Niños para cuentos
Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 2012 · Boletín Cultural y Bibliográfico
Sobre Hechicerías, de Óscar Osorio — Universidad del Valle, Cali, 2008, 84 págs., il.
La prueba de que los niños no le tienen miedo a nada, excepto al papá cuando amenaza con golpes, porque saben que todo es ficción, está en que los relatos escritos o visuales, que para ellos se ofrecen en el comercio, vienen invariablemente poblados de toda clase de monstruos malignos, lo cual no ha cambiado con las nuevas tecnologías del entretenimiento. Por el contrario, los nuevos monstruos son aún más terroríficos y amenazantes. No todos los niños, es verdad, puesto que ya los padres no se usan. O se usan los llamados sustitutos, que no son materia de esta reseña.
Los viejos y clásicos cuentos para niños avivan su inteligencia, liberan su imaginación; no la subestiman. En el campo, el niño tiene que nacer aprendido, porque los peligros acechan desde sus primeros pasos. La sobreprotección de los niños en las ciudades va contra su naturaleza. Por eso, después de la mayoría de edad, siguen siendo dependientes y es que la infancia también se convirtió en rentable negocio, por lo cual no sólo hay que prolongarla, sino explotarla al máximo. Y surgen el desorden y la irresponsabilidad de todo negocio. Que se aprovecha para lo que cada uno quiera.
En el libro al que esta nota se refiere los temas son reyes, príncipes encantados, hechiceros, brujas, transformaciones mágicas de unos seres en otros, toda una utilería medieval, actualmente denominada como gótica. Y los sucesos, disparatados, muy distantes del ingenio y la maravilla de los antiguos cuentos para niños, reconocidos como obras maestras de la literatura universal. Ofrecer resúmenes a la apreciación del lector nos parece mejor que entrar en discutibles opiniones teóricas. En su orden, son:
La espada de caramelo (12 págs.). Alexei, rey temeroso, visita a la hechicera Meiga en su cueva, para pedirle una espada especial con la cual él podrá defender su reino de la amenaza de un poderoso enemigo, llamado Cagtoon, dueño de cuatro monstruos quirópteros.
Pregunta el niño: ¿Si las hechiceras son tan poderosas, por qué tienen que vivir en inmundas cavernas?
Después del correspondiente diálogo, le da la espada con una condición: que se la devuelva a los siete días, o de lo contrario se case con ella, que será la reina.
La bruja prepara la espada en un caldero con estos ingredientes: esencias, chocolates, turrones, bombones, especias, almíbares, bananos, caramelos y los famosos polvos mágicos.
Sigue la descripción de los encuentros con los endriagos enemigos, y al fin la bruja vence con sus malas artes. El rey tiene que casarse con ella.
Moraleja: el triunfo de la astucia y el mal sobre el bien. Viejo tema siempre reiterado.
Los zapatos rotos (11 págs.). Otra bruja, llamada Felona, que repara el calzado.
Pregunta el niño si vale la pena convertirse en bruja, pese a lo difíciles que deben ser esos estudios, a fin de dedicarse a la reparación de zapaticos para niños con el malvado propósito de hacerlos sufrir más de lo que ya lo hacen sus padres.
Miguelito ha visto en el comercio zapatos de charol, que le parecieron bonitos por su brillo, y pide unos a su padre. Éste se los promete a cambio de buen comportamiento (Miguelito es irreprochable), y las mejores notas en el colegio. El niño gana los zapatos, lo que después le acarrea toda clase de dificultades con la mil bruja malévola. Finalmente, Miguelito termina descalzo.
Moraleja: ni los niños deben ser tan antojados, ni los padres complacientes, porque siempre hay en el vecindario alguna bruja envidiosa que les daña la vida a todos.
El escudo de las bondades (8 págs.). Otra hechicera, puesto que el libro se titula Hechicerías. El niño (Alejandro) se pierde en un salón de espejos, al cual entró a través de su computadora. Son espejos de espejos, por lo cual si se rompe uno desaparecen todos. Y la hechicera en su cueva, que esta vez se llama Maldicia, con gato y todo.
El niño se pregunta por qué regresar a esta clase de temas en la era actual. Pero el relato sigue, porque es él quien escribe y ya se contagió de trasgos, engendros y fantasmas, todos sacados de su portentosa computadora.
Soñando que sueña que sueña lo envuelve la irrealidad, se extravía en sí mismo, y el relato termina elegantemente «haciendo popó».
La princesa que perdió una mano (11 págs.). Este era un rey que tenía dos princesas: Luzlinda y Aliado. Aliado (léase Al lado) se conformaba con poco, mientras a Luzlinda todo le parecía poco. El príncipe Espigadeoro se enamora de la discreta Aliado, y la empalagosa Luzlinda se consume de la envidia. Entonces le encarga a Vicente (el hechicero perverso) un brebaje para envenenar al príncipe en el día de la boda. Así se hace, y Aliado también muere de lo que entonces se llamaba pena moral.
Algún tiempo después, Luzlinda se enamora del príncipe Lucecita, quien la obsequia con un precioso anillo de compromiso. Inesperadamente, el dedo meñique empieza a torcerse hacia fuera y el hechicero Todosé dictamina que el dedo meñique siente una envidia ciega por el precioso anillo que luce el anular. Por recomendación de Vicente la princesa arroja el anillo a un abismo y entonces empieza a torcerse el dedo anular. El hechicero dictamina que el dedo anular se muere de nostalgia por la pérdida de su anillo, y las cosas empeoran hasta que los médicos deciden que es necesario amputar la mano, después de lo cual Luzlinda muere del mismo mal que su hermana, la pena moral. Al final, el rey no soporta tanta desgracia y muere de... pena moral, que los poetas llaman melancolía.
Historia del Demogato (13 págs.). Este es el quinto y último cuento, también con hechicera. Guato (un gato con una u atravesada), quiere aprender a volar para ser el mejor cazador de pájaros, ya que los ratones no le gustan por rastreros y tramposos. A fin de curarlo de sus desvíos y convencerlo de ser un gato normal, su padre, Duende, lo lleva con engaños al psicólogo.
El psicólogo hizo lo que pudo, pero Guato se empeñaba en volar. ¿Si voló Ícaro con plumas prestadas, por qué no voy a volar yo? decía. Y decidió ir a consultar en su cueva a la bruja Gatina. Ésta le pidió traer una pluma de cóndor, una pluma de gavilán y una de águila. Después de las peripecias para robar las plumas quedó convertido, por arte de magia, en gato volador. Eso, naturalmente, no les gustó nada a los otros gatos, ni a ninguna clase de aves, y la consecuencia fue que el Demogato se quedó muy solo. Ya no tenía siete vidas para negociar con la hechicera.
Moraleja: quédate en tu ser. No ambiciones lo que no te pertenece. Sé modesto. Sé realista. Más vale ser gato entre los tuyos, que mutante desconocido.
Aunque los adultos se encargan de poblar la fantasía de los niños con toda clase de seres horrorosos, a fin de prepararlos para vivir en un mundo peligroso e impredecible, el arte de componer relatos infantiles requiere una sabiduría especial, inteligencia y gracia, sutileza pedagógica, ingenio, humor y auténtica alegría, esta última, por cierto, tan escasa y desterrada de la poesía desde que se lanzó la máxima «el poeta es un niño viejo».
Jaime Jaramillo Escobar