Ni lo uno ni lo otro, sino esto
Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 2004 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 41, n.º 65
Sobre Cultura italiana en Colombia, de Armando Silva Téllez — Instituto Italiano de Cultura, Tercer Mundo Editores, Bogotá, 1999, 134 págs., il.
En la página 67 se lee: «[…] así como Hugo, Sue y la Martínez fueron los verdaderos guías literarios y espirituales desde mediados del siglo». Que don Eugenio Sue, tan importante en su época, quede reducido a tres letras que nada significan para las gentes de hoy, es una descortesía injustificada; pero que al gran Alfonso de Lamartine le cambien de sexo después de muerto, y le rebajen de categoría hasta convertirlo en «la Martínez», ese incalificable delito no puede quedar impune, por muy bajo que hayamos descendido en el antiguo arte de hacer libros. Y además, hoy no se dice «Hugo», como se dijo ayer, porque podría ser cualquiera. Resulta necesario escribir Víctor Hugo. Hay que tener en cuenta que ese solo nombre representa un siglo.
Existieron hasta hace poco los correctores de pruebas, cuya función era de verificación. Al acabarse los escritores, fueron reemplazados por «correctores de estilo», encargados de enmendar la plana al autor. Lo hacen del modo que acabamos de ver. Ni siquiera dudan, ni son capaces de consultar al autor, puesto que no creen en él. Son la ignorancia con poder. En el libro Poemas útiles de Geraldino Brasil (U. de A., 1999), el corrector de estilo cambió el título Primer día en la eternidad, que se le hizo raro, por el de Primer día en la fraternidad, que le resultaba más comprensible. Y transformó el título Sueñodeamar, que es nombre de fruta, por Sueño de amar, pues, según él, ya no se admiten más las palabras compuestas. También modificó el título Admirable mendigo por Admirables mendigos. Según parece, los mendigos son tantos que uno solo no puede representarlos a todos. Resultado: así es como están saliendo los libros hoy en día en Colombia, gracias a los autónomos «correctores de estilo», que al igual que las casas de poesía han decidido gobernar dictatorialmente la literatura, a su exclusivo capricho.
Lo primero que retiene la atención en el librito que se comenta son los defectos editoriales. Siendo Italia maestra en el oficio, su embajada en Bogotá debió de esbozar cierta piadosa mueca de disgusto al recibir el primer ejemplar, que en nada representa el proyecto originario, no carente de prestancia, como corresponde a la imagen de una cultura cuya influencia en el mundo es de gran respeto y admiración.
El tamaño de la letra, las reducidas márgenes, y detalles de presentación, indican economía en el papel, así como el propósito de eludir la fotocopia. Mal cálculo, que subestima las reacciones del público. La industria editorial no está en condiciones de abusar del cliente. Ante la competencia que la enfrenta, se hace el haraquiri.
Acompaña el texto un cuadernillo de fotografías, fuera de folio, algunas muy deficientes, y casi todas con la misma tacañería que distingue al librito, desde la portada, donde el nombre del autor por poco desaparece, y la falta de índice onomástico, necesario en obras históricas. La composición en galeradas carece de atractivo, y lo que podría ser interesante resulta aburrido porque el diseño gráfico no colabora para nada. Como remate, la encuadernación es del tipo libro cerrado, difícil de abrir, porque se supone que nadie lo intentará. A todo lo que se hace en Colombia le queda faltando algo, por ignorancia, afán o mezquindad, cuando no por malicia, como los sándwiches que venden en las carreteras de La Guajira, que muestran por fuera al ansioso pasajero la carne y la lechuga, pero adentro no tienen nada.
El texto es el resultado de una investigación parcial sobre italianos en Colombia, colombianos en Italia e influencia de la cultura italiana en Colombia, por encargo del Instituto Italiano de Cultura. Obra de consulta, especie de catálogo con información esquemática, sin proyección, sin vida, como todo lo que se hace en la actualidad, contratado a plazo fijo, rápido y descuidado, para gentes también apresuradas, a quienes en realidad nada interesa a fondo. Se reduce a una mera constancia lo que pudo haber sido historia de lectura amena, si hubiese estado a cargo de un escritor. Los nuevos historiadores colombianos, fabricados en serie como los poetas, carecen del arte de escribir. Su historia es una aburrida acumulación de datos sobre los cuales no se ha tenido tiempo de reflexionar, porque la historia dejó de ser un género literario. En consecuencia producen ladrillos compactos, parecidos a malas traducciones, sin sentido de la historia ni del idioma.
Aunque el estudio se reconoce como primera aproximación al tema, para el lector resulta superficial. Los personajes son sólo nombres, con la etiqueta de alguna obra sometida a nuestra incuria. Están todos muertos, sin que para ellos alcance el soplo vital del historiador. La pobre redacción en primera persona sólo atina a decir «yo» y «mi». Desde la profundidad del ego es imposible acceder a conceptos universales. Dar el título de filósofos a quienes han estudiado historia de la filosofía es una exagerada concesión. Imposible reprimir una sonrisa cuando se escucha decir: «La filósofa fulana de tal». Un solo ejemplo (pág. 39), típico de la redacción: «Se inauguró en 1874, con la Compañía de ópera italiana con la obra de Hernani». (¡La obra de Hernani!).
Puesto que al final de la introducción se ofrecen excusas por las omisiones involuntarias, conviene decir que también forman parte de la cultura italiana en Colombia quienes se compenetraron con ella, la asimilaron como propia y llegaron a ser eruditos en su historia, artes, literatura y en todos los aspectos de la vida en sus diferentes regiones. Tal el caso del doctor Eduardo Mendoza Varela, autor del bello libro El Mediterráneo es un mar joven (Colección Guberek, 1989, núm. 30), para amantes de Italia y Grecia, no para turistas desaprensivos. Experto en Dante, dominaba el tema al derecho y al revés para su propio placer, pues él pertenecía al linaje de aquellos hombres de excepción que, habiendo alcanzado un alto grado de sabiduría, de nada se envanecen, todo lo comprenden y excusan y, afables y misteriosos, ocultan su ciencia con sencillez. Esos hombres no abundan, pero siempre existirán algunos, principalmente en monasterios y en la intimidad de sus libros. Mendoza Varela falleció en 1986, por lo cual debe citarse un ejemplo actual en el noble espíritu de don Alfonso Jaramillo Velásquez, autor de libros de temas políticos algo quijotescos, para un supuesto país que no hubiese perdido totalmente su identidad. Sólo mencionarlos los mancilla, pero la humanidad necesita paradigmas, reales o inventados, aunque sea para apreciar en ellos lo que no se es. A propósito de lo cual, y puesto que hemos hablado del editor del libro, cabe recordar a don Juan Bernal, quien atendió la librería principal por muchos años, y fue el último ser humano que existió en Tercer Mundo.
Jaime Jaramillo Escobar