RECIFE, 7 DE DICIEMBRE DE 1981

Geraldino Brasil

Primer encuentro de poesía brasilera en Recife. Los homenajeados no llegaron: Carlos Drummond de Andrade, João Cabral de Melo Neto, Ferreira Gullar.

Programa desde las diez de la mañana hasta las once de la noche. En ciertos momentos del encuentro temí que alguien escuchase a algunos de los críticos de poesía, a cual más brillante. Temí que algún joven que viniese con sus poemas de amor, con su simpatía por los perseguidos, con su corazón y su espíritu llenos de humanas consideraciones, y quisiese ser poeta para expresar sus sentimientos y los de los demás, saliese desanimado de lo que podría llegar a ser, pues tanto le exigían que fuese culto, cultísimo, y que se capacitara en todos los conocimientos necesarios para escribir buena poesía, incluyendo las complejidades del uso común y artístico del lenguaje literario.

Temí que le aconteciera lo que me ocurrió cuando compré mi primer automóvil. Me puse a leer el Manual del automóvil, y al final de la lectura me sentí incapaz de ir en mi auto nuevo hasta la esquina. Le comenté a un joven vecino lo que yo sentía después de la lectura del manual, viendo niños y ancianos manejando con propiedad por todas partes. Me miró con una conmiseración que me obligó a salir en el carro, y no fui el piloto de mi explosión ni de mi muerte.

También le hablé de un afinador de pianos que conocí. Un día, estaba afinando el piano de mi vecino, y le pedí por la ventana que tocase algo conocido que me gustaba. Me respondió sinceramente que él no sabía tocar el piano.

Entonces le aconsejé al joven que hiciese su poesía sin mayores preocupaciones. Más adelante él afinaría su oído, y ella le diría de qué adolecían aquellas primeras páginas, pergeñadas con su sensibilidad y su inexperiencia.


Estoy muy triste con la situación de mi madre. De unos dos meses para acá está perdiendo la vista. Voy a tratar de que se someta a una cirugía. De repente quedó sin poder leer mis cartas. Sin otros problemas de salud, a pesar de su edad, quedaría ciega por mucho tiempo. Trataré de convencerla.

Es una antigua preocupación mía, que yo me anticipe a ella. Porque mi hermano en Maceió me rechaza, pero tampoco se preocupa por ella y le habla de malos modos. En días pasados él me agredió moralmente, y casi físicamente.

Fue un momento doloroso. Porque intenté defender a uno de sus hijos, de 18 años, a quien él acostumbraba golpear brutalmente. Ocurrió el día de Navidad. Navidad, que hasta los asesinos respetan. Entonces soltó al hijo (que así se salvó del castigo) y se lanzó contra mí, con insultos y amenazas. Y no refiriéndose a aquel momento de ira, sino a lo que parecía tener guardado desde mucho tiempo antes. Lo menos que me dijo fue que yo no era poeta, porque el poeta tiene sensibilidad.

Creo que se trata de una aversión anterior a la cuna. Él tenía quince años y yo ocho cuando, una vez que mis padres salieron, cerró todas las puertas de la casa y dijo que, ahora sí, yo se las iría a pagar todas. Que iba a darme una paliza, hasta dejarme quebrado, y luego él huiría de la casa.

No había nadie para venir en mi ayuda. Quedé indefenso frente a su instinto criminal. Se apartó para –según pensé– ir a buscar un garrote, pero al fin desistió de su intento.

Cuando mi madre regresó, le conté todo. Ella me pidió secreto, que papá nunca se enterara. Y él murió sin saberlo.

De ahí en adelante mi madre nunca me volvió a dejar solo con él.

Al año siguiente él se enroló en la Marina. Papá tuvo que autorizar el ingreso, por ser menor de edad. Después desertó. Papá entonces lo envió al ingenio donde él y yo habíamos nacido, y de donde vinimos a la ciudad para ingresar a la escuela.

Después vinieron vecinos, amigos de mi padre, recomendando que vendiese el Buena Alegría, porque “podría perder al hijo”. Y es que él estaba administrando la propiedad “con mano de hierro”, y eso nadie lo soportaba. Entonces papá lo envió a São Paulo, donde permaneció por unos 25 años. Muchas veces estuvo allá en situación precaria, desempleado, y por sugerencia mía, papá llegó hasta vender propiedades para enviarle dinero. Finalmente regresó con mujer y dos hijos, ella embarazada.

Esa mujer había sido casada con un sujeto en São Paulo. Mujer ordinaria, ramera. Cuando la vi por primera vez, al saludarla, sentí que ella, disimuladamente, acarició mi mano. A partir de ahí le hablaba sin acercarme.

Pero otro hermano mío, que entonces vivía con mi madre, se apasionó por esa mujer. Mamá sufría, temerosa de una tragedia. Entonces conseguí un empleo para ese hermano mío que había venido de São Paulo. Lo conseguí en Maceió, para separarlos. Él se fue con la mujer y los hijos. El otro hermano no soportó la separación, dejó su empleo en un banco, y se apareció en Maceió. Pero la mujer no quiso fugarse con él, porque no tenía dinero. Ese otro hermano entonces desapareció hasta hoy. Supe que está en Goiás, una comunidad religiosa de fanáticos. Cuando salió para Maceió lo hizo sin avisar, y estuve buscándolo por estaciones de policía, clínicas y morgues. Días después apareció una carta, dejada no sé por quién. Carta suya quejándose de mí. Porque, según él, yo lo había separado de la mujer amada. Nunca me perdonó eso. Hace unos diez años escribió una carta preguntando si mamá vivía todavía, y pidiendo que le mandasen “sus cosas”. La carta fue dirigida a mi esposa.

Después de eso mamá le escribió unas seis cartas a esa dirección que yo le di. Nunca recibió respuesta.

Mi vida fue de dedicación a esos hermanos, tan diferentes a mí.

El hermano de São Paulo terminó sabiéndolo todo, así como la ida del otro hermano a Maceió para intentar huir con su mujer. Violento, quiso azotarla.

Fue otra situación dramática, porque entonces estaba en el octavo mes de embarazo y temí por ella y por la criatura.

Conseguí hablar con él. Que había una criatura que no tenía culpa de nada, y quería nacer. Azotar a la mujer sería un crimen.

Consintió en esperar el nacimiento del hijo y el tiempo de amamantarlo.

Fue para criar a esos niños que mi madre se trasladó a Maceió, y desde ese año (1963), hago cada mes el viaje para visitarla. Es una alegría para ella mi llegada. Y doloroso para mí estar allá, viendo a mi hermano entrar sin hablarme, y yo temiendo una agresión contra alguno de sus hijos, para herirme.


He dado a conocer tus traducciones a personas amigas que me visitan. Todos se han mostrado unánimes en elogiar la recreación que haces, sin faltar al espíritu de mi poesía.

Se dice que la poesía es intraducible, pero en cuanto ella constituye “el patrimonio común de todos los hombres”, deberá traspasar las fronteras con la ayuda de hombres de buena voluntad que puedan, sepan y quieran entregarla con amor de mano en mano.

Ser intraducible es una honra para la poesía, ello entendido en el sentido de que no puede ser reproducida en su particularísimo lenguaje. Pero sus sentimientos son los de la humanidad, y por tanto deben ser trasvasados en el lenguaje de sus nuevos destinatarios.

G. B.