BOGOTÁ, DICIEMBRE 6 DE 1981
Jaime Jaramillo Escobar
Trabajando en tus poemas recuerdo a Manuel Odorico Mendes (1799- 1864), traductor de la Ilíada y la Odisea al portugués del Brasil, quien decía que traducir a Homero servilmente sería la peor de las infidelidades. Haroldo de Campos, en su ensayo sobre la traducción como creación y como crítica, escribe:
“Una vez admitida como principio la tesis de la imposibilidad de la traducción para textos creativos, nos parece que ella engendra como corolario la tesis de la posibilidad, en principio también, de la recreación de dichos textos. Se tendría entonces, en otra lengua, otra información estética, autónoma, pero ambas estarían vinculadas entre sí por una relación de isomorfia: serán distintas como lenguaje, pero, como los cuerpos isomorfos, se cristalizarán dentro de un mismo sistema”.
Por otra parte, el escritor húngaro-brasileño Paulo Rónai, tratando sobre el asunto en su libro Escuela de traductores, señaló que la demostración de la imposibilidad teórica de la traducción literaria implica la afirmación de que la traducción es arte. En sus propias palabras: “¿El objetivo de todo arte no es algo imposible? El poeta expresa (o trata de expresar) lo indecible; el pintor reproduce lo irreproducible; el escultor fija lo que no es fijo. No es sorprendente, pues, que el traductor se empeñe en traducir lo intraducible.
Escribe también, refiriéndose a Ezra Pound: “Él no traduce palabras. Siente una verdadera necesidad de desviarse de las palabras si éstas se enturbian o escurren, o si su propio idioma le es insuficiente. Rinde culto al conocimiento que su predecesor tiene del oficio. El trabajo que antecede a la traducción es, por consiguiente, primero crítico, en cuanto a penetración acentuada en la mente del autor; seguidamente técnico, como proyección exacta del contenido psíquico de alguien, o sea, de las cosas que han nutrido la mente de ese alguien”. Concluye: “H. G. Porteus nos propone un dilema cuando compara las versiones de los poetas chinos hechas por el orientalista Arthur Waley (muy competentes en cuanto a la fidelidad del texto) y las de Ezra Pound (notables como creación): Pound es antes que todo un poeta. Waley es sobre todo un sinólogo. En los círculos sinológicos, las incursiones de Pound en lengua china no suscitan sino una mueca de desdén. Por otra parte, las gentes sensibles a las hermosas sutilezas del verso poundiano, no pueden tomar en serio la técnica poética de error y acierto del señor Waley”.
J. J. E.