Preámbulo fastidioso
Antología de Porfirio Barba-Jacob
Selección y notas de Jaime Jaramillo Escobar
Contiene este volumen cincuenta (50) poemas de Porfirio Barba-Jacob, entre ellos algunos breves, pero no cortos de vista. La primera parte consta de veinte (20) títulos, elección crítica del tiempo. La segunda ofrece treinta (30) textos necesarios para completar la imagen de una obra que resulta imposible separar de su autor, o reducirla con criterios académicos. La cifra redondeada obedece a una elemental técnica editorial.
Diversos antólogos han dado a conocer sus preferencias: la Academia Antioqueña de Historia, en 1973, fija en sólo diez (10) “sus mejores poesías”. Juan Bautista Jaramillo Meza, en vida del autor, escoge doce (12) para su conocida biografía. Andrés Holguín, en “Antología crítica de la poesía colombiana”, selecciona quince (15). Juan Gustavo Cobo Borda sube luego a diecisiete (17). Manuel Mejía Vallejo, en la revista “Universidad de Medellín”, número 40, página 343, asegura que “el tiempo rescatará veinte (20) cantos suyos”. Y Simón Latino incluye cuarenta y seis (46) en el segundo número de sus populares cuadernillos. En cuanto a obras completas, Rafael Montoya y Montoya compila noventa y seis (96), y Fernando Vallejo encuentra ciento veinte (120). En ambos casos se debe restar uno (El retorno), cuyo autor, según Juan Roca Lemus (Rubayata), es José Longas Isaza. No sólo éste, sino también Leopoldo De la Rosa y otros, siguieron el estilo de Barba-Jacob, que fue una marca de época. Inimitable en esencia, pero posible en apariencia. El pastiche ha perseguido aún a León de Greiff, más difícil que Barba-Jacob.
Barba-Jacob es repetitivo en palabras melifluas y reiterativo en ideales quiméricos que, al mezclarse con dramáticas interjecciones, producen un efecto desconcertante, muy atractivo al salir de la adolescencia hacia un mundo que se intuye peligroso y maligno. Ocurre también en Fernando Vallejo: una ternura agresiva. Probablemente, un exceso de amor. La ética, que por estas fechas no se puede emplear en Colombia, porque no es de recibo, revierte en cultos satánicos, ya que el Diablo recibe todo lo que le den. Pero nada es nuevo: Fernando Vallejo anota que Barba-Jacob estuvo empeñado siempre en alimentar una leyenda negra y demoníaca en torno a su persona.
Dar pábulo a raras consejas es un procedimiento publicitario muy efectivo, y en consecuencia utilizado por toda clase de artistas: lo aprovecharon Gonzalo Arango y Raúl Gómez Jattin, y los llamados poetas y escritores malditos, que siguen siendo ídolos de la despistada juventud colombiana.
En los talleres de poesía se rehúsan los temas religiosos, así sean históricos o artísticos, y se prefiere a los poetas malditos, término que ejerce una atracción irresistible. Explico que la leyenda de poetas malditos es un truco editorial que se traduce en ventas. No lo creen, porque lo que en otro tiempo fue urgencia espiritual es ahora necesidad de malos ejemplos para justificar conductas. Quienes sólo buscan el vicio en el poeta no tienen nada qué ver con la poesía. Lo que quieren es un compinche prestigioso. Eso han hecho con Andrés Caicedo. Si el futuro de estos escritores está en sus fanáticos de hoy, nada les espera.
Lo que más sorprende en Barba-Jacob no son los pocos poemas en que se deshonra, sino su fundamental aspiración de dignidad humana, redimido por la poesía, así sea a través del sufrimiento. Al autor de “Saint Genet”, Barba-Jacob le hubiera parecido un arcángel. Escribe Alberto Restrepo (nombre genérico) en la revista “Universidad de Medellín”, número 40, página 354: “Barba-Jacob, hijo de una época sacudida por relativismos morales, estéticos y filosóficos, no pudo estar nunca satisfecho sin unos valores éticos y estéticos absolutos”.
A la gran mayoría de las personas les gusta creer cosas increíbles, para demostrar su buena fe. Si no se las proporcionan, las inventan. Hay que ser muy ingenuo para creer en brujas y en poetas malditos.
Hablo de Barba-Jacob en primera persona porque fue uno de mis maestros, el primero que me enseñó qué es la poesía. No hay poesía sin alma, pero el alma ya no se usa. Alma no es el fantasma del cuerpo, sino el cuerpo del fantasma.
Siempre se ha dicho que Barba-Jacob está pasado, y él mismo lo supo porque conoció a muchos adelantados. Todo es pasado. No hay sino pasado. En ese pasado sus críticos actuales no tienen ellos mismos una obra que se pueda medir con lo mejor de Barba-Jacob en ningún tiempo.
Muestran los anales bibliográficos que Barba Jacob es uno de los poetas más reeditados. Siempre se agota, por defectuosa que sea la edición, como hasta el presente lo han sido todas, sin excluir la de Fernando Vallejo, de lo cual se colige que no contó con su supervisión personal.
Los poetas son como los santos: cada quién tiene devoción por aquellos que le hacen el milagro. Barba-Jacob me hizo el milagro de la poesía cuando yo era niño. La poesía es asunto de devoción, no de crítica literaria. Quien mejor lo explica es Manuel Mejía Vallejo: establece la época de Porfirio Barba-Jacob con referencia a canciones populares, costumbres, vida de ese tiempo, y concluye que Barba-Jacob forma parte de su alma. Por eso, dice, “ya no me importa si Barba es un buen poeta, si es un gran poeta, si ni siquiera es poeta. Ya no me importa comprobarlo”. Para el poeta es mucho mejor pasar a ser parte del alma de sus lectores, que tema académico de desalmados profesores. Respecto de la obra de Porfirio Barba-Jacob escribe el doctor Otto Morales Benítez: “Nadie puede penetrar en ella y mantenerse indiferente”.
Muy pocos poetas resisten cambios como los ocurridos en Barba-Jacob, principalmente por mano de editores e impresores, y también del propio autor, que no paraba de introducir modificaciones. Fernando Vallejo intenta restablecer los textos definitivos, pero falla por un exceso de respeto (o falta de crítica) a las fuentes, y porque en la última etapa de su admirable trabajo, como suelen hacer los investigadores, parece haber confiado en la imprenta, el lugar menos confiable del mundo para cualquier escritor.
La obra en verso de Barba-Jacob merece que se la limpie de los parásitos adheridos a lo largo del siglo. Eso se intenta hacer en esta edición con las páginas seleccionadas, si no interviene algún espontáneo de última hora.
Por motivos que no cabe dilucidar aquí, el autor cambiaba las dedicatorias a conveniencia o capricho del momento, lo cual, de hecho, las anula. Se conserva sólo una, que mantiene su significado.
De igual modo también cambiaba los títulos de los poemas, en algunos casos sin acierto, o contra la voluntad del lector, que se debe respetar puesto que él es el destinatario, y por tanto dueño final del poema. Cambiar el nombre de un poema que se ha hecho famoso es como cambiar el nombre de una persona: desagradable sorpresa.
Ejemplos ilustrativos acerca de los errores, o erratas, a los cuales se refiere este proemio:
La defectuosa puntuación, que sigue la costumbre pausada de la época, se debe en parte a los impresores, como se prueba en la comparación de ediciones. En poesía, la puntuación no debe ser según la gramática elemental, sino según el ritmo, porque la poesía es canto.
Los versos alineados a la derecha no son originales del autor. Son innovación caprichosa de diagramadores que no saben qué hacer y desconocen el motivo gráfico del verso.
Abundan las palabras cambiadas por error. Un sólo ejemplo: en la edición de Procultura, página 212, se lee: “el mar, la lona”. Debe decir: “la luna”. Todas las erratas son hilarantes. Baste con ésta.
El abuso de mayúsculas, debido en parte a la época, choca al lector actual, que hace mucho tiempo les quitó, no sólo las mayúsculas, sino el tramposo significado a las grandes palabras que buscaban impresionar con mayúscula.
La gramática, la ortografía y los sentimientos cambian en cincuenta años. Ningún escritor se sustrae a esa realidad. Ello incide en las selecciones, que deben atender al manejo de detalles incompatibles con la actualidad. Los mismos escritores, en sucesivas ediciones, suelen actualizar sus textos.
No menos notorios son los descuidos del autor, imputables a su trashumancia. Ejemplo: el verso “sangrando en sus rüinas mi propio corazón”, podría evitar la diéresis fácilmente: “en sus ruinas sangrando mi propio corazón”.
El poema perfecto, del que no se puede cambiar nada, resulta débil en el largo plazo. Barba-Jacob demuestra su fortaleza al mantener su eficacia contra el tiempo. Contra el viento, decía él. El gusto público por alegorías y adivinanzas qué interpretar, y el sortilegio de su palabra, hacen que muchos lectores se dejen llevar por lo armonioso y esotérico antes que por la comprensión de sentido. No obstante, Barba-Jacob es el más profundo de los poetas colombianos. Demostrarlo requiere un ensayo aparte, pero su vigencia lo confirma. La elección del tiempo es irrefutable. Refiriéndose a Barba-Jacob, dice Manuel Mejía Vallejo: “Cuando los versos se repiten mucho parecen desgastarse, pero ellos mismos, después de años de silencio, recuperan su valor original porque el desgaste radicaba en el lector, no en el poema”.
De nada valen las teorías y la razón crítica contra el sentimiento. Por eso no hay propiedad como la del amor. Por las referencias de sus poemas, Antioquia siente a Barba-Jacob entrañablemente suyo. Así como no hay pueblos sin poesía, tampoco existe poesía sin identidad con un pueblo. Es de la profunda raíz antioqueña de donde sale el siguiente poema, cuyo primer lector apasionado, que hoy agradezco, fue el escritor Gustavo Álvarez Gardeazábal, hace veinte años.
PORFIRIO BARBA-JACOB
A José Álvarez Patiño
Porfirio Barba-Jacob dando alaridos por toda América,
primitivos alaridos desesperados, gritos de parturienta,
que horrorizarían a Mr. Eliot, tan educado, un verdadero gentleman.
Porfirio desmelenado, como las furias, sin ninguna consideración por mi barrio,
Porfirio avolcanado, echando lava y humo por toda la América,
desgreñado, peludo, moviendo las aspas como un molino;
no creo que haya sido recibido en el cielo con esos modales.
Y sin embargo, también era un solitario entre llamas y azufres,
sufriendo de desmesura terrenal, arrebatado, acosado, energúmeno,
viniendo hacia mí con grandes berridos atemorizantes,
yendo de aquí para allá como si fuera el viento,
que a veces amaina y se vuelve tierno entre las cosas débiles,
y luego otra vez tumultuoso y desordenado como río salido de madre.
Exaltado, turbulento, tempestuoso,
para qué tanto afán, esos gritos me alteran los nervios.
Pero él creía que tenía que gritar, un americano rústico,
bramando como un poseso, balando, todo el tiempo clamando,
arrastrando un dolor demasiado grande,
dando puños a todo,
arbitrario, desaforado, devastado, palidísimo,
al trote y al galope,
para qué tanta agitación, fatigarse con imprecaciones.
Más vale quedarse en silencio delante del té.
Demasiadas preguntas para la única respuesta disponible,
y esa retórica ampulosa de la época, que complicaba las cosas.
Después de asustarnos desconsideradamente con la máxima alarma,
habiendo dado a nuestra puerta, tan respetable, unos golpes tremendos,
se quedaba de pronto tranquilo, mirando el campo,
el árbol que sombrea la llanura, el cordero que pace la grama, el son del viento en la arcada.
Y sin embargo, necesitó de toda esa fuerza para revelarnos su existencia y la nuestra.
Sin su grito estentóreo, en aquellos años apacibles entre las dos guerras, es posible que no nos hubiésemos enterado de nada.
Pero, ¿por qué nos apura en el peor momento,
cuando llegamos al punto donde se borra el camino?