CALI, ENERO 21 DE 1983
Jaime Jaramillo Escobar
Acabo de regresar de Yumbo, ciudad industrial cercana a Cali, tan contaminada por la polución fabril, que allí los pajaritos no cantan, sino que tosen.
Cali es una hermosa ciudad, llena de árboles, pájaros y fuentes. Frente a mi estudio tengo una palmera de anchas hojas, que abanica el viento ruidosamente. Me recuerda aquellas palmeras uricurís que hierven de pájaros allá en Assaré, en los confines del Ceará (donde la madre de los hombres había matado a su hijo pequeñito).
Y éste es un hermoso barrio, con avenidas de hasta seis hileras de árboles, y ceibas gigantes que cubren las calles como en Belém do Pará, cada casa de un solo piso, rodeada de jardín. Jóvenes deportistas en los parques, y muchachas con trajes largos y una flor en la mano al atardecer. Es así, literalmente.
Los vecinos se han reunido en el parque cercano con propósito religioso, bajo la serenidad bíblica de la luna al tamiz de los follajes, y durante varias horas han cantado “Bendice alma mía a Jehová”. Es la una de la madrugada, y todavía están allí en esta noche de viernes, que es también la fiesta pagana de la salsa (un baile) y del amor.
En este barrio de clase media, muy extenso, no hay policía porque no se necesita. Cada hora en la noche los vigilantes se comunican con pitos, como en el Madrid de los años cuarenta, y el claro amanecer es alegre porque la noche transcurrió en calma.
Las gentes en Cali caminan erguidas, desprevenidas y sonrientes, como danzando. Los pregones cantan los títulos de los periódicos, los helados van por las calles precedidos de música y campanillas, y en este momento los vecinos del parque entonan el Aleluya, aleluya, gloria a Dios, y palmean mientras cantan, y ya es la una y media de la mañana.
El Maragogi que me envías es un invento de la fotografía. El Maragogi verdadero y completo está en tu descripción, y este pequeño insecto verde, que parecía una florecita, acaba de transformarse –aquí en la pared– en una flechita negra parecida a un Concord, con un piquito que me va a picar.
Si acá dicen que tú no existes, y allá dicen que no existo yo, es que seguramente no existimos y Borges tiene la razón. Por tanto, lo que digamos y tratemos de hacer, nada importa. Simples sueños de fantasmas que se encuentran en la nada. Antes de que la perspicacia de los demás lo descubriera, ya te había advertido que llegaste a mí en un sueño, de la mano de un fantasma. Por tanto no me sorprende. Entre fantasmas no nos asustamos.
Eso de los fantasmas es cosa que abunda en Bogotá, pero en Cali no los hay. Aquí todo es claro y limpio a la plena luz del día; no hay recovecos para fantasmas. He recorrido a media noche largas y solitarias calles, y callejones a medio iluminar, y sólo he encontrado amigos en las escasas personas que cruzaban. Palabras gratas y sonrisas entre desconocidos, a media noche, en calles solitarias.
Son las cuatro de la madrugada, y los vecinos continúan sentados en el parque, bajo los árboles, cantando Gloria a Dios y acompañándose con las palmas de las manos. Salí para averiguar por qué se pasan cantando toda la noche, y no se cansan y no se mueven de su sitio, y para saber si están tristes o alegres, y me dijeron que están cantando porque se va a acabar el mundo. Pregunté cuándo y por qué, y me dijeron que un día de estos, pero no sabían por qué. Hay entre ellos estudiantes, profesionales, funcionarios menores, amas de casa y niños, y se han pasado toda esta noche cantando a voz en cuello, porque se va a acabar el mundo y no saben cuándo. –“Pero será pronto”, advierte el pastor, que dirige la reunión frente a la iglesia evangélica.
J. J. E.