Derecho a nada

Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 2008 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 45, n.º 78

Sobre Juan Gregorio Palechor: historia de mi vida, de Myriam Jimeno Santoyo — Consejo Regional Indígena del Cauca, Instituto Colombiano de Antropología e Historia, Universidad del Cauca, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 2006, 202 págs., il.

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Dos partes componen la obra: la segunda y principal (91 páginas), presenta un reportaje con el indígena Juan Gregorio Palechor (1923-1992), del resguardo de Guachicono en el Macizo colombiano, concluido en 1991. En la primera (74 páginas), la autora asume la tarea de sustentar su competencia con una disertación sobre multiculturalismo y el valor y utilidad práctica de las historias de vida o autobiografías.

La universidad parece desconfiar de sus estudiantes, por lo cual los descalifica de antemano, y en lugar de enseñarles a pensar les exige en sus trabajos el complemento de abundantes citas y extensas e inútiles referencias bibliográficas. Así se quedan.

La entrevista está orientada mediante preguntas hacia los temas considerados de mayor interés, y la transcripción conserva el carácter documental. Grabados, facsímiles, notas e índices completan el texto. En cuanto a la redacción, los defectos son comunes en la mayor parte de las obras académicas que se publican en el país.

La parcialidad de antropólogos y etnólogos por el objeto de su estudio es persistente y contagiosa. Más allá de su papel de auxiliares de la historia se convierten en defensores de causas perdidas, y extienden el interés de sus asuntos a la lucha política. Se citan unos a otros en constante repetición gremial para cepillarse mutuamente, y se autocitan en recuadros, anexos, interpolaciones.

El indigenismo en el siglo XX constituyó un capítulo importante de la literatura americana como denuncia social. Hasta la Constitución de 1991 lo único que los indígenas en Colombia tenían garantizado era el atropello. Se mejoró la ley, pero no la práctica. La mayor parte de las leyes de la República escritas se quedan, empezando por la Constitución. Cabe preguntarse para qué un Congreso de dos cámaras redactando innumerables leyes que por diversos motivos no se cumplen, hasta que se olvidan, y que muchas veces es mejor que se olviden. La figura de Palechor no puede menos que recordar a Rosendo Maqui en la clásica novela El mundo es ancho y ajeno. No sólo para los indígenas. También para los negros y otros grupos sociales. Un país que no se preocupa por sus pobres es un pobre país.

Palechor tuvo una visión general correcta de los problemas, pero a los expoliadores de los indios tampoco eso les conviene. Éstas son sus palabras: «Nosotros carecemos de conocimiento porque desafortunadamente ningún gobierno nos ha tratado de civilizar, de educar, y por eso estamos luchando, eso es lo que quiero. […] Si me hubieran enseñado algo, hubiera podido hacer más. Por eso reclamo al Gobierno». Su interés por la educación fue constante. Impresionan estos fragmentos: «Una vez (pág. 110), para pedir una escuela me hice un memorial incomparable. Hablé de la Independencia. Me dieron tres mil pesos». «Mi mamá (pág. 111), les daba seno a los niños hasta los dos años. Claro que al quitar el seno, extraña. Por eso Palechor está bravo, porque el Gobierno me quitó el seno, que fue la educación».

La importancia del texto se resume por la autora en la página 28: «Si un tema recorre todo su relato es el de la responsabilidad individual frente a su colectividad y la reivindicación de los indígenas de cara a la nación».

Resulta interesante observar cómo se expresa Palechor:

Los policiqueros decían que iban a hacer los puentes. Entonces la comunidad decía: Pero aquí no hay ríos. Entonces decían ellos: Les hacemos los puentes y los ríos también. [pág. 160]

En 1942 la Iglesia católica era poseedora de dos molinos de trigo y varios terrenos dentro del resguardo indígena de Guachicono, para mayor gloria de Dios. [pág. 111]

¿Por qué los caciques se oponían al colegio y a la Caja Agraria? Porque ellos eran los únicos que mangoneaban, que ordenaban, y no querían que nadie se les fuera a oponer. No les gustaba que la gente se educara para que viviera ignorante y de todas maneras poderle engañar económicamente y mangonear en todo sentido, en la administración o en la legislación municipal. Ese era el motivo de que no querían lo de la Caja Agraria ni lo del colegio. [pág. 159]

El abuelo era un hombre sin miedo que defendía la causa liberal. Ser liberal era ser un hombre libre. Ahora creo que ser liberal no conduce a ninguna parte. [pág. 109]

Eran las tres y media de la tarde y me llamó mi papá. Dijo: «Yo me voy a morir. Si cometí faltas con ustedes, me perdonan». Le contesté: «Duerma tranquilo. Dé las cuentas a la eternidad». Se murió así, a mi amigo. [pág. 108]

El estudio preliminar define a Palechor «como una figura de umbral entre épocas y estilos culturales de política» (pág. 76). Después de él, viendo que por las buenas no conseguían nada, los nuevos líderes cambian de estrategia. Es la nueva historia.

La corriente posterior a Palechor, que promueve la autosegregación de los indígenas, incurre en error. «Está demostrado por estudios antropológicos que el aislamiento de las culturas tradicionales de la corriente de la modernidad es un camino seguro hacia su extinción» (Los rastros culturales de la desigualdad, Manizales, 2000).

Los españoles no reconocieron la propiedad de la tierra a los indígenas porque no tenían documentos legales que la acreditaran. Posteriormente las muchas formas dolosas de expulsarlos de sus resguardos se consideran legales, y la recuperación de parte de esas tierras constituye delito grave. Más claro: en Colombia las leyes protegen a los delincuentes.

Un país que en doscientos años no ha sido capaz de asimilar a los pueblos indígenas, pasivos y humildes en su derrota, mucho menos podrá resocializar en corto tiempo a decenas de miles de hombres que con opuestos propósitos y maligna dialéctica combaten al Estado.

Jaime Jaramillo Escobar