El traslado de pueblos
Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 2004 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 41, n.º 66
Sobre Guatavita, de Mario Espitia Cobaleda y Luis Enrique Gómez Chaparro — Instituto Colombiano de Cultura Hispánica, Bogotá, 2000, 295 págs., il.
Éste es uno de esos curiosos libros colombianos con los cuales se inicia una colección que no continúa, lo cual ocurre también con revistas y muchos otros proyectos improvisados. En página 15 dice que «Es un orgullo para el Instituto colombiano de cultura hispánica presentar el primer número de la Colección historia de pueblos», y en página 22 se refiere al «extinguido Instituto de cultura hispánica», que honraron nombres de la mayor prestancia intelectual.
La desaparición del editor resta objeto al comentario específico sobre el volumen y la reseña se limita al aspecto bibliográfico. El trabajo de los autores sobrepasa la historia, pues incluye la nueva ciudad planificada, muestra los días que corren a modo de guía de viaje, e incentiva la curiosidad por un tema previamente matizado de interrogantes.
Obra bien documentada, en buen orden y clara exposición, añade a lo histórico lo didáctico y constituye un buen ejemplo de monografía municipal si se le disculpan descuidos gramaticales a pesar del corrector de estilo.
Aunque no existe libro sin erratas, en una publicación del Instituto de cultura hispánica —así sea la última— éstas resultan demasiado notorias. Algunos ejemplos ilustrativos:
Página 15: «Otra forma de canalizar ese propósito es el de reconstruir la historia local».
Página 20: «Otra encantadora leyenda por lo que se recuerda a Guatavita y su laguna es la de…»
Página 101: «En los albores del siglo XVI penetraron mar adentro los conquistadores». Mar adentro es hacia el fondo; mar afuera es alejarse de la costa.
Página 108: «También los exámenes realizados en busca de iones de cloruros y sulfatos de las aguas de la laguna también arrojaron resultados negativos».
La defectuosa puntuación constituye descuido notable en un libro como éste, puesto que de los maestros aprenden los nuevos lectores. Si a las incorrecciones idiomáticas se agregan la pobre diagramación y la deficiente impresión de las ilustraciones, algunas tomadas de malas fotocopias, la calidad del volumen se reduce a la media nacional, en un país en donde el arte de hacer libros resulta notoriamente menguado.
Empieza el estudio monográfico con un capítulo sobre la geología de la región, seguido por sus aspectos geográficos. Llegan después los primeros habitantes, la cultura muisca y los caciques de Guatavita. Continúa con la Conquista, la época colonial, los años de la Independencia y la República. Termina con un amplio capítulo (86 páginas) sobre el folclor musical de la región. La sinopsis de contenido muestra una estructura lógica y un desarrollo histórico relacionado con la cercanía a Bogotá.
Al explicar los motivos de la colección que inicia y señalar su importancia, el director del Instituto, doctor William Jaramillo Mejía, subraya cómo «los poblados le fueron dando forma a ese ideal complejo y a veces ilusorio de la unidad nacional. […] Tradicionalmente los colombianos nos hemos sentido más entrañablemente unidos a nuestro terruño, o a un grupo regional determinado, que a la nación, realidad cuya construcción ha sido más tardía y difícil. […] Todavía para el colombiano de hoy, una de las estrategias más socorridas para preservar la identidad en medio de la vida de las grandes ciudades, consiste en estrechar los lazos que todavía lo unen a la aldea, no solamente la suya propia, sino también la de sus ascendientes».
Si bien la población indígena es protagonista de la historia durante algo más de cien páginas, después desaparece por completo, pues han sido muchas las formas de exterminio empleadas contra las tribus desde los españoles hasta nuestros días. Criticamos a los españoles por robar y matar a los indígenas, pero nosotros continuamos haciendo hoy exactamente lo mismo, sea por medio de colonos, o de los grupos armados de derecha e izquierda que se disputan los territorios en un genocidio continuado, protegido por la impunidad. Pero la mayor falacia está en la supuesta protección de los derechos indígenas mediante la preservación legal de sus culturas, pues «está demostrado por estudios antropológicos que el aislamiento de las culturas tradicionales de la corriente de la modernidad es un camino seguro hacia su extinción» (Los rastros culturales de la desigualdad, Manizales, 2000).
Es domingo y el paisaje se organiza para que le tomen la foto. La Naturaleza tiene mucho sentido del color. Después la foto sale mal porque el fotógrafo, y porque se transfiere a blanco y negro, y porque el escáner, y porque el impresor, y todo queda en nada, menos que nada, un borrón. Una mañana que fui con Jotamario Arbeláez a ver el paisaje, por desconfianza de la fotografía, entramos por curiosidad al teatro, en donde parecía acontecer algo, y era que estaban regalando niños y niñas, o adjudicando, o entregando en adopción, o cualquier nombre con el que se quiera disimular la servidumbre. Firmaba el interesado un recibo público y salía con el niño: asustado, resignado, tal vez esperanzado. Sólo constaban en el documento el nombre y la edad, y todo lo demás estaba por hacer. Conmovió mucho a Jotamario que la flamante nueva Guatavita, con foto de doble página en los periódicos, y bajo la protección de la Empresa de energía eléctrica de Bogotá, regalara a sus niños por no tener cómo mantenerlos. Ya se lo conté alguna vez, pero no se puede perder la oportunidad de recordarlo, porque cultura es la repetición de historias, costumbres, hechos, y ésta es nuestra cultura. Los niños siguen siendo víctimas indefensas de la insania colombiana.
Como es comprensible, la historia magnifica los hechos. Lo demás pertenece al periodismo, a la memoria colectiva, a la leyenda y al olvido. Cuando una comisión de la Empresa de energía fue a visitar el nuevo pueblo, para saber qué tan felices estaban sus habitantes, se encontró que tenían los sanitarios llenos de carbón, pues cocinaban en ellos, y dormían en la cocina. Como no tenían espacio para sus animales, los resguardaban dentro de la casa. Se rieron mucho en la culta Bogotá cuando se publicó la noticia.
El tema es inagotable para cualquier paisa, pero la reseña tiene que terminar.
Jaime Jaramillo Escobar