Un libro para salas de espera

Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 2004 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 41, n.º 67

Sobre Palabras prestadas, de Gustavo Gómez Córdoba — Aguilar, Bogotá, 2004, 352 págs.

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Las colecciones de frases dicen más del compilador que de los autores citados, puesto que estos últimos son ajenos al resultado. El libro en referencia es una selección periodística, por tanto de actualidad, con el objeto de mostrar qué piensan los comentaristas públicos acerca del país: sus problemas, sus dirigentes, sus costumbres, sus defectos, su pasado y su porvenir. En todo el volumen predominan el pesimismo y los malos augurios. Sólo se resalta lo negativo. Nada bueno, nada esperanzador. Por supuesto que tal posición es corriente para la fecha de publicación de la obra. Sin embargo, la costumbre periodística de criticar hace que no se tengan en cuenta cualidades, esfuerzos, heroísmos, tenacidades que también deberían formar parte de la historia, puesto que un país o cualquier obra colectiva se salva por la fe y el espíritu emprendedor. Nada en absoluto ha construido la guerrilla en medio siglo: sólo ha dejado ruina, destrucción y muerte. Se cita como el origen del pesimismo nacional. También se podría hacer notar que a pesar de tanto odio y desánimo como se ha generado, sin embargo Colombia no se rinde a la insensatez.

Las citas, coleccionadas a diario durante diez años y luego clasificadas en orden alfabético con el tono revisteril supuestamente humorístico con que se ha decidido afrontar la desgracia del país, en correspondencia con la ligereza que lo caracteriza, componen una miscelánea entre deportes, farándula, variedades y política con criterio de ocasión, semijocoso, crítico, informativo, burlesco y de entretenimiento para una efímera temporada de propaganda, apoyada en la profesión periodística del autor. En el falso y mediocre mundo de la publicidad las admiraciones ingenuas y gratuitas no escatiman el encomio de ejecutivos con iniciativa para aprovechar coyunturas.

Entre los que quieren regir al mundo e imponerles conductas a los demás están los periodistas, que reemplazan a los curas en normas de moral y crítica social. Hasta los nadaístas andan en eso, escandalizados ellos que fueron el escándalo, pidiendo paz y pedazo.

Las treinta y seis páginas del rubro dedicado a Colombia muestran en plumas diversas una realidad de espanto, no matizada por consideración alguna, útil como alarma, pero parcial e injusta, poco objetiva. También se debe mirar por el otro lado, donde gente silenciosa sufre pero trabaja, llora pero trabaja, espera pero trabaja, trabaja a pesar de todo, y es de ese trabajo abnegado que vive la nación, no de las depredaciones de las guerrillas.

La lista de agradecimientos del autor (página 155) incluye a veintidós cronistas, desde el más avinagrado, amargo, atrabiliario, agresivo y fariseo hasta el más simple y desalado de los pájaros de papel. Entre ambos toda la gama de plumíferos: los arribistas, los logreros, los fanáticos, los que van entre dos aguas, los saltapatraces, y también unos pocos merecedores de respeto y admiración.

No sólo frases (afortunadas o no), o fragmentos destacados componen el material antológico del libro, sino también páginas y artículos completos, o citas de citas, declaraciones de diversa procedencia, anónimos insultantes de internet, y pescas obtenidas en variadas fuentes.

Por suerte las definiciones, a modo de diccionario, no exigen un orden de lectura. De ese modo se evita que el volumen se convierta en ladrillo. Claro que no está hecho para la inteligencia, sino para la mediocridad del corrillo, que se alimenta de chismes, consejas, gusanos y carcajadas. Y por eso precisamente resulta un libro de éxito, recomendado en los aeropuertos. Que es lo que pretende.

Los libros de citas suelen tener el prestigio de lo selecto, pero lo que éste se propone es mostrar la barahúnda en que se han convertido los medios de información colombianos, no a causa de la libertad de expresión, sino de desorden mental. En El Tiempo, que el doctor Eduardo Santos dirigió con tanta sindéresis, hoy en día no se puede saber cuál es su posición editorial: buscando qué es lo que les conviene más, se acercan a lo que les conviene menos: desorientar a sus lectores.

La edición de Aguilar, muy bien hecha, hace atractivo el volumen sin engañar al lector, que por la portada sabe de qué se trata. Los libros-revista se están haciendo cada vez más comunes, o las revistas en forma de libro. Tanto, que si usted manda a hacer un libro en una imprenta moderna, como nunca han visto alguno, se lo hacen en forma de revista. Y nadie se da cuenta.

Una reseña sin ejemplos queda coja, pues las referencias aclaran el contenido. No se señalan errores, como atribuirle a Consuelo Lago una vieja estrofa que bien puede repetirse aquí:

El amor es un niño
que cuando nace
con poquito que coma
se satisface;
pero en creciendo,
mientras más le van dando,
más va pidiendo.

Por el contrario, se entresacan unas pocas citas que compensan para quien lo haga la lectura de la reseña:

En página 165: «En Colombia la honestidad es una enfermedad vergonzosa, por fortuna no contagiosa». Andrés Hurtado García.

«…En la guerra también roban, pero la diferencia está en que allá sólo roban los ladrones». Alfonso López Pumarejo.

En página 198: «Para resolver un problema, primero hay que crearlo». Henry Kissinger.

En página 279: «Los artistas —según Verdi— sólo conocen la fama a través de la calumnia». Eduardo Escobar.

Y esta última, que justifica leer todo el libro para encontrarla: «Haga que sus palabras sean dulces y suaves, por si algún día tiene que tragárselas». (Cartel en un restaurante de Sao Paulo).

Observe usted los autores de estas citas y encuentre la conclusión.

Jaime Jaramillo Escobar