Las cabezas perdidas
Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 2000 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 37, n.º 55
Sobre Wayuu. Cultura del desierto colombiano, de Santiago Harker — Villegas Editores, Bogotá, 1998, 192 págs., il.
Al proponer la confusión y la multiplicidad o ausencia de significados, el surrealismo opta por lo incognoscible, lo aparente y onírico. Lo intuitivo y poético configuran otra realidad. Al cambiar de lugar, las cosas alteran su significado y desorientan al espectador. Sus cualidades surrealistas, por las que todo flota como en un espejismo y usted no puede estar seguro de nada, hacen de la costa Atlántica un paraíso para fotógrafos, pintores, escritores, poetas y aventureros. La luz inventa colores que nunca más se volverán a ver; la brisa desplaza imprecisas formas en el horizonte, y un espíritu burlón le baraja a usted los días en insólito juego de magia y sorpresa.
La Guajira es una de esas regiones únicas, sin par en el mundo, que remiten a una geografía de leyenda y constituyen un tesoro de imágenes para fotógrafos y camarógrafos, aficionados y profesionales. Con el atractivo adicional de que hay en ella una legendaria aspereza, proveniente de su condición desértica, que induce a los arijunas (forasteros) a exponer su imaginación a unos peligros que en realidad no existen. De vez en cuando el temor y la torpeza atraen el insuceso (palabra inexistente, porque no es lógica), y ahí tiene usted un lugar tan peligroso que resulta absolutamente imprescindible ir a visitarlo.
Un excelente fotógrafo, digo más, un artista, por tanto un poeta de la imagen, fue, vio y grabó en sus placas los episodios que componen el libro al cual se refiere esta reseña. El prestigio del editor les proporciona un lujoso marco.
La obra comprende ciento cincuenta fotografías en gran formato, más viñetas, una introducción informativa por Weildler Guerra Curvelo (antropólogo) y un índice fotográfico que revela el diseño en detalle y añade textos ilustrativos como el que corresponde a las páginas 46/7:
En términos reales, el precio de la sal ha disminuido en forma dramática este siglo [sic]. Hoy en día, un bulto de sesenta kilos, puesto en el camión, tiene un valor aproximado de setecientos pesos, precio ligeramente superior a lo que cuesta una libra en el supermercado. La necesidad y el gran número de charcas ha hecho que el negocio bueno sea para los intermediarios de Maicao.
Las denuncias sociales en letra pequeña, en un libro de lujo, son caridad inocua, puesto que ha sido hecho para personas a quienes sólo interesa el preciosismo de la fotografía, no el modelo, y que piensan como Oscar Wilde: «Es un hecho desdichado, pero auténtico, que la gente pobre no tiene la menor conciencia de su calidad pintoresca».
El paisaje de la península guajira, «agreste y hermoso, salvaje y ensoñador», como lo define muy bien Víctor Bravo Mendoza, muestra que hubiera podido convertirse en destino turístico desde hace mucho. No se ha hecho así, porque la iniciativa nacional es pobre en materia de turismo; por el escaso interés de la capital en las regiones apartadas; y por un falso sentido de defensa de la comunidad nativa, que de todos modos se ve asediada por las poderosas influencias culturales externas.
Nunca me ha convencido, debe repetirse, la defensa que se hace de los pueblos indígenas en el sentido de preservar sus culturas ancestrales. Es una admiración fingida, con las peores intenciones; un respeto aparente, hipócrita e interesado. Es, en realidad, la mezquina avaricia de no compartir con ellos la civilización en nombre de la cual fueron despojados una y otra vez de sus despojos. Conviene mantener a las tribus indígenas en sus menguadas reservas y primitivas condiciones, a fin de ir periódicamente a fotografiar su rareza para adornar con ella nuestras lujosas ediciones de fin de año y hacer el negocio del siglo.
Es, pues, un libro espectacular, de panorámicos y truculentos escenarios, para ser tratado con guantes negros. Fotografía artística, más que documental. La parte documental se confía al texto, cuyo autor queda relegado a segundo plano. Lo que importa es el fotógrafo y la edición. No los wayuu. Los wayuu son el pretexto para que el fotógrafo se luzca, como podría serlo cualquier otro tema. El libro no documenta una cultura. Es lo que es: una exposición de sofisticadas y vanidosas fotografías de almanaque, tomadas en la alta Guajira. Quien lo vea, sólo puede admirar con ojo de turista y estar conforme. O con ojo crítico de fotógrafo. En cuanto al editor, su trabajo se reconoce cada vez con los mayores elogios, por lo cual no es necesario repetirlos.
A la fotografía documental le hace falta la asesoría del etnólogo, no a posteriori, sino durante el trabajo de campo. La intuición y la experiencia no bastan. Las culturas primitivas son más complejas que las culturas avanzadas, porque tienen dioses. Cuando los dioses desaparecen, todo se reduce a comer, dormir y lo otro. El fotógrafo, doblado de etnólogo e historiador, vería el fogón del rancho, prendido toda la noche: la gente abstenerse de tomar agua —tilantonga— a un distante semiembarrado de arena nómada que llega a las tres de la madrugada, para eludir el viaje a pleno sol. A las cuatro, cuando se anuncia el amanecer, iría al mercado de carne de tortuga, que no es tan feo para el arte. Lo demuestran Norman Mejía y algunos pintores de la Amazonia. El plano urbanístico rectangular crea ciudades en dispersión. El trazado circular del poblado indígena define una cultura concéntrica. Así es Uribia: «salvaje, soñadora y bella», como dice el soneto. Y en los cementerios, a pesar de la intrusión de la cruz, y del baldosín que resulta protector contra la arena del desierto, los difuntos no esperan la resurrección, sino la segunda muerte, como lo explica Michel Perrin en su libro Por el camino de los indios muertos. El francés supo ver a los wayuu mucho mejor que cualquier cachaco. Para él, los indios tienen alma; es decir, cultura. Para nosotros, sólo tienen sal y medio burro. El que alcanza a asomar la cabeza por el extremo de una fotografía, para decir que él también está allí, y que algo tiene que ver con esas gentes. Gentes despóticas y ruidosas, porque todo eso se lo ha enseñado el viento, que les tira de los cabellos. Pero que creen en los sueños y veneran a los muertos, que son su memoria. Memoria rencorosa para un pueblo dividido por su violencia. La introducción resalta esa particularidad: odios y venganzas heredados y compartidos. Con una excepción: las noches de luna llena. En las noches de luna no se guerrea, por respeto a la belleza de la noche. No digo sobrecogedora, o embrujadora, ni nada, sino la noche de luna llena en la Guajira, que mientras usted no la haya visto no sabe de qué estamos hablando. Las distancias se alejan en el luar, las sombras alárganse desmesuradamente, y usted se desubica cuando todo se le vuelve indescifrable. Aparte de que las sombras nocturnas son almas, y si usted las pisa le atraen un maleficio. Mi tío Enmanuel pisó la sombra de una majayura y se convirtió en lagarto. La superstición se alimenta con sucesos que nunca se aclaran en la soledad de la pampa, y se forma la leyenda. Cualquier cosa puede suceder en una tierra donde hay médanos caminantes que se tragan en pocas horas los desmazalados ranchos, «que anochecen visibles y amanecen bajo tierra», y donde los brujos forcejean con los vientos, como cuenta José Fernando Vergara Solano en este desordenado episodio:
Era un huracán de vientos cruzados; lo tenían loco las oraciones que los brujos de la región le aplicaban para retirarlo. Los brujos del sur, con sus oraciones, lo aventaban para el norte; y los brujos del norte, con las suyas, lo devolvían hacia el sur.
Lo cual demuestra una forma de vida bastante complicada.
La originalidad que se busca en cada fotografía con la aplicación de una fórmula que explora sus variantes, desvirtúa el documento y lo convierte en pastiche de Buñuel, Fellini, etc. No hizo Rulfo eso: se limitó a la veracidad con sencillez, y, sobre todo, con la modestia honrada de la cámara, que nunca pretendió desnaturalizar lo que veía.
El insólito detalle que se agrega a la sorpresa, el encuadre que define el escenario, y el amplio marco negro que contrasta los efectos de luz y color, todo contribuye a configurar un exotismo prefabricado y artificioso, tanto por lo que ignora como por aquello que acentúa.
Aparte de los recursos técnicos y artísticos, magistralmente empleados, lo que confiere mayor dramatismo a la obra es la ausencia del fotógrafo. Sus palabras hubiesen llevado a participar de la aventura al espectador, evitando la impresión de solemnidad, que siempre es sospechosa, sobre todo en el negro de las páginas, tan contrario al sol resplandeciente del Caribe. Pero el color negro tiene una razón comercial. Ese negro está de moda. Paredes negras, baños negros, ropa negra. Pasado el color blanco, se vive la etapa del negro.
En un local de la calle San Juan, en Medellín, hay un aviso inquietante: «Servicio de guillotina 24 horas». Llevo instintivamente mi mano al cuello. Es lo que hago al mirar las fotografías que se comentan. Recortar las figuras humanas arbitrariamente, sólo para que un traje sin cabeza sirva a los propósitos estéticos del fotógrafo, no es una violencia menor. Las víctimas no lo verán, pero si lo vieran, lo sentirían. La edición de fotografías debe respetar las figuras. Cuando se deja de un pensador sólo la cabeza, es porque el resto, atrofiado, no importa. Cuando la mujer conserva del esposo sólo el retrato de medio cuerpo, es porque el resto ya no importaba. En mi Quijote hay una viñeta con el brazo cortado de Cervantes. Un conocido autor sólo coleccionaba espaldas de mujeres, y también hay los fetichistas de pies (pág. 136). La puesta en escena lograda con el reemplazo de bastidores y bambalinas por las vistosas y flotantes mantas guajiras lleva a pensar en el extraño caso de la princesa wayuu descuartizada por el fotógrafo.
Algunos wayuu todavía creen que la fotografía les roba el alma, que sin embargo están dispuestos a vender fácilmente por unos cuantos pesos en esta época de ganados flacos.
Lo anterior, desde el punto de vista del poeta al que no le gusta la gente sin cabeza. Pero ha de saber usted que entre los wayuu no se permite fotografiar el rostro, pues se cree que el alma escapa por la imagen. Así que, si usted toma la fotografía, tendrá que pagarle al wayuu su alma con la suya. Esa explicación falta en el libro para que el fotógrafo que quiera rectificarlo cometa el error y pierda la cabeza.
Jaime Jaramillo Escobar