La verdad del Llano
Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 2008 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 45, n.º 78
Sobre La colonización en la Orinoquia colombiana. Arauca (1900-1980), de Germán Alisten Giraldo Castaño — Ediciones Antropos, Bogotá, 2006, 217 págs., il.
Este libro y otros de similar importancia, que estudian desde el punto de vista social las regiones colombianas periféricas, tradicionalmente desatendidas por el gobierno central, además del documento histórico sustentado en serias investigaciones, constituyen un reclamo a las autoridades sobre el abandono de extensos territorios que no logran integrarse a una nación que los menosprecia. La marginalidad (pág. 39), se expresa en la casi nula presencia estatal, que no garantiza el cumplimiento de los servicios básicos para los habitantes.
Documentada con rigor y estructurada con claridad conceptual, esta monografía se deja leer con mucho agrado e interés —como una novela—, dado su conocimiento directo del territorio. Por la información que ofrece constituye un viaje en buena compañía y una lección de sencillez. Presentada casi con humildad, en contraposición a la ostentosa academia, tiene el acierto de una visión panorámica totalizadora, matizada con oportunos y necesarios detalles, y sustentada en la intención patriótica del historiador y ensayista. Por todo lo cual merece las felicitaciones de un trabajo bien logrado.
«Conocer el desarrollo de la colonización campesina en la zona de sabana y el piedemonte araucano desde finales del siglo XIX hasta 1980», constituye el objeto de la investigación (pág. 21), el cual se rebasa ampliamente, convirtiéndose en un valioso tratado histórico que dilucida muchos temas.
Divisiones de la obra: «Introducción», «Colonización y comercio en Arauca», «El camino del Sarare y la colonización del piedemonte araucano», «La Caja Agraria y la colonización dirigida», «El Incora y la colonización orientada del Sarare araucano», «Conclusiones». Acápite final: «Sólo la democratización de la propiedad agraria, acompañada de la creación de obras de infraestructura y la aplicación de una serie de medidas adicionales, tales como la implementación de obras de regadío, el acompañamiento técnico en la producción, y la democratización del crédito, permitirán el encadenamiento de la producción y la comercialización, factor principal del atraso de la región».
A los niños les enseñan en campos y pueblos que Colombia es un país muy rico, y ellos con hambre. Los niños siempre tienen hambre. Región aislada y olvidada, en los llanos orientales la mayor parte de los pobladores, indígenas y mestizos, han sido más pobres y expuestos a la matanza que los ganados que constituyen el capital de las grandes haciendas. En las haciendas. Ahí está la explicación de los llanos. Empezaron con la Compañía de Jesús, siglo XVII. Los padres jesuitas fueron los mayores propietarios de tierras en los llanos. Cientos de miles de hectáreas. Ganado vacuno y caballar. Y ayuda para manejar eso. Trajeron esclavos. Vuelva usted al número 20 (1989) de este Boletín, los jesuitas en el Casanare. O a la historia de los jesuitas en América del sur. Por sabido se calla.
Hatos inmensos, y el propietario viviendo rústicamente. Los hatos eran posesiones de terreno hasta de 200.000 o 300.000 hectáreas, con 20.000 o más vacunos en poder de un sólo dueño. Difícil vender, en esas lejanías. Extremas las penalidades con los ganados para llevarlos a su destino comercial. Por los malos caminos, de cien reses sólo quedaban doce, y las demás flacas, sin valor. Era común la existencia en las sabanas de grandes rebaños de ganados salvajes o mostrencos, que pertenecían a la nación. La nación, por supuesto, no sabía nada de eso. Lo importante para el hacendado era la propiedad de los animales, ya que la tierra carecía de valor, no por ser mucha, sino por la baja calidad. Diez meses de lluvias, de marzo a noviembre: todo inundado. Tres meses de sol, de diciembre a febrero: todo reseco. Tres mil hectáreas son poco, debido a la mala calidad de los pastos. Se requieren seis hectáreas para una sola res. Suelos con escasa y débil capa vegetal, mal drenados, fácilmente erosionables, pobres en nutrientes y demasiado ácidos. Los ganaderos determinan sus riquezas en semovientes. El terreno es huidizo.
El hatero (pág. 74), se situaba a la entrada del corral y extendía el bayetón en el piso. «A lo que salía un toro, el comprador tenía que arrojar una morrocota de oro amonedada». Si el comprador terminaba sus monedas y pedía al fiado, el hatero respondía: «No es que a usted le falte la plata; es que a mí me sobran toros». Socorro Figueroa, venezolano, fundador de Cravo Norte en 1876, podía vender hasta mil novillos de un solo color, si así se lo exigían. En la práctica, el llano era más venezolano que colombiano. Debido a la falta de vías de comunicación con el interior del país (principal problema, que se resalta con insistencia), para los araucanos resultaba más productivo integrarse económica y socialmente a Venezuela (pág. 121). Hasta 1920 sólo circulaba la moneda venezolana. Las rutas de acceso eran controladas por el gobierno de Venezuela.
Se adueñaban de la tierra simplemente cercando, a lo cual contribuyó desde 1900 el alambre de púas, inventado en los Estados Unidos para resguardo de la propiedad privada.
Hasta finales del siglo XIX la ganadería fue la principal actividad en el llano (pág. 57). La abolición del tratado de libre comercio con Venezuela por Cipriano Castro en 1900, y el robo y el abigeato que trajo a la región la explotación de las plumas de garza, arruinaron por completo a los ganaderos.
Qué historia curiosa, la de las plumas de garza llanera. Cuando el precio de la libra llegó a 500 dólares, valían más las plumas de una garza que la vida de un hombre. En tiempo de «cosecha» de plumas (pág. 58), morían en cada garcero de diez a doce mil garzas. Si no se despojaban voluntariamente de sus plumas, los tiradores las mataban. «Se conformaron grupos de cuatreros en las sabanas, que bajo las sombras de la noche esperaban a los recolectores para cegarles la vida y hurtarles el manojo de plumas colectadas durante su penoso día de trabajo» (pág. 59). La Primera Guerra Mundial, que mató a ocho millones de personas, preservó a las garzas blancas del llano colombiano porque las damas europeas no pudieron seguir comprando sus níveas plumas.
La violencia continua y extremada en los llanos orientales ha sido una constante histórica, con diversos periodos bien definidos por motivos de orden político y económico en ambos lados de la frontera, y de modo permanente por diversas causas en las que el libro profundiza, dada la importancia del fenómeno en el poblamiento y desarrollo, no sólo de Arauca, sino de toda la región llanera.
Víctima desprovista de defensa ha sido siempre la población nativa. Un joven que había matado catorce indígenas en 1945 declaró que él «no sabía que era malo matar indios». En 1948 la incursión de un grupo hambriento a varios fundos de Cravo Norte ocasionó la muerte de 83 indígenas. «Los hechos fueron perpetrados por colonos, terratenientes y miembros de la policía» (pág. 104).
La reseña quisiera contarle todo a usted, para que no tuviera que comprar el libro, porque esta clase de obras no suelen tener eficiente distribución comercial. Pero vale la pena, como se dice. Faltan el asalto de Humberto Gómez a la población de Arauca, la colonización del Sarare, el petróleo, las guerrillas del llano, el final del bosque, los cultivos ilícitos, la mortalidad infantil de sólo el 65%, el telegrama al Presidente de la República y muchas otras cosas. Si quiere saber más, el volumen empastado lo espera en las bibliotecas generales del Banco de la República.
Jaime Jaramillo Escobar