BOGOTÁ, ENERO DE 1982

Jaime Jaramillo Escobar

Querida Creusa:

Tu cuadro reemplazó el retrato de Juan Sebastián Bach encima de la chimenea, frente a mi escritorio. La chimenea no se prende nunca, pues mi apartamento es cálido, de modo que no sufrirá calor ni humo.

Tu cuadro está, pues, frente a mí todo el tiempo, y así tengo ocasión de agradecerte permanentemente, no sólo por lo que la pintura es en sí, sino muy en especial por el gusto con que lo hiciste para mí, y por el inmerecido aprecio que con él has querido significarme.

Geraldino empieza a ser reconocido como gran poeta, pero eso no es lo que importa. Lo que importa es cómo él ayuda a vivir a otros a través de su poesía. El artista sacrifica siempre una gran parte de su vida para ayudar a vivir a los demás, y en eso se manifiesta su nobleza. La nobleza de espíritu, que es la más valiosa, y que ustedes tienen en abundancia y la prodigan.

Tu cuadro al frente mío, con su mar imantado, me arrastrará hasta Pernambuco. Ya he caminado por la calle de entrada, y he dado la vuelta por detrás de los edificios de la misión jesuita, y me he bañado en las espumas del mar con el sol cálido del atardecer. Vuelvo a sentarme todo mojado a mi escritorio, y las nubes que hay más allá del más allá se encargan de decirme que el espejismo termina en esa pared de piedra.

Una de las cosas más bellas que tenemos es la piedra bogotana. Es una piedra rosada o amarilla que se encuentra en grandes bloques, y se talla como el mármol o la madera. Su abundancia ha permitido que se use en toda la ciudad, incluyendo los pisos, y debido a ella Bogotá adquiere un aspecto de mausoleo antiguo, rico y solemne. No se ha hecho el cuadro representativo de Bogotá, pero es un caballero de abrigo, sombrero y paraguas (como Otto Morales), frente a un portalón de piedra milimétricamente perfecto.

Tu cuadro, en mi oficina, queda contra el sureste. Desde mi escritorio miro al sureste, que es hacia donde queda Recife. Hay una montaña por encima de la cual sale permanentemente un surtidor de nubes que se producen en la depresión de la cordillera y vienen a derramarse sobre la sabana. Mirar ese surtidor de nubes, que no cesa, es uno de mis entretenimientos favoritos.

La pesada vegetación que hay en tu cuadro la he visto en el Pacífico y en el Atlántico. Grandes hojas que la tierra cría para cubrirse de las inclemencias de los soles.

Con la luz tu mar cambia de colores, y esta tarde que lo cubrió un sol pálido, vi pasar una vela más allá de los tejados. Te lo cuento porque te alegrará saber que una vela vino a navegar en tu mar. También, esta madrugada, unos pájaros volaban por ahí. Como tú no los pintaste, yo creo que ellos se vinieron a escondidas en las ramas, hasta que el hambre los obligó a salir. Asimismo me di cuenta de que alguien andaba en el interior de las casas, y a las seis de la tarde escuché sonar las campanas. Las campanas de óleo tienen un sonido lejano, como si lo escucháramos dormidos. En fin, que tu cuadro está vivo, y hasta los techos se mueven un poco con el viento. De noche me detengo a oír todos los sonidos que salen de tu cuadro, el balanceo del mar que quiere despegarse de la tierra, el automóvil que pasó tan rápido que no lo alcanzaron tus colores, y hasta grillos he escuchado con ese silbo que uno no puede saber con exactitud de dónde viene.

Reconozco las virtudes técnicas de tu cuadro, pero la crítica pictórica me parece aburrida, y me interesa más la poesía que hay en cada uno de sus detalles. Si yo tratara tu cuadro como crítico de arte, se volvería un frío catálogo de volúmenes, perspectiva, composición, texturas, colores. Y no me gusta ver la pintura con esa óptica. Prefiero oír la música que hay en ellos, disfrutar sus olores (no los del aceite y el barniz), sino los de las plantas y el salitre, gustar de los sabores que me traen de otra época, o de otras tierras. Porque yo no soy crítico, sino admirador de tu cuadro.

Esos colores del mar en que tanto te esmeraste, que tanto trabajo requirieron, con sus transparencias, sus sombras, su profundidad, sus olas que se acercan, su lejanía que se curva en el horizonte, esos colores, para mantenerse limpios en toda su complicación, requieren de una maestría consumada, y de un conocimiento tal que, por eso le dije a Geraldino, en secreto, en una carta, que tú, antes de ser Creusa, con toda seguridad fuiste sirena.

La amistad de los pintores es una de las alegrías de la vida que más he apreciado. Algunos me permiten quedarme en su estudio mientras trabajan, y en sus lienzos he gozado de esa maravilla de ver crear el mundo. Que tú seas capaz de trasladar un rincón entero de Olinda a Bogotá, no es poca cosa.

No quiero decirte hoy todo lo que veo en tu cuadro, porque podrías dudar de mi sinceridad, que es lo único que tengo para ti. Sólo quiero decirte cuánto aprecio tu generosidad, tu arte, tu amistad, y darte seguridades de que también en mí puedes contar con el afecto que con admiración te declaro.

J. J. E.