Importancia de los libros desechables
Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 2012 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 46, n.º 83
Sobre Cuentos infieles, de Gabriel Jaime Alzate — Panamericana Editorial, Bogotá, 2006, 116 págs.
No es un libro que merezca el honor de la biblioteca. Aunque sí el de la librería actual, mercado de miscelánicos.
Tales obras son necesarias para muchas personas que leen a fin de pasar el tiempo entretenidas. Es más: prefieren gruesos volúmenes. Arrancan las hojas a medida que leen. Hay autores especializados en ese tipo de literatura, que al menos se vende. Es lo que importa. En ese caso, escribir es urdir historias truculentas y enrevesadas. Simple negocio para todos los participantes. Por tanto, en este caso, lo mejor es limitarse a la síntesis de los cuentos. Ellos hablan por sí mismos:
El museo de cera. Visita con la esposa al Museo de Cera. Histérica, termina pateando al taxi que esperaba para regresar. Pasan la noche en la Comandancia de Policía. Es todo.
Marrón sobre blanco. Él pierde las gafas, que se quebraron al caer. Va a la Óptica para reponerlas. Se enamora de la bella mujer que le atiende. Ella le llama «señor». Eso lo enfada.
Floyd Patterson, mucho gusto. Enredos amorosos entre familiares, vecinos y amigos. Tema manido, para bostezadores. De su lectura no queda nada.
Ancas de rana. El marido que quiere matar a su mujer. Cosa rara.
¿Adónde vas, Horacio Peña? Problemas de familia. La hermana embarazada. El padre que huye. La madre enferma. El hijo que mira, juzga y escribe el relato para distraerse.
Trepa, sube, arrástrate. Disgustos de familia, con sus enrevesadas soluciones. La madre en silla de ruedas, el padre sin carácter que ahorca al perro porque alguien tiene que pagar por lo que ocurre, la hija de mal genio, que tiene un reloj de pulsera. «Tan bello mi reloj. Ay, si me lo robaran, me quitarían medía vida». Y esa es la clase de gente para esa clase de cuento.
El hombre del sobretodo. La aburrida vida de un matrimonio. Ya no se quieren. Disgustan. Ven juntos la televisión. Pasan una película. Él ya no aguanta más. Al terminar la película, la echa de casa. «Te largas de aquí y de mi vida hasta nunca jamás. Que no te vuelva a ver. ¿Te queda claro?». Ese es el lenguaje en todos los cuentos del libro. Aleccionador. Elegante. Lo que se llama estilo.
Afuera no se ve un alma. Dos amigos: el Gordo y el Mono. Dicen: «Si a tu padre se le gasta el gusto, mátalo cuando gustes». Agregan: «¡Qué pulería de canción!».
Trotan por las veredas del condominio. Se les une la muchacha que uno de ellos persigue con las miradas.
Ejemplos de diálogo:
—A una compañera de la Universidad no volvimos a verla.
—Se volaría con alguien —el Gordo votó el aire, infló los cachetes.
—No. Dicen que la devolvieron en pedazos metida en cajas. En una de las cajas había lapiceros, cuadernos y el carné de la Universidad. Le cortaron los senos en rodajas.
Otro:
—La otra vez, cuando trabajaba al norte de la ciudad en otro condominio, sucedió algo parecido. Una pareja de novios se volaron. Ella estaba embarazada.
—Peor dolor.
—Que va. No pasó nada. Los encontraron muertos a dos cuadras de donde vivían.
—¿No los secuestraron?
—Ni siquiera les esculcaron los bolsillos. La muchacha estaba intacta. Ni siquiera la habían violado.
—¡Eh!... No faltaba más que violaran a una mujer embarazada.
—Pero sucede.
Mientras prepara esta reseña el autor se entera, por un libro de Jairo Osorio Gómez, que en la plaza de Mutatá se erige un obelisco que ostenta en la cúspide la motosierra, con la que no sólo se destruye la selva (con todas sus consecuencias), sino que también se usa para partir a ciertas queridas personas, con el fin de hacer dos de una.
Jaime Jaramillo Escobar