Prólogo canalla
para una antología que no incluye lo que usted esperaba
Selección y notas de Jaime Jaramillo Escobar
ITM Instituto Tecnológico Metropolitano · 2006
Ésta no es una antología de poetas, sino de poemas. Es una selección antológica, no una muestra. Si fuese una muestra histórica (es decir, un panorama), requeriría varios tomos, entre ellos uno sólo para León de Greiff. Tampoco se limita al título del libro. De ser así, constituiría un cuaderno de poca monta. Este libro es, pues, una antología de la poesía antioqueña, porque Medellín sintetiza a Antioquia, como es de común acuerdo. Una antología con destino público. No la más exigente que el compilador guardaría para sí mismo. Una cosa son las preferencias personales, y otra muy distinta la valoración crítica que procede por análisis comparativo.
Aparte de las fechas y lugares de nacimiento de los autores, tomados de sus propios libros, de antologías o de historias de la literatura, no se incluye en este volumen otra información biográfica porque la poesía nada tiene qué ver con eso. Los poetas suelen anteponer su currículum vítae en los libros, como si su bagaje académico, prestancia social o solvencia económica avalaran sus versos. Cada poema es un ser autónomo, que debe defenderse solo en el mundo. Los textos que acceden a este volumen, por un riguroso e independiente escrutinio crítico, lo deben única y exclusivamente a su sobresaliente calidad lírica, que les permite trascender su época y ser leídos por el futuro en generaciones de otra sensibilidad. Las hojas de vida de los poetas son un falso adorno para la poesía. No se revelan los nombres en los seudónimos, puesto que el seudónimo se hizo para ocultar el nombre.
Existen diversas compilaciones de poesía antioqueña, así como de los poetas en particular, cada una según criterios propios, como no puede ser de otro modo. Ciertos textos se repiten en todas, porque esos son los poemas esenciales. Sin Gregorio Gutiérrez González, Epifanio Mejía, Barba-Jacob y León de Greiff, no hay antología antioqueña ni colombiana. Los que aparecen como temas comunes en otras antologías ya no lo son en ésta, y en eso consiste la principal diferencia. Las demás características las encontrará el lector.
Se consideran poetas antioqueños los nacidos dentro de los límites actuales del departamento. Esta decisión es tan arbitraria como la de acoger a los residentes, pero no se puede resolver el dilema en términos medios. La literatura francesa incluye muchos escritores procedentes de diversos países, porque la lengua es aglutinante, pero la identidad antioqueña es telúrica. El nacimiento señala el origen. De lo contrario carecería de sentido el viaje prenatal que efectúan innumerables parejas al exterior, principalmente a los Estados Unidos, para evitarles a sus hijos la nacionalidad colombiana en vista del desprestigio de nuestra patria en el mundo. Los que nacieron en Antioquia antes de la separación de Caldas pasan a ser caldenses por ley. La separación es ineludible, porque si a un autor se lo disputan dos departamentos, el público encuentra en eso un error. Bien quisiéramos incluir al doctor Otto Morales Benítez entre los autores antioqueños, pero eso ocasionaría una guerra entre Antioquia y Caldas.
En general, se procura encontrar lo mejor y más representativo de las diversas épocas. En algunos casos se incluyen textos experimentales con el propósito de mostrar una tendencia o un estilo particular, generacional o de escuela, lo que puede ser interesante para la mejor comprensión del conjunto y de la trayectoria de la poesía en Antioquia, atendiendo a la importancia de los poemas en su tiempo y lo que significaron los autores entre sus contemporáneos. La poesía del siglo XIX fue copiosa en moldes que resultan demasiado anacrónicos para el lector común de principios del XXI, al que se dirige este libro. Era una época religiosa dominada por los sacerdotes, en la que se comparaba a las mujeres con ángeles. Síntesis del criterio para la selección: dar una idea de conjunto, mostrando la continuidad con sus variaciones. La inclusión del siglo XIX tiene por objeto señalar los orígenes en textos muy distantes de la receptividad contemporánea, pero ilustrativos de un comienzo sorprendente si se considera lo que era Antioquia en aquel tiempo. Algunos poemas conservan importancia sólo por el tema o la forma. La factura de los versos y poemas es excelente en general, pero los sentimientos y las ideas no tienen nada qué ver con los del siglo XXI. Ése es el problema. Poco queda para este siglo en la poesía antioqueña del XIX, al contrario de la prosa que aparece con lozanía, vigor, seriedad, profundidad, belleza, y en los principales autores con sentido profesional, aunque los lectores eran pocos y se carecía de industria editorial. Y lo mismo ocurre en el siglo XX, porque los prosistas se toman en serio y trabajan, mientras que los poetas parecen esperarlo todo de la botánica.
Inicia la antología Gregorio Gutiérrez González, porque antes de él no había prácticamente nada, según conclusión unánime de los historiadores. Los dos tomos de lujo de la Antología Colombiana (París 1895) de Emiliano Isaza abren con Gutiérrez González, e incluyen completa la Memoria sobre el cultivo del maíz, que en la edición de Rafael Montoya y Montoya tiene veinticinco páginas. Es la gran epopeya lírica de Antioquia, compuesta en el clásico metro llano asonante, parecido a la poesía conversacional. Dos cantos épicos faltan: el de los colonizadores y el de los arrieros, éste último intentado sin fortuna. En lo que mejor se desempeñan nuestros rebeldes poetas es en recordar su infancia y juventud, su familia y amigos, y el pueblo natal.
Aunque se consultaron diversos archivos, y principalmente la Sala Antioquia de la Biblioteca Pública Piloto, sin duda quedan por fuera de esta obra poemas que escapan a las pesquisas por haber sido publicados en medios efímeros, como perdidas ediciones de autor. A otros no fue posible incluirlos por falta de su lugar y fecha de nacimiento. Muchas publicaciones carecen de paginación, índices, data, pie de imprenta y hasta de nombre de autor. En los pueblos de Colombia se encuentran personas admirables que prefieren, no sin atinadas razones, permanecer ocultas en la sabiduría de sus montañas.
Siete nombres representan al siglo XIX y cincuenta y siete (57) al XX, considerando que la obra de los nacidos a finales del XIX, desde Barba-Jacob (1883), pertenece en realidad al siglo XX. Para dos siglos son muchos poetas. ¿Debemos felicitarnos? Y sólo tres mujeres (Ligia Angulo Peláez, Dolly Mejía y Piedad Bonnett) llegan a esta antología, por causa de la estrecha mentalidad originada en la tradicional educación femenina, y en la costumbre de confundir la poesía con la facilidad de versificación. Además, las escritoras se reducen a dos temas principales: las esquelas de amor y los afectos familiares, porque ése es su pequeño mundo. Unos autores figuran con más páginas que otros, por tener obra más extensa e importante. Sólo por eso.
La prosa del XIX aún puede leerse con interés y admiración, como lo demuestra el volumen Inicios de una literatura regional, editado por la Universidad de Antioquia en el 2005. No así la poesía, en sobreabundancia de sonetos y formas desgastadas que sólo son versificación, temas repetitivos y descripciones de la Naturaleza (parece que existió una Naturaleza), que para el lector promedio del XXI resultan descartables, aunque se disponga del conocimiento de época y atracción por indagar en el espíritu de los tiempos pasados. El matemático Rogelio Echavarría anota que una antología no es una suma, sino una resta.
Desde el punto de vista histórico, en el proceso de conformación de una cultura, el balance favorable del XIX para la poesía en Antioquia consiste en su carácter fundacional. Dividir por siglos es un capricho desacertado porque no corresponde con las realidades. El siglo XIX perdura en Antioquia hasta la irrupción del Nadaísmo. Dar aviso público de que hacía cincuenta y ocho (58) años que había empezado el siglo XX, y pocos parecían haberse enterado de ello, ése fue el propósito y el logro del Nadaísmo: un despertar. Toda la gente despertó, menos los poetas, que siguen narcotizados.
Si la última antología de importancia antes del Nadaísmo, Poemas de Antioquia (1962), por Francisco Villa López, que en su momento se consideró excelente, ya no vale sino como historia antigua, eso revela la transformación que se ha operado en el último y convulsionado medio siglo. Cuando un país está en guerra, o en pleno auge económico, la poesía desaparece porque es pertenencia de pueblos pobres y felices.
Aún subsisten por inercia muchos prestigios dominantes que considerados a una nueva luz ya no responden a su fama. Hace mucho tiempo que dejaron de ser leídos, pero sus nombres quedan y con ellos su aureola. Algunos de esos nombres por su sonoridad (Auro de Lollón, Omer Miranda o León Zafir), otros por la prestancia local de sus apellidos, o por la publicidad que los acompañó en sus vidas. La propaganda deja estelas que tardan para diluirse en el tiempo. Ocurre con los productos comerciales, las ideas, los sucesos, los hombres.
El concepto general acerca de la poesía y los poetas ya no es el mismo ni se parece al que existió hasta mediados del siglo XX. Tampoco la poesía y los poetas son los mismos. La marea ha bajado. La mala fama de ser poeta tiene su lado bueno, porque al poeta se le exige lo que se está dispuesto a tolerarle. Y como todo tiene que estar a baja altura, el rasero de la mediocridad impone límites de pobreza a las ideas y el lenguaje. Ya en 1901, en el prólogo para Aires antioqueños, de José Velásquez García, dice don Mariano Ospina Vásquez, con maliciosa picardía: “Hay un rasgo en este libro que es de suma originalidad hoy en día, y es que todo en él se entiende”.
La Antioquia original y auténtica está en la prosa literaria y la poesía del siglo XIX hasta mediados del XX. Lo que sigue es un proceso incierto en el incógnito futuro de la nación. La vieja poesía murió y la nueva se demora en nacer porque se requiere el trabajo de muchas personas durante generaciones para llegar a algo que tenga valor perdurable. Concretamente, se necesitan varias generaciones para escribir un poema. Un poema que sea de un pueblo; no la media paginita que escribió esta mañana fulano de tal porque no tenía nada mejor qué hacer, y que después se convertirá en basura empastada en los anaqueles de las democráticas bibliotecas públicas, al resguardo del muy discutible concepto de tesoro patrimonial.
Los poetas locales se prodigaban en elogios al cielo de Medellín (hasta Gonzalo Arango lo hizo) tal vez porque no conocían más. Llegan a decir que la Luna de Medellín es única, inimitable. También se refieren a menudo a los ojos azules y la tez blanca de los antioqueños. Entre sus temas recurrentes está el religioso, que a veces alcanza un alto tono místico: Horacio Quijano Misas exclama: ¡Qué bien te ves allí, Cristo clavado! La exclamación es el recurso más empleado por los poetas. Frey Ambrosio Montesino exclama, esta vez con gracia:
¡Oh, qué gala fue, de galas,
ver al ángel sostenido
en el aire de sus alas!
Los poemas a Medellín suelen ser parecidos a esta maravilla, que es como para dar alaridos:
Allí se levanta pundonorosa La Alpujarra,
do se pagan los impuestos.
La poesía antioqueña empieza festiva y después se vuelve dramática. Al cantor de la libertad lo encerraron en un manicomio hasta su muerte en 1913. ¡Oh libertad! Para cantar a la libertad tenía que estar loco. Eso sí que es cierto.
La cantidad de buenos poetas, escritores y artistas que perduran a lo largo de dos siglos, contradice la fama de cacharreros y comerciantes que tienen los antioqueños. “Para el bien común tan significativa es la construcción de una carretera troncal como escribir la Memoria del cultivo del maíz”. Esta afirmación de la Antología que en 1953 publicaron Ernesto González y León Zafir (97 poetas y 474 páginas), en la que aún se demora el siglo XIX, sustenta una continuidad literaria más sólida, creciente y duradera que las empresas que en breve tiempo dejaron de ser enseña de Antioquia.
En la conclusión del prólogo no sería lícito omitir un sincero y fervoroso reconocimiento de la Antología a todos los poetas cuyos versos quedan ausentes de estas páginas, porque todos ellos también son la poesía. Más que eso: sin ellos no existiría la poesía. En los aficionados se sustentan las artes.
Cuando muere el verso sigue la poesía en prosa fragmentada, sin ningún sentido del ritmo, que aun en la prosa es indispensable. Y sin nada de poesía. Entre los menores de treinta y cinco años no se encontró ninguno cuya incipiente obra pueda colocarse entre las mejores de dos siglos.
En el estudio histórico que sirve de epílogo se corrigen las muchas erratas de impresiones anteriores.
Como la tecnología no la va con la literatura, la computadora advierte que en el texto hay tal cantidad de errores conceptuales que resulta imposible mostrarlos todos. Aceptar.
Los años de nacimiento de los poetas incluidos son los siguientes:
1826 – 1832 – 1838 – 1840 – 1855 – 1871 – 1880 – 1883 –1890 – 1892 – 1894 – 1895 – 1898 – 1900 – 1910 – 1917 – 1919 – 1920 – 1923 – 1924 – 1925 – 1926 – 1931 – 1933 – 1935 – 1936 – 1937 – 1938 – 1940 – 1942 – 1943 – 1944 – 1945 – 1946 – 1947 – 1948 – 1950 – 1951 – 1952 – 1953 – 1955 – 1956 – 1957 – 1958 – 1959 – 1963 – 1964 – 1971.