No está mal para ser jueves

Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 1999 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 36, n.º 52

Sobre Medellín es así. Crónicas y reportajes, de Ricardo Aricapa — Editorial Universidad de Antioquia, Medellín, 1998, 400 págs.

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«En los colegios públicos de bachillerato es en donde se puede apreciar mejor todo el proceso de disolución de valores que ha vivido y sufrido la juventud en los barrios populares de Medellín». Por observaciones como la anterior (pág. 268), que apuntan más allá de la crónica común, se acredita el trabajo del autor. La diligente investigación, la descripción eficaz, la reflexión inteligente y útil, el estilo seguro, pueden hacer de la crónica periodística un género literario de importancia para la historia, o el análisis de sociólogos, psicólogos y educadores, así como políticos, gobernantes y dirigentes en general.

Con culposo descuido, por falsa interpretación de la democracia, las ciudades colombianas permitieron la formación de condiciones de vida que concluyen en catástrofe social. Propiciada irresponsablemente por demasiado tiempo, llega el momento en que ya nada se puede hacer para detenerla, y los acontecimientos siguen su curso. Si algunas bandas de barrio firman un pacto de no-agresión entre ellas, eso no tiene incidencia en la magnitud del problema: mientras se escribe esta reseña, un alumno del Instituto San Carlos de Medellín (Hermanos de La Salle) saca el revólver y mata a un compañero de juego, por un incidente baladí.

El libro que se menciona —y los del mismo género que le anteceden— son expositivos. Satisfacen la morbosa curiosidad (desde el punto de vista periodístico) y constituyen una alerta tardía. Cuando la ciudad ya no puede esconder o disimular sus dolamas, no queda otro recurso que advertirlo. Si nada o muy poco se puede hacer, sólo resta organizar la defensa, abandonar el campo, o aprender a convivir con la desgracia que, de un modo u otro, la misma sociedad ha creado.

Para la suntuosidad de los distritos de clase alta, los barrios populares son el albergue del folclor, la parte pintoresca de la ciudad, a la cual, llegado el caso, se podrá enfrentar militarmente. Más fácil es para el pobre quemar los palacios de los ricos, que para los ricos asaltar el barrio pobre. Porque al ver de cerca la miseria, la culpa acusa al rico. Los ricos dependen de los pobres. El rico no puede acabar con la pobreza, porque la pobreza es inmensa. Pero cuando el pobre quiera, la riqueza desaparece, como está demostrado.

A Medellín la han desnudado muchos escritores y artistas: algunos con regocijada malicia, otros con seriedad profesional, éstos con enfermiza intención, aquéllos con excesiva procacidad. Los más se limitaron a bajarle los calzones. Pero ninguno le había despedazado la ropa y dado tal revolcón como Ricardo Aricapa. Con toda franqueza, sin hipocresía, sin intenciones ocultas, sin reservas, sin falsa moral, sin consideración. La verdad sin etcéteras.

Diecinueve (19) crónicas, reportajes y artículos fueron publicados previamente en El Mundo, tres (3) en El Colombiano, y uno sobre las serenatas en El Espectador. Eso permitió que, sumando textos inéditos, la Universidad de Antioquia realizara una edición libre, a pesar de la censura a que se la tiene sometida por el fuego purificador de nuevas generaciones de inquisidores (de uno y otro bando), que la Edad Media nos reservaba para el final de siglo.

«¡Oh libertad, que perfumas las montañas de mi tierra!», son versos obsoletos, que hace mucho tiempo perdieron toda su significación. Epifanio Mejía cantó ingenuamente románticas estrofas a la libertad. Como respuesta, lo encerraron en las más tristes condiciones hasta el final de sus días. Y no se han arrepentido. Excepto una escuelita, nada conmemora en Medellín a Epifanio, cantor de cosas ridículas como la libertad, la patria, el amor, la naturaleza y demás antiguallas en desuso para la acreditada literatura urbana. Epifanio decía sus poemas en el campo, al aire que él creía libre, y entonces vieron que estaba loco porque hablaba solo. En su época no existían los recitales pagados. Si el poeta dice gratis sus poemas en el campo, el poeta está loco. Por eso es mejor leerlos en un salón, y cobrar. Cualquiera puede cantar a solas, y con ello a nadie ofende, porque repite palabras que todos saben. Pero la palabra del solitario, aun en el poema, constituye intolerable acusación.

No es poco lo que en Colombia se publica, pero encontrarse con un buen libro sigue siendo gratísima sorpresa. Entre los que rescatan trabajo periodístico importante, Medellín es así sobresale por su coherencia, vigor, audacia, interés e impacto. Prueba: en tres meses, sin propaganda y con incipiente comercialización, se vendieron los primeros tres mil (3.000) ejemplares. En lo cual debió incidir la excelente edición. El escritor colombiano suele quejarse de que su libro, feo y mal hecho, no se vende. Si quiere venderlo, debe estar manufacturado con criterio comercial.

Cuatro partes contiene el índice: «Mujeres», «Lugares», «Hechos» y «Gentes».

En la primera sobresalen: «Las mujeres de Pablo García», el hombre que fundó las milicias populares de Medellín. «La historia de Edilma», una muchacha que se enfrenta con decisión y valor, en el submundo miserable del desorden social, al destino inmerecido y triste que heredó en la tierra. «El discreto encanto del strip-tease», intrincada historia de mujeres y travestís en el Fany Club, con nombres de novela, como Tananét y chicas de dieciséis años «con carita de ángel maquillado». «La nostalgia de Lovaina», «el que fuera en la historia de Colombia el más famoso sitio de perdición», con el anecdotario más extravagante y «puerto forzoso de tantas y tantos personajes». Entre ellos el célebre Caliban (Manuel Mejía Vallejo), Fernando Botero, Jorge Franco Vélez, Carlos Jiménez Gómez, Pedro Vargas, Los Panchos y hasta la diva Berta Singerman. «Las frecuentes visitas del joven Belisario Betancur Cuartas a la casa de Esperanza Restrepo, y su valentía para batirse a puño limpio con cualquier rival, por fuerte y grande que fuera», son hoy revividas con nostalgia por sus amigos de aquellas «calendas». «La casa de La Chama», famosa travesti de buen corazón, asesinada un año después de la publicación del libro por la paradójica intolerancia de la ciudad más pervertida de Colombia. Desde que se derrumbó el mito del machismo, un inmenso complejo desordena las conciencias, que a veces estallan en actos delictivos, o pagan caro sus culpas en el consultorio del psicoanalista, olvidando que en el confesionario es más práctico y barato.

En la segunda se destacan: «La ciudad de los muertos», reportaje sobre los cementerios de Medellín, en especial el de San Pedro (portador de las llaves del cielo). Llamado por mucho tiempo «cementerio de los ricos», guarda ilustres mausoleos, entre ellos el monumento a Jorge Isaacs, y deviene para el final de siglo en camposanto de la comuna nororiental. La solemnidad cambia de estilo y campea entonces el gusto popular por la muerte, que despide a los difuntos con las más extravagantes y peligrosas manifestaciones de violencia irracional, y después les lleva serenatas con mariachis, aguardiente y otras costumbres escabrosas cuyo comentario sobrepasa el alcance de esta reseña. «En el corazón de Medellín», crónica sobre el parque de Bolívar, en su paso de tranquilo refugio ciudadano a barahúnda de los más disparatados espectáculos, incluida la tradicional retreta de los domingos, y la quema de uno que otro niño con gasolina, como sucede mientras se escribe esta reseña: un gamín se ríe de la actuación de un travestí, que tranquilamente lo empapa con una botella de gasolina y le prende fuego delante del respetable público.

En la tercera son notorios: «El último bus de Manrique», conducido por El Divino. «Cuando juega el Poderoso», la ruidosa y desatinada turba de fanáticos del Independiente Medellín. Y una actualizada crónica sobre las serenatas, que ya no se pueden dar desde la calle (sino en la propia alcoba de la interesada), porque atracan a los músicos y les roban los instrumentos.

En la última parte cabe señalar: «Los gitanos de Santa María», interesante reportaje acerca de un pueblo de gitanos establecido en jurisdicción de Itagüí. Y «Un parcerito del cuarto y una chica del noveno», reportaje de una serie desde la cárcel de Bellavista, en 1985.

En total, el libro contiene treinta y tres (33) capítulos subdivididos, que se leen con el mayor interés, aunque no pretende ser más de lo que anuncia: una selección de trabajos periodísticos. A pesar de ello rebasa el límite de su modestia, y será sin duda en el futuro una obra importante de consulta sobre la ciudad, más allá de la historia que, para ser grande e importante, excluye los detalles de los cuales se aprovecha la novela histórica. Como los antiguos libros de la picaresca española, la crónica del Medellín actual (que también acusa a las clases altas) asombrará a los siglos futuros y será un clásico en su género.

Jaime Jaramillo Escobar