Perfeccionando lo perfecto
Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 2004 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 41, n.º 67
Sobre La décima en Colombia, compilación de Roberto Yancés Torres — Gobernación de Córdoba, Montería, 2002, 227 págs., il.
En página 215 dice el compilador y comentarista que entre los versos octosílabos de la décima no desentonan los de siete o nueve (ni los de diez, puesto que no se distinguen sílabas gramaticales de sílabas métricas). En consecuencia tampoco importa el acento prosódico ni cesura alguna, ya que se hace a un lado la noción de que la frase poética tiene que ser rítmica, de lo cual resulta la armonía. Sin el buen oído del compositor el recitativo o el canto tropiezan, y el acompañamiento musical (de haberlo) pierde el compás. En página 121 expresa su admiración por los decimeros costeños, aunque los versos «oscilen casi siempre entre siete a nueve sílabas».
Sobre esa base falsa, en favor de los malos versificadores, está montado todo el libro desde la portada hasta el final. Extraño, pues si con algo se identifican los litorales colombianos es con el ritmo corporal, en sincronía con el tambor del corazón.
El octosílabo es forma natural de la lengua española, y se compone de oído, sin necesidad de aprendizaje especial. Lo demuestran los desafíos de piquería infantil. No piqueríá (con tilde) como aparece en el libro. Se procede más por el oído que por reglas, puesto que las reglas están sujetas a la eufonía.
Aparte de la medida arbitraria, el compilador defiende también la rima irregular, mezcla de consonante, asonante y verso suelto, todo para facilitar el trabajo a los repentistas, porque asegura que el verso perfecto es poco menos que imposible para el improvisador. No fue así anteriormente, cuando los improvisadores conocían la métrica y eran verdaderos poetas populares.
Además incurre en el error común de confundir verso con poesía, ignorando que la prosa puede ser rimada. Si bien existen algunas diferencias normativas entre los tratados de métrica, según sean españoles o americanos, ello por dificultades fonéticas (caso de los diptongos), la décima, por su antigüedad, cuenta con definición precisa. En la Preceptiva del P. Jesús María Ruano está así: «Es una combinación de diez versos octosílabos, que mucho se presta al número periódico, si está bien cortada. […] Se reduce a dos redondillas, entre las cuales van dos versos, rimando el uno con el último de la primera, y el segundo con el primer verso de la redondilla segunda. […] Debe haber notable pausa al fin de la primera redondilla, y alguna pausa al menos antes de la segunda». Como estas cosas requieren ejemplos, ponemos aquí uno clásico de José Umaña Bernal (Tunja, 1899), de quien el compilador no encontró ninguna estrofa digna de ser transcrita, aunque menciona su libro Décimas de luz y yelo. Y que no por conocida debe dejar de citarse, pues si deja de citarse deja de ser conocida:
Diga, señora la Muerte,
¿por qué tan de madrugada,
caminando arrebujada
bajo llovizna tan fuerte?
¿Qué extraño signo se advierte
en tan oscura calleja?
¿Por qué a tan sórdida reja
arrima el manto de raso?
¿Por qué no apresura el paso
mi doña Muerte y se aleja?
La extrañeza aumenta cuando el compilador, en varios capítulos, recuerda que la décima auténtica es la llamada espinela, en honor de Vicente Espinel, quien nunca hubiera aceptado décimas cojas ni rimadas de cualquier modo. Además, quien diera a la décima su forma definitiva e inmodificable fue Juan Fernández de Heredia, que murió dos años antes del nacimiento de Espinel. Se puede componer una estrofa de diez versos de cualquier medida y rima, sin que por eso constituya una décima. Excelentes ejemplos de ello se encuentran en Juan de Castellanos. Para que sea décima debe seguir la pauta. Aunque el autor del libro es enfático en decir que «sin rechazar las demás formas combinatorias». Dice asimismo que «se reconoce que la décima es poesía». Ninguna estrofa es poesía por obedecer a una forma. El verso no hace parte de ninguna definición de poesía. La poesía no es el verso. Es otra cosa, que debe saber el antólogo. Quien, entre otros dislates, dice en página 85 que «se están haciendo intentos (en la costa atlántica) para perfeccionar la décima». Lo cual recuerda el consejo que salió alguna vez en un suplemento literario, según el cual «la décima es tanto mejor cuanto más breve sea».
Por los motivos expuestos no hay en el libro ninguna décima digna de ser acogida en esta reseña, ni aun las citadas de autores españoles o pueblerinos, pues las erratas las deforman y la selección no es la mejor. ¿Qué hace Violeta Parra en un libro titulado La décima en Colombia? En el subcapítulo sobre décimas con juego de palabras al cazador se le escapó esta presa:
Lo que siente el corazón
y lo que el corazón siente,
en esta ocasión presente
y en la presente ocasión,
excede a toda expresión
y a toda expresión excede.
Y mí decir no se puede
y no se puede decir,
sin que quede qué añadir
y sin que qué añadir quede.
El título del libro no corresponde a su contenido, pues casi todo se refiere a la costa norte, con pocos ejemplos de otras partes, sea para disimular, o por creer que sólo en la costa la décima es motivo integrante de su folclor. Buscando en Antioquia, y principalmente en Bogotá, hubiera encontrado que la décima necesita arte, gracia, ingenio, creatividad, agudeza, brillo, criterio formado. No es niñería en boca de adultos. Décimas ejemplares se encuentran en las compilaciones de don Benigno A. Gutiérrez, en manuales y libros de historia, en muchos archivos y autores: Salvo Ruiz, Manuel Uribe Velásquez, Ciro Mendía, tantos otros. Una antología nacional requiere investigación. Las décimas bien compuestas son abundantes. Hay que saber hallarlas. En una historia de Pereira está la siguiente:
En Petetro, allá en el río,
cerca del puente de Arouca,
con una mano en el Cauca
y la otra en el Quindío.
Trabajando sin desvío,
sin perjuicio de terceros,
gastando propios dineros
y herramienta en profusión,
montó su gran fundición
ANTONIO J. QUINTERO
La décima con el honor de la portada contiene estos dos supuestos versos, de siete y nueve sílabas métricas, que como prosa son desabridos: «Y el nombre que recibe / viene de Vicente Espinel». Como desde el desayuno se sabe lo que va a ser el almuerzo, imagínese usted.
La inevitable décima (pág. 53) que comienza: «De fácil composición / una décima parece…», continúa así:
y por eso me apetece
para cualquier función;
pero la distribución…
La forma correcta es:
y por eso se apetece
para cualquiera función,
pero en la distribución…
Otra muestra (pág. 137), aunque se considere redundante:
Diez veces diez un ciento
Diez veces ciento es mil
Y cien veces mil cien mil
Y cien veces cien mil un cuento.
Forma correcta:
Diez veces diez es un ciento,
diez veces ciento es un mil,
y cien veces mil, cien mil;
cien veces cien mil, un cuento.
No se requieren más ejemplos. Todo el libro está así.
Por la parte editorial las cosas no van mejor: fotografías de ocasión, mal impresas; fuente tipográfica impropia para libro; carencia de diseño; falta de corrección de pruebas. Cuando no se sabe encuadernar se le meten ganchos al libro para asegurar las hojas.
Algo es mejor que nada, pero la nada es más digna.
Jaime Jaramillo Escobar