Según Monseñor Builes, al que leyera El Tiempo se lo llevaba el diablo
Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 1996 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 33, n.º 43
Sobre Manual de redacción, de El Tiempo — Santafé de Bogotá, 1995, 278 págs.
Dado el alcance de su origen, se ocupa esta reseña de la tercera edición del Manual de redacción de El Tiempo de Bogotá, que con el Manual de estilo gráfico constituyen las principales guías para sus periodistas en el ejercicio de la profesión. El manual contiene reglamentaciones internas que una empresa privada se da a sí misma para su funcionamiento, y trasciende al público como información especializada por voluntad de sus editores. En efecto, su publicación ofrece también utilidad didáctica para otros medios, estudiantes de periodismo y demás personas interesadas en el tema.
Manuales hay para todo en todas partes, pero los manuales de redacción de los grandes diarios interesan a sus lectores no sólo por curiosidad, sino también porque contienen información actualizada y enseñanzas oportunas, concretas y concisas sobre aspectos del lenguaje común, además de que permiten adivinar la enredada trama de un medio tan endiablado que sus directores se asombran cada día —a pesar de la técnica— de ver salir a la calle lo que en algún momento, pocas horas antes, les hacía dar puñetazos y patadas a las rotativas.
La descripción del contenido, como sería de rigor, implicaría un repaso por el índice general. En atención al lector, se ofrece una idea abreviada mediante los temas por capítulos: Los principios. Normas periodísticas. Normas sobre el idioma. Signos ortográficos y tipografía. La titulación. Las fotografías. La defensa del lector. Y nueve apéndices de consulta práctica: Consejos y advertencias. Diccionario de siglas y acrónimos. Abreviaturas. Países, capitales y gentilicios. Topónimos extranjeros y países y ciudades que han cambiado de nombre. Equivalencias de temperatura. Unidades monetarias de los países del mundo. Diccionario de palabras y frases de otros idiomas. Tablas de conversión de pesas y medidas.
Las normas contenidas en el manual resultan de la adaptación de una larga experiencia a la actualidad y a las nuevas tecnologías que con el propósito de convertir el inglés en lengua universal afectan la estructura de los demás idiomas.
El capítulo referente a los Principios es la fachada ética que las grandes empresas conservan como herencia de sus fundadores.
Las puntillosas instrucciones a sus empleados, aunque publicadas con propósito ejemplarizante, son de orden administrativo y quedan fuera de una reseña bibliográfica.
El periodismo, como servicio comercial robotizado, combate por lo único que vale la pena combatir en el mundo actual, que es el mercado. Adopta, por lo tanto, estrategias de neutralidad, imparcialidad y tolerancia que generan indiferencia en pueblos que no piensan porque lo consideran inútil y han delegado esa función en los poderes.
Todos los manuales pretenden la máxima eficacia dentro de su relativa funcionalidad. Aunque su composición extreme los cuidados, la imposible perfección siempre es esquiva: la encuadernación deja escapar las hojas, algo no queda claro, subsisten las dudas, una norma resulta incompleta, los errores son inevitables. Por lo cual los manuales están siempre en permanente actualización.
Las faltas en los diarios se excusan, porque se sabe que son producto de muchas manos apresuradas y la corrección de pruebas se limita a ciertas partes. Paradójicamente, al final, lo sabido: si se aplicaran estrictamente los manuales, no podría salir el periódico.
Es un hecho que El Tiempo de Bogotá supera a los más importantes diarios de Iberoamérica —demasiado apegados a tradiciones— y puede decirse que está a la altura de los mejores del mundo en muchos aspectos. Sin embargo, la modernidad que arrasó con lo que antes se llamaba alma, lo convirtió en producto universal estandarizado en el que escriben desde los nadaístas hasta el padre Alfonso Llano S.J., y en consecuencia no tiene gracia leer El Tiempo, pues con ello no se corre ningún riesgo. Por eso el autor de esta reseña se permite asumir su identidad personal para consagrar un recuerdo emocionado al verdadero Tiempo, el del doctor Eduardo Santos, que era pecado leerlo y el que lo leía se condenaba. El doctor Eduardo Santos y los subsiguientes directores designados por él fueron caballeros ejemplares (lo que algún día habrá de ser reconocido si la patria perdura, este país que se pudre y se desmorona), pero la Iglesia católica, por motivos políticos, había prohibido leer El Tiempo bajo pecado mortal. En esa época sí era bueno leer El Tiempo. Según monseñor Builes, al que leyera El Tiempo se lo llevaba el diablo, y yo me dejaba llevar únicamente los domingos, porque entre semana tenía que trabajar. Y fue verdad que me llevó el diablo, pues de ahí resultó la manía de escribir. Desde que dejó de ser pecado, ya para qué leer El Tiempo.
El diablo era monseñor.
Corrección a una reseña anterior
En el número 38/95 de este Boletín, pág. 84, col. 3, se dice que la casa familiar de Gonzalo Arango en Andes (Antioquia) fue demolida para construir un edificio. Falso. La casa existe en buen estado de conservación. Fue el propio Gonzalo quien me informara de la demolición de la casa, sea porque a él se lo dijeron, o porque era mitómano y le gustaba crear ese tipo de fantasías a su alrededor.
Jaime Jaramillo Escobar