«No mires la herradura en el caballo: mira su huella»

Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 1994 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 31, n.º 36

Sobre A la espera de Nayán, de Surlay Farlay — Fundación Simón y Lola Guberek, Santafé de Bogotá, 1994, 100 págs.

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Reseña biográfica

El antiguo poeta nómada Ibn Surlay Farlay, de paso por el siglo XX y debido a la fuerza del Avatar, vino a renacer en Medellín (Antioquia) el 24 de noviembre de 1971 y fue bautizado en la fe cristiana por el Pbro. D. Arturo Gómez en la parroquia de San José, a 9 de enero de 1972. Pero Alá es más grande.

Surlay Farlay es hijo del profesor Surlay Farlay: consejero social, mago, astrólogo, parapsicólogo y quiromántico, cuyo último rumbo conocido pasaba en 1988 por la república del Paraguay. Ante su esfera de cristal purísimo, con su ancha capa de raso de doble faz, su blanco turbante con pluma de ave del paraíso y deslumbrante rubí, y sus elegantes y ampulosas maneras orientales, recuerda a su padre, el enésimo Surlay Farlay, descendiente del Gran Surlay Farlay, hijo de Surlay Farlay I. En la sucesión del tiempo, muchas generaciones de Surlay Farlay fueron magos y astrólogos en cortes y palacios del Oriente Medio, y el nombre de Surlay Farlay significa ‘Estrella de la poesía’. Pero Alá es más sabio.

Hijo de un mago y criado por un brujo, Surlay Farlay nació predestinado a la poesía. Su cuna fue una vieja alfombra mágica, desempolvada con motivo de su nacimiento, y que sin duda le comunicó los poderes de la magia. Pero Alá es más poderoso. Cuando el niño Surlay (llamado Farlay) llegó a la edad de aprender a caminar, sus padres lo llevaron a Bogotá porque consideraban de buen augurio que diera sus primeros pasos en la capital. Luego, avisados por un ángel, se trasladaron a la isla de San Andrés, en donde el niño Surlay vivió hasta los cinco años, lo que para un poeta es mucho más decisivo que cualquier taller de literatura, y si no lo creen, pregúntenselo a Saint-John Perse.

Surlay Farlay fue entregado por los Hados al brujo «Pepa» para que lo iniciara. Vivían en una choza aislada, a prueba de huracanes, y pasaba todo el tiempo en compañía de un perrito de grandes ojos asombrados, muy flaco y muy humano, llamado Lindbergh. El niño crecía con el perro como su igual, pues, aparte de que el brujo no hacía mayor distinción entre ellos, nunca había visto a otro niño ni se había mirado en un espejo y no sabía qué cara tenía. Levantaba la patica para orinar y ya ladraba a la perfección cuando una mañana apareció su padre, que venía a reclamarlo con el fin de enseñarle a nadar. Lo llevó a la playa y lo asustó simulando un tiburón, por lo que desde entonces miró de soslayo y con recelo a un padre que lo llevaba a uno a nadar y se le convertía en tiburón.

La familia ocupaba una casa de alquiler en el alto Los May, y el niño iba siempre a buscar a su amigo «Pepa». Les daba la comida a los micos, cuidaba de las gallinas que bajaban a la playa a tomar el sol, le tenía miedo al mar porque se movía mucho y era muy alevoso. Contaría unos seis años cuando regresaron a Medellín y el padre partió para una gira sin regreso. Pero Alá es misericordioso.

(El brujo «Pepa» fue invitado por Gonzalo Arango a Bogotá, a comienzos de los años setenta. Moreno, alto, delgado, figura típica del isleño nativo, con amplio saco y desenvueltas maneras, fue una sorpresa para los amigos del «Profeta», que por fin pudieron conocer a un brujo auténtico).

A pesar de ser su madre maestra de primaria, el niño Surlay no quería dejarse educar, y pasó con olímpica indiferencia por la Escuela Boyacá, del barrio La Milagrosa, en donde sólo aprendió a escribir con mayúsculas, pues desde el comienzo se dio cuenta de que eso era lo único que necesitaba.

Siendo monaguillo en su parroquia, un día observó, en compañía de otros chicos, que algo se movía en el interior de un osario de la cripta, pero no podía verse nada. Impulsados por la curiosidad contrataron por algunas monedas a un mendigo para que metiera la mano. El mendigo pidió el pago anticipado, temiendo que si no había nada perdería su trabajo, pero los chicos insistieron en que la paga era por arriesgar la mano. El mendigo subió sobre un escalón improvisado, se echó la bendición y metió la mano… Otra mano con uñas de ultratumba se la recibió, y el mendigo se desplomó desmayado, sin un grito, pálido como la muerte. Los chicos salieron despavoridos, y a la mañana siguiente se enteraron de que un ladrón había resultado muerto en la cripta. Días después, tres simpáticos gaticos aparecieron asomados al borde del osario, esperando a su mamá.

Los poetas muestran su inclinación desde temprano, y el adolescente Surlay, para estar solo se refugiaba en los cementerios, porque estaba seguro de que allí nadie le buscaría. Fue así como se dio cuenta de que las culebras abundan en los viejos camposantos, y salen de noche a efectuar sus cacerías…

Pasaba temporadas vagando por el campo, sin provisiones, comiendo cualquier cosa, hasta troncos podridos. En cierta ocasión comió una planta que crecía a la orilla de una quebrada, porque le pareció muy bonita, y estuvo allí dormido durante tres días. Los campesinos que lo encontraron lo creyeron muerto, y ya se disponían a enterrarlo cuando despertó.

A los once años escribió su primera línea, y el profesor, moviendo pesarosamente la cabeza, le aseguró que iba a ser poeta. Era un aforismo. Decía: «No mires la herradura en el caballo: mira su huella».

Hacia los quince años tuvo que enfrentarse con la necesidad de ganar algún dinero, y fue a parar como preparador de difuntos en una funeraria de mala muerte, en donde trabajaba con dos compañeros de su misma edad, sin ninguna clase de protección y con un salario ruin. Uno de ellos, por motivos obvios, murió a los pocos meses; al otro tuvieron que amputarle de raíz piernas y brazos, y el tronco con cabeza aún sigue dando tumbos por las calles de Medellín. Pero lo que definitivamente alejó a Surlay de semejante trabajo fue el día que lo llamaron a maquillar un cadáver, y al destaparlo resultó ser su abuelita. Le ajustó las mandíbulas con un par de ganchos, dibujó en sus labios una tierna sonrisa, la peinó con delicadeza, puso rubor en sus mejillas y la perfumó. No volvió más a aquel lugar.

Las experiencias sufridas y el desamparo en que se había colocado por rebeldía juvenil, lo convirtieron en punkero del parque de Bolívar, situándose en un peligroso umbral, hasta que una novia que usaba collar de perro le reveló que él era distinto a los demás, y que probablemente tenía el peor de los vicios: la poesía. Y así fue como Surlay salió del parque de Bolívar, prácticamente echado como falso punkero. Cuando llegó al taller de poesía de la Biblioteca Piloto, lucía en sus orejas unos vistosos pendientes que recordaban los adornos con que los adolescentes emberás atraen a las muchachas.

Relacionado con artesanos, músicos folclóricos y teatreros ambulantes, aprendió a construir y tocar instrumentos, aprendió el canto, la composición y la danza, y se hizo excelente pantomimo. Diestro en toda clase de oficios, él solo construyó su propia vivienda para albergar a su mujer y a su niña. Y para que no se dijera que era una pobre vivienda, hasta le puso vitrales, porque también es pintor y artista.

Sus gustos son instintivos, es decir, heredados: le apasionan el vino, la música, el teatro, la literatura, las artes. Siempre sonriente, la pobreza no le convirtió en resentido, ni envidioso, ni amargado, y no le impide apreciar el espectáculo del mundo, con agudo sentido y fino humor. Reconoce que todavía está saliendo del cascarón, pero le da sus buenos picotazos.

Conocedor de la vida callejera, presta gratuitamente sus servicios durante varios años como tutor en un refugio de niños inopes, y entre una cosa y otra, con aparente facilidad, concluye el bachillerato a los diecisiete años, como Dios manda, incluidas la beca permanente y la mención honorífica. Egresa con un certificado que lo acredita como «Técnico en mecánica automotriz», cosa que le parece sorpresiva y desagradable.

La universidad estaba fuera de su alcance, y como en ese entonces tenía figura de fauno le resultaba imposible encontrar trabajo, dado que la actividad laboral de los faunos no goza de mucha simpatía en los medios empresariales. Un joven desocupado y sin perspectivas atrae sobre sí el interés de guerrilleros e instituciones religiosas, que se lo disputan como presa codiciable, y después de resistir a invitaciones, propuestas, halagos y amenazas, consigue ingresar en la Universidad de Antioquia, en donde adelanta estudios de psicología, obteniendo en varias ocasiones la matrícula de honor.

Cuando está en actividad es rápido y empecinado, pero no cree que el reloj sea la única medida aplicable al tiempo.

En una ocasión en que perdió los originales de su primer cuaderno de poemas, y le dije que lo lamentaba, me replicó:

—«Tranquilo, Jaime, que yo escribiré después otros mejores».

Sin embargo, el día en que se despidió del taller, declaró:

—«Me alegra mucho que hayan reconocido el valor de mis poemas, porque de lo contrario me hubiera formado muy mala idea de ustedes». Que las puertas se abran para este poeta desterrado de todos los reinos, y que los dioses iluminen su senda. Pero Alá es el único sendero iluminado.

Existe una planta llamada «Flor del baile» (Phyllocactus phylanthus), que si uno se sienta frente a ella en el plenilunio, hacia las diez de la noche, puede ver cómo la flor empieza a abrirse y cuando la luna está en el cenit es una hermosa flor, con quinientos estambres, exquisitamente perfumada para los insectos polinizadores. También este libro puede ser leído en dos horas, y en él se ve el nacimiento de un poeta. El libro que se abre se parece a la flor, y el lector puede pasearse por él y untarse la nariz con el embriagante polen de la poesía.

No es posible resumir veinte años de vida en una página, por lo cual esta biografía queda forzosamente incompleta. Si el honorable lector tiene paciencia, dentro de otros veinte años, quizá, podrá ver la segunda biografía de Surlay Farlay, escapado de Las mil y una noches, y convertido en poeta colombiano por la fuerza del Avatar. Pero Alá es el Eterno.

Jaime Jaramillo Escobar