Mejía Vallejo y las culturas indígenas

Prólogo a Los abuelos de cara blanca, de Manuel Mejía Vallejo

No habíamos terminado de matar a todos los indios, pero esperen un poco y lo verán.

Sostiene Jotamario Arbeláez en un poema que nuestros antepasados son tanto españoles como amerindios:

Mis antepasados entraron a sangre y fuego en América, conquistando y arrasando.

Mis antepasados se defendieron con los dientes de esa invasión de bárbaros.

Mis antepasados buscaban el oro para cuadrar las arcas de sus monarcas, y saciar sus propias sedes.

Mis antepasados ocultaron el oro de sus ritos al Sol, bajo tierra y bajo las aguas.

Mis antepasados nos robaron la tierra.

Mis antepasados no pudieron recuperarla.

Cómo siento en el alma no haber estado en el cuerpo de mis antepasados.

¿De parte de cuáles de mis antepasados me pondré contra cuáles?

Advierte Javier Arango Ferrer que "los indios prehispánicos no solamente fueron nuestros antecesores en el proceso histórico-geográfico, sino los antepasados de la actual población mestiza colombiana".

Los dos juicios anteriores parecen entrar en contraposición, pero mientras el uno constituye el alegato apasionado del poeta, el otro ofrece el enfoque histórico y sociológico del estudiador objetivo e imparcial que consigna sus observaciones en el tono de las ciencias.

Respecto de las culturas precolombinas, Javier Arango Ferrer continúa diciendo:

Las culturas precolombinas mayores son vastas y profundas zonas metafísicas, habitadas por formas poéticas las más misteriosas que puedan revelarnos los cementerios de la historia. En los orígenes de nuestra más auténtica literatura, un mundo nebuloso se impone a nuestras cavilaciones; un mundo fantástico dominado por fuerzas animistas, por intuiciones filosóficas y estéticas, por todo eso extraño y apasionante que fluye de un mundo mágico, no por desconocido y desdeñado menos maravilloso.

De ese fondo mítico se vale Mejía Vallejo para extraer, en sucesión de relatos y leyendas, el material telúrico que conforma esta obra, presentada por el editor con el rótulo de novela, pero legible como un gran poema épico que enlaza , a través de la pareja primigenia, las concepciones que diversas culturas nativas elaboraron sobre la Creación y los fenómenos naturales, a partir de su intuición, su imaginación, su sabiduría natural.

El inmenso desarrollo del género novelístico permite una gran amplitud de concepto frente a la obra del narrador, y así como un cuento o una narración pueden ser escritos en verso, también el texto novelístico es susceptible de ostentar la calidad poemática que le confiera un arte destinado a la exaltación y el canto, a la relevancia de los sucesos y a su interpretación literaria.

Por su composición, su intención y su técnica; también por su temática, su desarrollo y su lenguaje, esta obra resulta más cercana del poema que de la novela. Puesto que es el autor un buen versificador, al modo de sus antepasados, no son de extrañar la abundancia de transcripciones poéticas, ni la constante apelación a recursos líricos empleados para conmover y entusiasmar, para convencer y proporcionar al relato verosimilitud, misterio y profundidad.

Mejía Vallejo estuvo cerca de Katíos y de Emberas, y escuchó a su padre hablar en lengua katía. Viajó después por países de población predominantemente aborigen, y en Guatemala Miguel Angel Asturias lo previno acerca de la impenetrabilidad del mundo indígena.

Siempre se ha dado en América mestiza un natural e intenso interés por las culturas primitivas, llamado corriente indigenista, el cual produce obras literarias de primera magnitud en plumas de autores que conforman una pléyade. La preocupación por lo autóctono americano no es cosa de ahora, como creen los que se oponen a que hayan transcurrido quinientos años desde el descubrimiento, cubrimiento o encubrimiento, como cada uno lo prefiera.

Las tres razas que se funden en Hispanoamérica producen un hombre nuevo, pero no mejor, porque tiene tres nostalgias, tres desarraigos y tres contradicciones. Esa es nuestra realidad, y de ella procede todo lo bueno y todo lo malo que nos acompaña. Somos, como se ha dicho, un coctel de razas, explosivo e impredecible. Alegres y tristes, metafísicos y prácticos, industriosos e indolentes, lúcidos y contradictorios, somos una antinomia andante, el fantasma de las razas que aquí desaparecen en una especie de genocidio por mixturación.

En Los abuelos de cara blanca hay la conformidad obligada con el sino, y la misma saudade, propia de una raza vencida en su tierra, que impregna todas las obras de la corriente indigenista. Pero fluye también, soterradamente, con el dolor el rencor, la rabia con el llanto, y con la pasividad la anarquía que no nos deja hacer nada, sino destruir lo que otros hacen. En el largo plazo la sangre española fue vencida en América. Aquí ocurrió un desastre y estamos en ese desastre.

Las generaciones mayores que hoy conviven se criaron con dos orgullos: el de su origen americano, y el de su ascendencia española: "Sangre generosa de Tungo y Carrapo / con sangre atrevida de Quijote y Cid", según el conocido soneto de Argensola. Esa concurrencia de aspecto benéfico, pero que era en realidad un rezago de la Colonia, se rompió cuando se hizo patente el mestizaje de las tres culturas, y la nueva raza comenzó a buscar su identidad y su destino entre los pueblos del mundo.

Algunos de nosotros hemos buscado guacas, y hemos encontrado algunos tiestos, y esos tiestos nos han revelado el espíritu de una cultura. Cuando se dice peyorativamente que el indio no la va con el tornillo, se está reconociendo el carácter metafísico de las culturas aborígenes, no divorciadas de la Naturaleza y en permanente contacto con sus divinidades, por lo cual captaban la esencia y el trasfondo del mundo. Tal vez los indios no hubieran llegado a inventar neveras, ni radios cuya mayor delicia es apagarlos, porque de algún modo intuían que era mejor no inventar esas cosas. Dice el Mamma Kogui, citado por Mejía Vallejo: "No sé curar la fiebre; no sé estancar la sangre; tampoco sé componer huesos rotos: yo sólo sé hablar con Dios".

Al final, el libro de Mejía Vallejo nos recuerda la proclama del Gran Jefe Sioux, Luther Standing Bear:

Las vastas llanuras abiertas, las bellas colinas y las aguas que serpean formando meandros complicados, no eran salvajes a nuestros ojos. Sólo el hombre blanco encontraba que la Naturaleza era salvaje, y sólo para él la tierra estaba infestada de animales salvajes. A nosotros la tierra nos parece más bien dulce, y hemos vivido colmados de los beneficios del Gran Misterio. Ella nos volvió hostiles con la llegada del hombre barbudo del Este, quien nos abruma a nosotros y a las gentes que amamos con injusticias insensatas y brutales. Fue entonces cuando los animales huyeron ante su presencia. Desde ahí comienza para nosotros El Oeste salvaje.

En 1950 publica Neruda el Canto General. En 1989 edita Ernesto Cardenal el Cántico Cósmico, extenso poema épico de carácter científico, religioso, social y político. Manuel Mejía Vallejo nos ofrece Los abuelos de cara blanca, poema épico en prosa novelada, lo que prueba que aún estamos en tiempos míticos, y que la épica sigue siendo un género actual, del que deriva la épica lírica que el mismo Cardenal ha hecho popular. Los pequeños indios actuales, desnutridos, perseguidos, acorralados, descendientes son de aquellos gigantes de quienes se cuenta:

Decían los viejos

que los gigantes así se saludaban:

–"No se caiga usted",

pues si caía, se caía para siempre.

El gigante caído ya no se levantará. Ahora vienen los antropólogos a estudiar sus huesos, y los etnólogos y los arqueólogos, cada uno con sus instrumentos, y también los aprovechadores de las últimas sobras del festín. Todos ellos vienen a dar cuenta del insuceso, pero sólo el poeta sopla para revivir la momia, y en su canto renace y toma cuerpo, porque la poesía es ante todo una función de vida y esperanza.