunir el archivo no colmó lo esperado, pues el optimismo hace cuentas alegres, pero los 155 grabados elegidos constituyen ejemplo útil, pese a que «la escasez de escritos y la falta de información del contenido del material fotográfico obligaron a generalizar y aproximar los datos en notable proporción» (pág. 14). Esa notable proporción, aunque justificada, merece una glosa ya que en estos casos la honradez constituye falta de imaginación. Las fotografías pierden sentido e interés si no se les acompaña del comentario adecuado, disimulando la pobre indagación y evitando caer en lo trillado y lo ridículo. En página 77 se dice que los automóviles Ford 60 «son importados». Varias fotografías que destacan a una figura entre otras no indican cuál es el personaje, imprecisión que anula el pie de foto. El único enunciado de «Acto cívico» para una fotografía no indica nada, pues toda reunión pública organizada es un acto cívico. Si en las ventanas asoman banderas, si la plaza es identificable, si en primer término hay una banda de música, si asisten estudiantes y comunidades uniformados, si escuchan un discurso, tales elementos, y otros, proporcionarían al redactor unas pocas líneas ilustrativas con las cuales se evitaría la sensación de carencia en el texto. En página 84, homenaje a una educadora, no se indica la causa del homenaje, ocurrido hace cincuenta años, por lo que no debe ser imposible averiguar algo al respecto. El libro se titula «Memoria visual». ¿Qué memoria es esa tan escueta, que no identifica a gentes y lugares, ni agrega nada sobre ellos? Suele ocurrir con los patrocinios oficiales. Los dineros se acaban antes de culminar el proyecto. En este caso ni siquiera alcanzó para la necesaria sobrecubierta.

En la época de los linotipos existieron los diablillos de los talleres, de los cuales había siempre más de uno en cada imprenta. Se pensó que tales seres, invisibles e incontrolables, desaparecerían con la electrónica, pero no ha sido así. Como las aureoladas cucarachas que rodean la imagen de san Eduardo Escobar, se multiplican y esconden, enmascarados como correctores de correctores, hasta el imprevisible final. En página 152 se lee: «En varias ciudades escogieron hermosas jóvenes como reinas a quienes les dieron el título de Flores del Trabajo, en Bucaramanga en el Club de Gremios Unidos tomó la iniciativa y escogió a las hermosas señoritas Beatriz Calderón Otero». Dislates como el anterior, pasen; y pasen también los errores de ortografía («herbores» por hervores, página 9); pero la pésima puntuación no tendría por qué pasar y sin embargo pasa, porque los libros actuales son así: de mucho lujo exterior y sin gramática, cuando el verdadero lujo de un libro debería ser el idioma.

Fue muy bella —imposible negarlo— aquella época en que, a pesar de la pobreza, los pueblos y pequeñas ciudades colombianas tenían identidad, y en ella motivos de satisfacción y de orgullo. No queda nada de eso, pues la guerra ha empleado la táctica de matar el alma colectiva, volver miserable lo que antes fue honesto y digno, envilecer el sentido del trabajo, destruir la solidaridad social y encender el odio entre todos los colombianos. Tal vez algún día termine la guerra. Pero la herencia de odio que se ha arraigado tan profundamente no terminará nunca. Los colombianos se odiarán por siempre. Se dividirá el país. Y las partes seguirán en guerra. El odio es infinito. La historia enseña que el odio se hereda interminablemente, por encima de los pactos de conveniencia. Quienes sembraron ese odio tendrán cosecha eterna. Apúntenlo. No se heredó en verdad el pregonado amor de Jesús por las gentes que nacerían después de él. Pero del látigo que nos dicen que llevaba consigo se hacen copias mejoradas.

El principal problema de Colombia es el envilecimiento colectivo. Eso no lo arregla la firma de ningún acuerdo de paz.

Por eso cabe, en una reseña sobre Málaga, añorar al intelectual lírico de la pequeña ciudad, que conocía su historia (antes de que los nuevos historiadores tergiversaran todo), la enseñaba al corazón de las gentes más que al cerebro olvidadizo y traidor, y en lindos discursos floridos y emocionados dejaba constancia de amor por una tierra que le arrebataron tan pronto concluyó sus palabras.

Quien compare los pueblos de hoy con los de hace cincuenta años no puede menos de asombrarse de la decadencia humana, de la miseria espiritual, de la ruina vergonzosa a que han quedado reducidos. Borrachos y drogadictos, sucios, ignorantes y estúpidos, sin presente ni porvenir, invasiones de desocupados y maleantes llenan las plazas del suroeste o del oriente antioqueño, como las de todo el país. Ir a Andes o a Betania, por ejemplo, es presenciar una degeneración desconcertante. Los sobrevivientes de esa hecatombe se trasladaron a Medellín o más lejos, con la mirada perdida del que se le fue la luz. Agregar a esa tragedia millones de desplazados es la más monstruosa insensatez, la desgracia total. El suicidio colectivo de una nación que enloqueció.

Como el que muere en un sueño piadosamente inducido, grato es escuchar la voz del prologuista del libro. Cercano a la época que evocan las fotografías, en la fría tarde malagueña, con su optimismo generoso, describe el abrupto paisaje de roquedales y cavernas, animado por el Servitá; elogia con altivez la firmeza de sus antepasados, y canta a la ciudad que celebra sus 450 años saludando a los siglos con enhiestas banderas. Porque eso no se volverá a ver. A Colombia la están matando. No tiene deudos.

La página 143 reseña un telegrama de 1930: «17 MUERTOS 30 HERIDOS REINA COMPLETA CALMA». Setenta años después seguimos redactando el mismo mensaje, pero ya no por el telégrafo de hilos a Bogotá. Por satélite, a todo el mundo.

Jaime Jaramillo Escobar