MARAGOGI, ALAGOAS, 24 DE DICIEMBRE DE 1981
Geraldino Brasil
Maragogi es un poblado de unas “tres mil almas”, como decían los padres antiguos. Cuatro o cinco calles estrechas, paralelas a un mar de esmeralda. Casas de puerta y ventana, blancas, azules, algunas amarillas. Pocas de dos ventanas, con una pequeña terraza para las redes ociosas. “Esta es la del cura”, “esta es la del juez”, “esta es la del notario”, “ésta, la mejor, es la de las monjas”.
Dos pequeñas panaderías, un expendio de carnes que abre los sábados, un modesto mercado los domingos.
No es necesario preocuparse por las puertas. Dicen que aquí no hay ladrones, aunque desconfío. No hay hurtos. Porque no hay a quién vender lo hurtado, ni para dónde huir con él, ni cómo utilizarlo. Aquí los zapatos de todas las personas son conocidos por todos. ¿Cómo entonces hurtar zapatos y salir con ellos por las calles, único viandante, todos desde las ventanas mirándolo de la cabeza a los pies?
A las cinco y media de la mañana pasa el hombre del pan, anunciándose con un “fon-fon” que no escuchaba desde hace unos cuarenta años. Hoy me dijo que el jeep de la policía mató a su puerco, que ya tendría unos quince kilos, y que no quisieron indemnizarlo.
Es la gran familia más unida del mundo, la de la policía. Ni los puercos de Maragogi se salvan.
Muchos, muchos niños. Muchos, muchos ancianos. Los jóvenes y las muchachas se fueron para Recife o Maceió. Las mujeres, o están en la cocina, o en la maternidad. Los hombres en el mar, o en los campos. De ahí la impresión de que aquí, no hay ni juventud ni mediana edad.
La impresión es que las personas aquí carecen de recuerdos y esperanzas. No vi niños traviesos. No vi ancianos rememorando. Las personas carecen de sueños, nada desean, ni se angustian. Parece que los maridos no están descontentos con las mujeres. No que las amen, porque tampoco parecen felices. Diríase que están más allá de la insatisfacción y más acá del amor. No lo sé explicar, porque no es atraso, ni es perfección, ni conduce a ella. Como si estuviesen varados, después de los animales y antes del hombre.
La dueña de casa no parece ser una mujer, sino sólo la dueña de casa. El odontólogo de acá no parece ser, como en Recife o Bogotá, un hombre que hubiera querido ser médico. Es, interior y exteriormente, sólo un odontólogo.
Las sombras de los árboles no resguardan parejas, ni esconden gatos y vagabundos.
Todavía no he visto enamorados, jóvenes con las dudas, los miedos, las preguntas del amor.
He visto novios ya comprometidos en casamiento, que ni les parece próximo ni distante.
Es impresionante, esa indiferencia.
Los lugareños no distinguen entre las distintas actividades. Soy para ellos apenas un turista.
Lo bueno de aquí es ser un extraño de Recife o Porto Alegre, sin que nadie se percate de la carga de tristeza de las calles y las pobres casas que agobia al poeta.
Lo malo de aquí es que el poeta no podrá desear para la ciudad esta vida sin sus afanes y sufrimientos, pero también sin la felicidad del futuro con que allá se sueña.
Es noche de Navidad y no veo las casas abiertas. La iglesia está abierta, porque no podría estar cerrada.
Nunca lo olvidaré.
G. B.