Todo un género

Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 1995 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 32, n.º 38

Las monografías municipales en Colombia. Reseña bibliográfica, crítica y comparativa de tres obras recientes:
Santo Tomás de Villanueva, de Ricardo Guardiola y Andrés Viloria — Editorial Antillas, Barranquilla, 1994, 210 págs.
Monografía de Puerto Boyacá, de Cruz Alejandro Suárez Segura — Tercer Mundo Editores, Santafé de Bogotá, 1994, 144 págs.
Andes. Memoria cultural — Secretaría de Educación y Cultura de Antioquia, Medellín, 1994, 132 págs.

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I

Las monografías municipales debieran ser objeto de enseñanza escolar. A los niños les gustaría saber cómo se inició el pueblo, quiénes fueron las familias fundadoras, cuál es su historia. Las monografías existen. Basta usarlas.

Su lectura comparada constituye una de las más interesantes lecciones acerca de cómo se formó la nación colombiana. Los grandes rasgos de descubridores, conquistadores y libertadores son el esquema épico que resume lo legendario, expresado en lo monumental. Pero sin la peripecia de la colonización no se comprende la gesta popular.

En su mayor parte las monografías que existen se deben a individuos naturales de la región, o afincados en ella, fueron minuciosamente elaboradas durante años, y escapan a la crítica porque, bien o mal, cumplen su cometido del mejor modo posible. En muchas de ellas el autor excusa su inexperiencia y a continuación ofrece un texto excelente. El estilo de época, o comprensibles descuidos tipográficos y de redacción, no demeritan el resultado final. Sin desconocer que, desde luego, han servido en ocasiones como medio para hacer resaltar apellidos, tergiversar sucesos o hacer proselitismo político: alcaldes populares con su cauda administrativa que quieren dejar sus nombres en una nueva monografía del municipio, encuentran fácilmente aventureros del negocio editorial que les venden a buen precio material retaceado en bibliotecas públicas y les enciman el correspondiente panegírico.

De la importancia creciente de las monografías y su demanda segura han surgido formas actualizadas de preparar y presentar esos estudios, con mejores recursos técnicos y presupuestales, aunque paradójica conclusión: indudablemente mejores las monografías individuales que las que resultan de grupos foráneos sometidos a condiciones desfavorables, derivadas de la nueva realidad social colombiana que tantos buenos propósitos impide.

La movilidad de la población durante la segunda mitad del siglo, por causa principalmente de la violencia política, ha motivado con el desarraigo la pérdida de identidad y el olvido de los orígenes y acontecimientos locales cuyo interés se diluye en la lucha por la supervivencia. Quienes conocieron la historia han pasado a vivir en el anonimato de las principales ciudades y los nuevos pobladores ignoran hasta el pasado reciente. Cuando se indagó por la casa natal de Gonzalo Arango Arias en Andes (Antioquia), no hubo quién informara que la casa fue demolida hace veinte años y en su lugar se levanta uno de esos edificios ordinarios que construyen los pueblos en trance de progreso.

Aunque no por buenas razones, los municipios del Atlántico son menos propensos a ese modernismo, lo que facilita recopilar información en caso de saber utilizarla. Los autores de la monografía de Santo Tomás se atienen a un rígido esquema normativo cuyas casillas deben ser llenadas forzosamente. Quieren ser técnicos y resultan áridos. Describen un pueblo sin el menor atractivo. Lo cual, desde luego, no es exacto. Un poeta hubiera podido ver lo que se escapa al economista y al sociólogo.

Para escribir historia no basta con hacerse a una información: resulta indispensable saber redactar y saber ver. En cuanto a lo primero, es evidente que los autores nunca oyeron hablar de una gramática española y desconocen por completo la ortografía y la puntuación, a lo cual se suman los innumerables errores tipográficos, de donde resulta un texto que en modo alguno responde al calificativo de obra maestra que los autores proclaman: «Es una monografía única, el tipo modelo de una monografía», declaración que justifica esta reseña.

Para que un libro sea interesante no es necesario que esté bien escrito, pero debe tener alma. Datos estadísticos escuetos no hacen una monografía. Los apartes sobre flora y fauna, por ejemplo, no son más que listas. En este libro estéril ni los matarratones florecen. En 210 páginas no hay una anécdota, ni una sonrisa. El pueblo más aburrido del mundo. Sólo cifras, estadísticas, presupuestos, inventarios, documentos, fechas y números. García Márquez perdió su tiempo con estos paisanos. Y no es verdad que Santo Tomás sea un pueblo sin alma, como lo demuestran los flagelantes de semana santa.

A este respecto el autor principal, «especializado en organizaciones de base en la ciudad de Moscú, capital de Rusia», presenta a los penitentes como problema de degradación social y vergüenza para la comunidad, señalando cuarenta causas como sustento de la tradición, entre ellas las siguientes: 70% de analfabetismo en Colombia, tenencia de todo el territorio nacional en manos de cincuenta familias, el estado de sitio, el estatuto de seguridad, el modo de producción esclavista que existió en el siglo XIX, la lucha de clases, las monarquías europeas, la Edad Media, el silencio de los medios de comunicación y el gobierno de Pilatos en Judea. Sólo exceptúa a la Iglesia católica, de la cual dice que no puede hacer nada en ese asunto. Y éstos son los líderes comunales colombianos, su deslumbrante ilustración y la conocida lucidez de sus análisis.

En la primera monografía de Urrao (1925), el maestro de escuela D. Antonio J. Arango escribe lo siguiente: «No tenemos hombres notables, pero tampoco existe la funesta división de clases, ni los feroces odios que engendra la política, esa diabólica actividad que hace huir la alegría de la tierra y derramar sangre a los que por la sangre están unidos». Promediado el siglo ya la política había destruido por completo la convivencia en aquella idílica comarca, «el girón más hermoso del cielo».

Mucha más sangre hará correr en Santo Tomás el fanatismo político de sus «especialistas en organizaciones de base» que las autopuniciones de un puñado de promeseros en un día del año. Y no deja de ser curioso que un país bañado en sangre desde hace cincuenta años se escandalice por los azotes que se dan algunos creyentes en un ritual conmemorativo de semana santa.

No se trata de demeritar el trabajo de investigación y la información contenida en la obra, sino de señalar defectos que anulan ese esfuerzo. La siguiente cita de la página VIII ejemplifica la redacción general del libro: «su desarrollo artístico y cultural y todas unas vivencias que hacen una portentosa social de esta colectividad». Esa redacción menos que escolar no sólo dificulta la lectura, sino que anula la credibilidad que seguramente tiene.

Una obra tan extensa sin un grabado no puede preciarse de ser modelo en su género. Sólo la carátula presenta algunas fotografías en duotono, sin explicación alguna. Al final queda la idea de un pueblo desolado, en el que sus habitantes madrugan para ir a trabajar a Barranquilla en las fábricas de los odiosos burgueses, y regresan en la noche a descansar. La TV mostró al mundo que los hombres no son iguales y derrumbó ese mito. En Santo Tomás de Villanueva sí son iguales: todos dormidos.

II

La monografía de Puerto Boyacá, por Cruz Alejandro Suárez Segura, a diferencia de la anterior, es una de esas obras que, presentadas con modestia, dan mucho más de lo que prometen. Aunque carezca de todo vínculo con la localidad, el lector se siente fácilmente atraído por sucesos que se narran con sencillez y propiedad, de modo que en sus 144 páginas se ve nacer el puerto y cobrar vida con la fuerza de un texto vibrante y enamorado. El autor, seguro de sí, y convencido de que su pueblo y su verdad son una misma cosa, se presenta con el pecho descubierto y la cabeza erguida, sin la astucia y mala fe que agachan el ala del sombrero.

Terminada en 1986, la monografía se imprime en 1994. Obra bien documentada, a semejanza del río sigue el curso del tiempo con naturalidad, sin escoger entre los sucesos, sino llevando en su discurrir cuanto los días arrastran de bueno y de malo, de trágico y jocoso; la desgracia y la fortuna que, sobre todo en los puertos, el azar arroja contra la aventura de gentes que llegaron remontando la corriente histórica en busca de la esquiva orilla que el río les sustrae, como recogiendo sus aguas para que no se las pisen, y a veces desbordando para limpiar de su cauce a los intrusos. Ni el río ni el mar toleran ser invadidos. En la naturaleza todo se repele. Y si se atrae se devora.

Para que una ciudad sea tan triste que parezca alegre tiene que estar anclada a la orilla de un gran río, o del mar. Puede ser un poblado, pero si está a la orilla de un río, el río le presta su desolado misterio. El río la detiene; le dice: «¡Espéreme ahí! ¡ya vuelvo!». Y no vuelve. Por eso es que en todos los puertos hay ese olor de ausencia, de fuga, de soledad, como si se hubiera quemado papel de Armenia para despedir el atardecer. El puerto está de paso. Pita y se va. Y la gente se queda allí varada, en un poniente de luces y músicas imaginarias, esperando que regrese todo lo que se fue. Las ciudades mediterráneas no son así. Son agujeros negros, como Bogotá. Tragan y tragan. Hasta que revientan.

Testigo de su accidentada fundación y vicisitudes posteriores, el autor de la monografía de Puerto Boyacá dispone de un caudal informativo de primera mano, que sabe utilizar sabiamente con intuición de escritor.

Escudriñado en detalle, el texto no carece de errores, algunos de los cuales hacen sonreír con benevolencia, pero lo que importa es la historia del puerto, y eso está bien contado, incluyendo faltas que, en cierto modo, certifican la autenticidad.

En todo caso, humor y poesía no faltan, sin que el texto pierda trascendencia y sin que ello impida el reclamo y la protesta cuando se hacen necesarios, la solemnidad cuando conviene, las cifras cuando se requiere demostrar, la anécdota ilustrativa, la descripción emocionada, la reflexión y el análisis tanto como la nostalgia y el apunte malicioso más elocuente que las teorías dogmáticas del falso erudito. En lugar de decir que despojaron los playones para construir el pueblo, dice que «el río aportaba su granito de arena para la construcción de su ciudad adyacente», y de esa manera pone al río a colaborar voluntariamente, no con toda sino apenas con un poco de la necesaria arena, y así ni el río tiene nada qué reclamar ni los ecologistas tampoco. Si más tarde las aguas pierden cauce, el río piensa que, después de todo, no sería por haber despilfarrado con tanta generosidad sus granitos de arena.

Por diversos motivos, los puertos se fundan con prostitutas, a excepción de Barranquilla, que fue fundado por unas vacas, menos mal. «Las amas de casa llegan cuando ya todo está hecho para acomodarse a mandar», dice con brusca verdad el autor, que todo lo cuenta a la española, y por eso es que el parto se ve.

«Más influenciados por las costumbres satánicas que por las cristianas, descarriados, abandonados de la mano de Dios, escépticos y renuentes a ingresar a la Iglesia», así pinta a los hombres que, atraídos por la explotación del petróleo, comenzaron a llegar al lugar de la fundación en la incierta aventura que pronto daría origen a una nueva ciudad. En aplicación de un indispensable pragmatismo, los propios sacerdotes obtuvieron del concejo que señalara una zona de tolerancia para las casas de citas, y con ese y otros acuerdos empezó a consolidarse una normalidad que permitiera construir para el futuro.

Desde tiempo atrás, gentes desplazadas de diversos lugares por la violencia partidista habían intentado establecer una fundación en los alrededores de lo que hoy es Puerto Boyacá, pero no lograban encontrar lugar propicio por desconocimiento de la región y hostigamiento de las autoridades. El gobierno del general Rojas Pinilla hizo la fundación definitiva, aprovechando las oportunidades de trabajo que brindaba la Texas Petroleum Company, y en poco tiempo se estableció un pueblo próspero y violento, dos cosas que siempre van de la mano en las fronteras de colonización.

Los accidentados orígenes de Puerto Boyacá resumen patéticamente las probadas virtudes y los numerosos defectos del pueblo colombiano, de tumbo en tumbo por la historia. Persecución, desorientación, criminalidad; una engendra la otra en interminable círculo vicioso, con diversas causas y variadas consecuencias que hacen poco menos que invivible lo que debiera ser patria de todos.

El sonriente autor de la monografía no oculta nada, y los errores cometidos por la comunidad o sus gobernantes hacen parte de la historia, lo que resulta ejemplar. Un alcalde militar lleva a la cárcel a todos los concejales; el concejo nombra personero de ejidos, sin haber ejidos qué administrar; los postes para las líneas telefónicas se importan de los bosques de Finlandia; las irregularidades administrativas, la ilegalidad, los abusos de autoridades y corporaciones, todo eso y mucho más ha padecido Puerto Boyacá, como cualquier otro municipio colombiano. Porque el principal obstáculo nacional, causa de innumerables males, ha sido siempre la delictuosa administración de los bienes públicos en beneficio de particulares, que se van a la tumba con la satisfacción de haber robado impunemente, sin que eso afecte para nada su solemne funeral.

Aunque la redacción sea eficaz, una monografía sin grabados resulta pobre e incompleta, como si el lugar a que se refiere careciera de atractivos. En todo lo que los colombianos hacemos siempre queda faltando algo: por ignorancia, incapacidad, desidia o tacañería. Es el país de lo faltante y lo escaso. Siempre le pedimos a la vida que nos haga «una rebajita». En la pág. 83 se lee: «… esta magna obra, tal como lo muestra la gráfica». Pero no hay gráfica.

Los defectos y errores que deprecian el libro se hubieran podido evitar por el simple procedimiento de contratar a un revisor de estilo y un corrector de pruebas idóneos. Pero el editor tiene siempre dinero para todo, menos para pagar a un artista por la portada y a un corrector para evitar los errores que una vez impresos echan a perder el esfuerzo realizado. Hasta los volúmenes más lujosos y de mayor precio aparecen con excesivas e imperdonables erratas.

Pese a la euforia que predomina en sus páginas, el autor reserva para las tres líneas finales del libro una observación amarga, pues así como muchos portoboyacenses buscan gentilicio para su descendencia en otras localidades, así también innumerables colombianos prefieren que el hijo nazca en el exterior, ya que les arrebataron los motivos que tenían para estar orgullosos de su patria.

Por último, no sólo problemas nunca resueltos, como acueductos y vivienda, que el autor expone muy bien, ilustran la suerte de millones de colombianos. También el azar, que según César Vallejo es el modo como se expresa la voluntad divina, manifiesta su caprichosa omnipotencia en el tragicómico episodio de la pág. 96:

El sábado 4 de marzo de 1972 don Alfonso Insignares rechazó el número del billete de la Lotería de Boyacá que su lotero siempre le guardaba y llevaba a su tienda en la carrera 4ª. con calle 13, dizque porque ya le había invertido mucha plata a ese número y no salía. Que se lo vendiera a otro porque él no lo seguiría jugando ya que dizque lo tenía arruinado, le contestó al lotero, quien le insistió con el billete, pero su viejo cliente le contestó: —«A mí no me joda más con esa verraca lotería, que no la vuelvo a jugar. Vaya véndasela a otro y me trae la plata», le dijo en son de broma. El lotero se alejó pensando: «Otro cliente que ya perdí, pero yo no tengo la culpa de que no se la ganen, sino su mala suerte». Como era un número que hacía semanas no salía, no le fue muy difícil venderlo. Uno de sus clientes le tomó medio y el otro medio lo vendió fraccionado. El domingo 5 muy por la mañana, cuando ya sabía el resultado de ese sorteo, corrió a donde su viejo cliente a llevarle la noticia de que cuando la había dejado de comprar, había salido. Don Alfonso salió a la calle a verificar la noticia y al evidenciarla se puso muy pensativo. A pesar de ser día de mercado grande, lo pasó muy silencioso y de mal humor. Esa noche dominical no pudo dormir pensando en su suerte tan desgraciada y con tantas culebras encima. Se le había escapado de las manos la oportunidad de matarlas de un solo tiro. El lunes 6, muy de mañana, de un solo tiro de revólver acabó con su existencia don Alfonso Insignares.

III

En 1994 la Secretaría de Educación y Cultura de Antioquia publica una monografía del municipio de Andes, como resultado del programa interdisciplinario de rescate de la memoria cultural auspiciado por una decena de entidades con el propósito de implementar el método rápido de investigación colectiva por oposición al paciente trabajo individual. En una o dos semanas de ajetreo toda la investigación queda hecha, y se conforma un archivo al que se le otorga demasiado crédito, dadas las condiciones de su recopilación y tratamiento.

La monografía de Andes no acredita el procedimiento empleado. El resumen de dos tomos con setecientas cuartillas, un video y diecinueve casetes documentales se presenta en formato inadecuado; con una composición tipográfica caótica; un supuesto «diseño» recargado, confuso, sin sentido; y más aún, la total falta de criterio y de buen gusto produce un bodrio indefinido, tipo revista, en el que la informalidad se convierte en ordinariez, nada honroso para la ciudad que sin duda merece una monografía seria, bien documentada e impresa con dignidad editorial.

La investigación tuvo lugar del 7 al 12 de octubre de 1985, pero esa celeridad no sirvió de mucho: el libro aparece nueve años después, a finales de 1994 (no «cinco años después del evento», como dice el editor en pág. 9).

Curiosamente, toda persona o entidad que en Colombia publica algún trabajo de investigación empieza disculpándose por entregarlo al conocimiento público antes de haber sido debidamente terminado y evaluado. De ese modo se espera desautorizar a la crítica con disculpas que nada valen ante el derecho del lector a juzgar la obra que se le ofrece, a menudo con irresponsable ligereza.

La Memoria cultural de Andes, disminuida y enviada a la hemeroteca en su condición de cuaderno con aleatorios trozos de la investigación, propone (pág. 9) que otros más capaces se encarguen de realizar posteriormente un trabajo mejor, aprovechando los mismos documentos, de los que se dejan en archivo sólo dos ejemplares con algunas páginas ilegibles.

La primera parte histórica reproduce publicaciones existentes, y en cuanto a nuevos materiales acopiados se destaca el estudio de Alejandro González Tascón sobre la comunidad embera-chamí de la reserva de Cristianía, que no se menciona en el cuaderno monográfico por tratarse de otra memoria, la de una población indígena que fuera de sus ricas tierras no ha aportado nada más sino problemas, por negarse a desaparecer con una deplorable terquedad, típicamente precolombina.

A propósito de lo anterior, cabe observar que la mala fe de quienes actualmente se presentan como defensores de las comunidades indígenas es la misma de siempre. Con el falso argumento de preservar sus costumbres se les niega el mundo contemporáneo a fin de que fotógrafos, camarógrafos y etnólogos continúen sus excitantes viajes al pasado para visitar a las tribus sobrevivientes en su famoso «hábitat», y vender muchos libros de lujo y videos a los cultos descendientes de los antropófagos en todo el mundo. En las actuales condiciones del continente lo mejor es integrar en la cultura general a las comunidades negras, indígenas y marginales a quienes el tercer milenio debiera conceder también el flamante título de homo sapiens. ¿O será que por alguna atávica razón el hombre civilizado de nuestros días desea conservar en lugares selváticos el recuerdo nostálgico de la antigüedad de su especie?

En caminos del Chocó se encuentran patéticos avisos colocados por humildes asentamientos emberas en demanda de servicios médicos y otras ayudas urgentes, porque tal vez ellos creen que el viandante transmitirá sus súplicas al Señor Gobernador en la capital. No piden respeto para su cultura, porque el pedido llegaría con quinientos años de retraso. Sólo piden la visita de un médico con medicinas, a un gobernador que se encuentra en Quibdó, probablemente de otra raza, y atareado en exceso con las inmensas responsabilidades de su cargo. De parte de la autoridad sólo la policía llega a las aldeas indígenas para requisar armas de cacería a fin de proteger a los colonos invasores, mientras los rústicos letreros que claman por auxilio se destiñen y pudren al lado del sendero bajo los aparatosos aguaceros de la selva.

La monografía de Andes sólo se refiere a la cabecera municipal. El resto del territorio poco importa. En cambio se emplean unas veinte páginas para transcribir innecesarias poesías, algún texto impertinente de Tartarín Moreyra (que no era andino) y un extenso (por supuesto) y desatinado «Viaje a Oriente y Asia», cuya inclusión resulta inexplicable en un resumen que por falta de espacio —o cualquier otra cosa— no alcanza a ocuparse de la ciudad actual.

La falta de claridad conceptual produce obras tan desarticuladas, incompletas y erráticas como esta Memoria llena de enredos gramaticales y con una extraña ortografía que hubiera envidiado Juan Ramón Jiménez. Eso sin contar las erratas, que también abundan, ni las fotografías carentes de pie de grabado, que nada concreto indican. «Nos montábamos en los terrenos» (pág. 39) por «en los terneros»; «la vi vagabundo» (pág. 71) por «la vi vagando»; «olvidados en el descuido de tamaña gracia» (pág. 73) por «tamaña desgracia»; etc.

Al decir que anteriormente las gaseosas se fabricaban «con tapones de cidras de cristal», debiera explicarse eso para la comprensión actual, si es que el término «cidra» se refiere a las bolitas de vidrio que sellaban los refrescos.

Otra cosa que también se deja sin aclarar es la afirmación (pág. 51) de que «el Padre Efrén Montoya, en más de cincuenta años, le imprimió a Andes un gran desenvolvimiento moral». ¿Qué quiere decir eso? El padre Montoya fue, después de monseñor Builes en Santa Rosa, el último sobreviviente de la Edad Media: oscurantista, retrógrado, inquisitorial y feroz. Nadie se confesaba con él, porque echaba al penitente del confesionario con terribles gritos que denunciaban sus pecados, y de una vez lo mandaba sin remisión a los profundos infiernos. Lo único bueno que tenía era una finca en Tapartó, adonde yo iba a saciarme de mangos atrevidamente con el tunante Muelegallo, querido amigo de colegio que me enseñó a nadar en el río, y quien después llegaría a ser el Señor Coronel Luis Aníbal Peláez Martínez.

De Andes han salido muchos hombres dignos de ser recordados: otra cosa es que la Memoria Cultural los olvide. Por ejemplo: al mencionar el semanario El Yunque, debiera darse el nombre de Arturo Escobar Uribe, su ilustre director, quien dejó varios libros importantes sobre literatura y folclor.

Se dedican cuatro páginas a Pubenza Restrepo de Hoyos, pero no se menciona a Luis Gutiérrez (1892), quien fuera rector del antiguo Liceo Juan de Dios Uribe, hoy convertido en IDEM. Ambos fueron coronados (1966) como poetas eximios en la misma velada romántica que los consagró unidos hasta que la Memoria cultural los separara.

Esta Memoria olvida demasiadas cosas, por haber sido hecha con un procedimiento inadecuado. Personalidades importantes desaparecen para dar paso a la lista completa de personajes típicos, aunque no se dice qué los hacía graciosos o ridículos, ni se especifica por qué el ridículo coloca a unos en la historia y el esfuerzo inteligente lleva a otros al olvido. Con una línea se despacha al pintor Pedro Restrepo Peláez, mientras se dedica una página con fotografías a Alejandro Serna, decorador de camiones de escalera; de don Roberto Mejía Toro ni siquiera alcanzan a poner el nombre completo, para economizar cuatro letras; el Liceo Juan de Dios Uribe no existió; el Salón Karelia tampoco; y apenas se menciona el Teatro Minerva, cuya historia está emparentada con la época gloriosa de la canción y el cine mexicanos. En su escenario se presentó Alfonso Ortiz Tirado en compañía de la soprano María Rimbaud. Me dieron su autógrafo, fechado en 1949: «A Colombia: el país más hospitalario y gentil de América». El Salón Karelia ocupaba un caserón en la plaza principal y tiene también una interesante historia, a condición de que se sepa ver.

No se aprovechó debidamente la información recopilada, ni la oportunidad para componer un libro que hubiera podido resultar valioso, dada la importancia del suroeste en el departamento de Antioquia.

Cuando aparecen los investigadores, puesto que llegan de la capital, lo primero que escuchan es la larga lista de necesidades que todo municipio tiene para presentar a sus interlocutores, muchas de las cuales nunca se solucionan, no se pueden solucionar, porque los candidatos políticos se quedarían sin argumentos para sus campañas. Todos prometen acueductos que en más de un siglo no se han hecho, y mataderos de ganado que nunca se construyen, o se construyen sin agua, pues entre nosotros los únicos mataderos efectivos son los de gente.

La mayor parte de los municipios colombianos tienen muy limitada capacidad de autogestión, y las pugnas locales, como se ve en las peloteras de los concejos, impiden realizar lo poco que de algún modo podría intentarse.

La Memoria de Andes debió incluir las carencias que señalan sus habitantes, pues precisamente de lo único que se acuerdan es de lo que les falta. Ellos le regalan gustosamente su pasado a los historiadores, a cambio de que alguna otra comisión les preste ayuda con respecto a su futuro, pues lo que sucede en los pueblos es que no se sabe cómo hacer las cosas.

A la extinción de recursos naturales (oro, árboles maderables, animales útiles y fuentes de agua) se agrega el desapego por la costumbre del trabajo en las nuevas generaciones, y esa devastación natural y ética incide sin duda en los fenómenos de violencia (guerrilla y narcotráfico) que frenan el plan de desarrollo del suroeste y comprometen gravemente su futuro.

La monografía no dice nada de eso, porque está hecha con el criterio de ocultar lo malo tapándolo con versos de navidad y relatos folclóricos, defecto que anula la credibilidad en una obra de tipo histórico.

La periodista Catalina Villa, de El Colombiano, define a Andes en una crónica de 1982 como «Ciudad llena de problemas, donde el espíritu cívico ya tiene partida de defunción autenticada».

El nomadismo afecta la escolaridad hasta el punto de que el índice de analfabetos en el suroeste sube al 33%, demasiado alto para una zona de sus características económicas y sociales.

Las viejas monografías de los municipios colombianos mostraban con optimismo un país en construcción. Las nuevas registran la suspensión del proceso. Por efecto de la violencia generalizada, la población sigue concentrándose en las principales ciudades, donde a causa de eso se genera más violencia. Y la clase dirigente de rumba, mientras el país se derrumba.

Jaime Jaramillo Escobar