CALI, ENERO 30 DE 1983

Jaime Jaramillo Escobar

Ahora que se ha comprobado que no existimos siento una libertad inmensa, pues en la nada estoy en mi elemento.

Antes de dejar a Bogotá estuve en una región fantasmal: la casa del poeta Eduardo Escobar, en la cumbre de una montaña. Allí Eduardo escribió un libro con la perfección del hielo. En el páramo, a la luz de la luna, todo se dibuja nítidamente, y hasta una hoja se distingue en el horizonte. Qué región transparente, en la clara noche, cuando se disipan las nieblas del día, y qué serenidad en la naturaleza. A la lumbre de la chimenea nos acompañaste con tu poesía. Mientras tanto, afuera, los fantasmas cruzaban en todas direcciones.

Poco tiempo después, en una montaña de otra cordillera, la Occidental, también vi fantasmas: lloviznaba, y en la noche oscurísima, entre la niebla, las luces del automóvil alumbraron, en la carretera, a la mujer que mató al marido, vestida de blanco. Llevaba, ceñido por la cintura, a uno de sus cinco pretendientes. Con el más joven se casó, y el domingo pasado volví a verla, llevando entre los dos una cesta de frutas, camino de su casa. El joven inexperto no ignora el crimen, pero se confía al futuro. Así, poco a poco, todos los fantasmas del mundo se van dando la mano.

Ya te dije que algunos, viendo tu retrato, han comentado: “¡Pero ese señor parece extraterrestre!”. Y también hay los que aseguran que yo soy marciano. Así, todo fue coincidiendo hasta que por fin se supo la verdad: que nos hemos inventado mutuamente. Si algún día voy a Recife diremos que fue un sueño.

En el curso de mi vida me ha tocado convivir con ángeles y demonios. No resulta fácil. Otra cosa son los fantasmas infantiles, como los que vi una vez en Bogotá, a las tres de la madrugada, en la esquina de mi casa. Un niño y una niña, con sus trajes e insignias de primera comunión, jugaban en la calle desierta y helada. No había en los alrededores ni una ventana iluminada, ni ruido alguno, y las risas y gritos de los niños era lo único que, extrañamente, sucedía en la calle a esa hora. El niño trataba de subirse por un poste del alumbrado público, y la niña conservaba en la mano sus flores marchitas. Me demoré mirándolos largamente desde un piso alto, y después de acostarme seguí oyéndolos jugar en la calle por tiempo indefinido. No quise hablarles, temiendo que se desvanecieran en el aire, fantasmas míos.

J. J. E.