Los puntos suspensivos en la poesía femenina...
Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 2008 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 45, n.º 78
Sobre Ellas escriben en Medellín, de varias autoras — Hombre Nuevo Editores, Colección Madremonte, Medellín, 2007, 149 págs.
El libro es un colectivo de poesía, precedido por otro de narrativa con el mismo título y procedimiento electivo. Contiene una selección de poemas de dieciocho autoras, compilada por Lucía Donadío y Claudia Ivonne Giraldo en orden de casualidad. Las antologistas también se incluyen muy naturalmente, como es usual. La antesala empieza con la «rigurosa» prohibición de reproducir cualquier verso, por cualquier medio, incluidos el préstamo, el alquiler, la lectura en público y la memorización, si es que a alguien se le ocurriera tal cosa. Algo raro, publicar un libro para impedir su divulgación. Por más que la prohíban, la poesía escapa por cualquier bolsillo, en el supuesto de que tenga impacto.
Siguiendo la costumbre —que para eso es—, al final se adicionan los datos biobibliográficos con todo detalle, incluida la quincallería que adorna los nombres y contribuye a su prestigio: títulos académicos, reconocimientos por doquier, los numerosos premios y distinciones recibidos, cargos desempeñados, becas obtenidas, viajes realizados, obras inéditas, traducciones a todos los idiomas, talleres y otras actividades. Ellas son, por orden del índice: Olga Elena Mattei, Teresa Yáñez de Cuberos, Marga López, Mara Agudelo, Teresita Ramírez, Berenice Pineda, Emma Lucía Ardila, Gloria María Bustamante, Lucía Estrada, Esther Fleisacher, Catalina González, Claudia Ivonne Giraldo, Inés Posada, Cristina Toro, Gloria Posada, Eliana Maldonado, Lucía Donadío, Martha Quiñónez.
No se debería distinguir entre poesía, y poesía o literatura femenina, pero son precisamente ellas quienes mantienen la segregación, conscientes de que su arte se dirige a las mujeres por afinidad de género. En realidad, así es, con las escasas excepciones. El poema de la enamorada es una esquela con nombre propio para un fin cantado. Por lo general, sus temas resultan poco interesantes para el varón. Las señoras no salen de sí, siempre enclaustradas en su mundo de recuerdos y añoranzas, no consiguen ver en macro. Y eso, claro está, reduce su valor al encasillarse en una clasificación extraña a la época y que tarda en desaparecer por prejuicios comunes.
Se presentan como poemas redacciones más o menos simples, que no causan la menor reacción, porque sin inspiración no hay poesía. El sentimiento solo no transmite más que emociones ajenas, aparentes o supuestas, que carecen de trascendencia al no ser compartidas. Como si hablasen detrás de una máscara sin direccionalidad de voz. La publicidad que se hace a los poetas —no a la poesía— ocasiona que el público pierda el sentido de la poesía, recibiendo de modo acrítico lo que le proporciona el espectáculo. Hablando de añoranzas, puesto que los poetas se olvidaron del pueblo, el pueblo también se olvidó de los poetas. Los tablados callejeros atraen una curiosidad de autómatas que aplauden por inducción mecánica, sin el auténtico entusiasmo de la verdadera poesía, que no requiere exégesis académicas. Lo que se aplaude es la vanidad del insólito bardo, y ese aplauso es más bien una burla elegante y socarrona. Que pululen actualmente poetas por centenares indica que son malos poetas, pues la poesía no se da al por mayor.
Quien ignora lo que es la poesía tiene la opción de la prosa. Mejor ser buen prosista que mal poeta. La poesía se ha vuelto redacción forzada de horas vacuas. No se adquiere el título de poeta por publicar muchos libros de ociosa versificación. Poesía no es sentarse frente a la hoja en blanco y la mente en blanco del prosista adocenado. Poesía es desgarramiento. Implica una conexión de tipo heroico con el universo. Lo femenino suele ser decorativo, superficial, voluble y caprichoso, pasajero como el amor. «Hace falta mucho tiempo para que un sentimiento, en una mujer, se transforme en pensamiento», dejó escrito Marguerite Yourcenar.
La reseña —como es obvio— se refiere solamente al contenido del libro y no implica juicio alguno sobre las autoras y el resto de su obra, aclaración pertinente a fin de preservar cualquier susceptibilidad propia del género (el de la poesía).
No hace mucho tiempo que a las mujeres escritoras se les llamaba despectivamente literatas. Una mujer literata siempre daba la lata, hablando de Cervantes mientras bailaba, o de América Cama, el inventor de la cama, en su cama. Los tiempos han cambiado, pero no deberían abusar.
El concepto de poesía se tiene o no se tiene. Y no depende de la academia. Si no se tiene es imposible inducirlo. Nada se logra con simular. La apariencia siempre es falsa. Estudiar español y literatura no capacita a nadie para escribir poesía.
No se encuentra poesía en este libro. Sólo dos breves destellos, el segundo aún con imperfecciones. A la autora le falló profundizar en la comprensión del asunto, calcular mejor las palabras, pulir. Para ella la gata siempre fue un huésped del monte.
En la página 81, La mirada sorprendida, por Esther Fleisacher:
El gato saltó por la ventana
y horas después regresó
sin un hueso roto
sin rasguños
sin un ojo morado.
Con ganas de tomar leche.
En la página 98, Ágata, por Claudia Ivonne Giraldo:
Luego de comprender que quien llegaba
era su muerte,
la pequeña gata muy enferma
tuvo la gentileza de despedirse.
Se refregó contra mi brazo
lentamente,
el gesto de la concha.
Y dejó que me fuera.
Sólo en esos dos instantes asoma la poesía. Lo demás es prosa regular. Esa prosa antipoética que se pretende hacer pasar como poesía. Y no por culpa de Nicanor Parra, el gran poeta.
No se habla de estilo en la actualidad de esta nota. El concepto de estilo cambió hace mucho tiempo. Aun así, hace mella en la forma el exagerado uso de los puntos suspensivos. Indican que queda algo por decir, pero que no se dice, porque al autor no le da la gana, o le pide al lector que lo imagine. Si se tiene algo por decir, se dice. Si lo que no se dice se reemplaza con puntos suspensivos, el lector lo entiende como incapacidad expresiva. Aparte de ser un autoengaño, los puntos suspensivos en realidad carecen de significado. Como recurso literario, el más débil e inútil.
Jaime Jaramillo Escobar