Libros inducidos
Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 2004 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 41, n.º 66
Sobre Tras las huellas del abuelo, de Humberto Tamayo Jaramillo — Biblioteca Jurídica Dike, Medellín, 1999, 271 págs., il.
Existe la costumbre de animar a otros para que escriban libros, que previamente cuentan en su círculo, como parte de sus recuerdos y conocimiento de una región. De esos libros inducidos no se espera calidad literaria, sino la recopilación de crónicas y relatos que pueden servir a los investigadores y a la memoria colectiva. La intención, por tanto, es loable.
A quien se siente incitado a escribir, su inexperiencia le lleva a cometer dos errores para salvaguardar su nombre: conseguir un asesor literario, y adjudicar la historia a un personaje ficticio. El asesor literario suele ser ineficaz. El protagonista sustituto destruye la historia, porque desvirtúa su autenticidad.
Cuando se le indicó a alguna integrante del taller de poesía de la Biblioteca Piloto que el libro de sabiduría que acababa de publicar contenía muchos errores elementales, respondió: «—Pues me parece muy raro, porque yo le pagué a fulana para que me lo corrigiera». Con ese criterio, compartido por muchos, no es posible aprender nada. Sobrevendrá un chasco tras otro.
Quien tenga una historia para contar, hágalo a su manera. Resulta preferible responder por errores propios que cargar con los ajenos. Busque, eso sí, un buen asesor editorial y no crea que los impresores saben de eso. En general, no saben. Parodiando al poeta, puede decirse: «Del arte de imprimir todo lo ignoran».
A la obra a que se refiere esta reseña le sobra el asesor literario, responsable de los numerosos errores, que si fueran del autor no serían errores sino ignorancia, y la ignorancia no es error, excepto en un asesor literario.
Los defectos del libro predominan sobre la historia, lo que impide disfrutarla cabalmente, como la habrán disfrutado quienes la escucharon de labio del relator.
Todo libro de crónicas e historia de Antioquia es bienvenido, pues las repeticiones pueden confirmar los hechos con diversos testigos, y la divergencia sirve de acicate al historiador. Pero si la obra ostenta el subtítulo de Historia de Antioquia, eso constituye un exigente compromiso, que pide responsabilidad.
La tendencia a separar la historia por temas ordena el libro, si no hay lógica en la división temática, no se determinan épocas, y el género no está bien definido. Un solo ejemplo: el lector se encuentra por primera vez en la página 50 con Jacinto, personaje principal del libro, recibiendo ganado de un remolcador en el Magdalena. En la página 116, Jacinto, menor de edad, se inicia en los burdeles; en la página 137, a Jacinto, niño, le arrancan una muela con un procedimiento atroz; y mucho después, en la página 209, por fin nace Jacinto, quien representa al autor. Eso hace que Jacinto constituya un enigma deliberado, procedimiento de la novela, no de la historia. Y ya que mencionamos el capítulo sobre la prostitución, debe anotarse que, curiosamente, se ilustra con dos fotografías: una, del Banco Alemán-Antioqueño; y la otra, del pobre Salvo Ruiz. Los grabados del libro aparecen sin relación con el texto, lo cual se advierte en la introducción, excusa que no justifica el descuido.
Desde el punto de vista editorial son muchas las observaciones que el libro merece. Deben formularse al menos algunas, pues resulta evidente que los defectos no se deben a falta de presupuesto, sino de profesionalismo.
Con escasa imaginación, la cubierta presenta una fotografía alegórica, de esas que usan las compañías de seguro para enternecer a sus clientes: la mano del niño protegida por la del abuelo, en el antiguo concepto gráfico —derivado de la organización social— de que nada se salga de nuestros marcos. La fotografía enmarcada resalta sobre un desierto, o playa de arena (ninguna de las dos cosas es característica de Antioquia), en donde se alargan unas huellas muy raras, que no parecen de abuelo, sino de algo distinto.
Falta el índice onomástico, imprescindible en obras históricas, y el índice de contenido se encuentra después de los prólogos.
Las fotografías, tomadas en buena parte de otras obras, sin ningún criterio y algunas veces por fotocopia, lo que resulta notorio, ofrecen pies de grabado deficientes, o carecen de explicación.
Con frecuencia se olvida que el texto ha sido dispuesto en columnas, y no se sabe dónde debe continuar en relación con las fotografías.
Con respecto a la escritura, las faltas de concordancia y la incoherencia de la puntuación modifican, oscurecen y afean con frecuencia la frase. A lo cual se añade el descuido ortográfico.
Cabe anotar que en el mismo año de 1999 se publica en Medellín una obra con carácter de crónica local, caricaturesca y satírica, en la que se prescinde de la h inicial, con el argumento de que García Márquez recomienda deshacerse de la h, aunque él mismo no lo practica. Lleva por título El eje paisa, y su autor es don Carlos Toro Escobar, de Envigado (500 ejemplares, 226 páginas, ilustraciones a color).
Ejemplos demostrativos necesarios:
Pág. 53: «La elegancia de las gentes se tomaron el viejo Junín».
Pág. 63: «Camilo C. Restrepo mira con satisfacción él realizo del ferrocarril de Amagá».
Pág. 94: «…con Ortiz Tirado y Margarita Cueto con la que más gusto en la década 60».
Pág. 102: «…a Medellín de los tanguistas que más la visitaron fueron Armando Moreno y…»
Pág. 117: «…eran aptas para casarse, o en ciertos de los casos tomar los hábitos de algún monasterio».
Pág. 213: «…los sanitarios eran una zanja donde cada uno se defendía como podía, ahí no había papel higiénico más, bien se podría analizar, si hoy sería imposible que los niños pudieran estudiar en tal plantel».
Finalmente, no es lo mismo Libro a lomo de mula, que el libro titulado A lomo de mula.
No se puede tomar en serio la producción bibliográfica antioqueña, cuando en sus obras abunda tal descuido, sea de los autores o los editores.
Lo impreciso, lo confuso, lo incompleto, también van en demérito de la obra. Ejemplos:
Pág. 37: «De esta manera se avanza en el comercio de víveres entre los pueblos, cuyo resultado fue la aparición de verdaderos capitalistas y los mencionados pueblos adquirieron vida propia».
Llamar «verdaderos capitalistas» a unos comerciantes de perdidas aldeas, hacia 1900, cuando ni caminos había, es una evidente exageración.
Pág. 210, con su extraña puntuación: «Esta fue la primera casa pintada de color azul, en la región; “era la época del 48”».
No es una forma de contar la historia, sino de eludirla, puesto que la referencia pasará desapercibida. Sin embargo, ese color está asociado con la Virgen de Fátima y sus mentirosas palomas. Esa fue la imagen que pasearon por todo el país para anunciar la llamada «primera violencia», y en el año 2000 vuelven con ella para anunciar guerra total. ¡De la Virgen de Fátima, líbranos Señor! Esa no es la derecha que propone Plinio Apuleyo Mendoza, en esta época de malignas sutilezas, por los días en que se escribe esta reseña.
Es claro que el autor no pretende reescribir la historia de Antioquia. Sólo presenta aquella parte que se relaciona con su propia experiencia, sustentada en la historia conocida. El abuelo como símbolo es al final el suyo propio, con su familia, y la biografía personal se confunde con la de la patria antioqueña, porque ese es el sentimiento natural. Sólo que, por no ser escritor, no consigue calcular el alcance de lo que podría hacer con los temas que posee, y desperdicia en el esquematismo la valiosa oportunidad.
Las objeciones, sin embargo, no impiden reconocer la importancia del libro en varios sentidos. Su propósito declarado es mantener la confianza en que los antioqueños serán capaces de crear condiciones de vida favorables para la región. Por eso el sentimiento federalista no se extingue.
La crítica a Medellín es razonada, medida, y constituye uno de los aspectos positivos del libro. El robo y la prostitución aparecen desde el principio, tan viejos como el mundo, pero también el empeño por formar un pueblo que se supera. Deformar la historia ha sido un propósito de mala fe en la segunda mitad del siglo XX. Enfrentar esa tendencia se hace necesario para corregir un rumbo equivocado. Mucho reclamamos del pasado, en vez de exigirle al futuro.
En ninguna otra parte de Colombia se ha visto una generosidad como la de los antioqueños con su tierra. No en el Valle. No en la Costa. No en la acaparadora Bogotá. Los ejemplos de Medellín están en el libro y son aleccionadores. Se enriquece el que sabe hacerlo. Pero sin avaricia. Y sin arrogancia. Nunca ha sido vocación de los antioqueños el desorden y el caos. Debe averiguarse la responsabilidad del Estado en el empobrecimiento de las provincias.
La historia que se cuenta empieza al final de la Colonia, hacia 1800, con apertura de caminos y algunas fundaciones, y concluye en el 2000, año que se considera apropiado para cerrar capítulos y destapar botellas de champaña. Con su improvisado desorden, en el segundo párrafo ya está Cisneros trazando un ferrocarril, y así continúa en tono atropellado, de donde se deduce que el libro no contó con un esquema previo.
De todos modos, la división en 38 capítulos constituye una orientación. La reseña debe enumerarlos, porque su sola lectura es suficientemente reveladora para el entendido:
«Camino a Juntas e Islas». «El arriero». «Nuestra comida paisa». «La colonización». «Concesión de tierras». «Aranzazu». «Colonización del Cauca antioqueño». «Serranía de Caramanta». «Colonización de la Costa». «Arquitectura en Antioquia». «El ferrocarril». «Enfermedades y pestes en Antioquia». «La industria». «El comercio». «La forma de vestir». «El traje femenino». «Teatro y música». «Nuevas compañías y compositores». «La prostitución». «Principio y vida de Guayaquil». «Medellín 1880». «Magdalena medio». «Anécdotas». «El dolor de muela». «Donaciones». «El ciclismo en Antioquia». «Final de Guayaquil». «Medellín trescientos años». «Medellín un siglo». «Figuras y obras de Antioquia». «La belleza de nuestras mujeres». «Plazas de toros y veladas». «Jacinto». «Viaje al Suroeste». «Jacinto en Andes». «Viaje a Jericó». «Jacinto en el Magdalena medio». «De nuevo en Envigado».
El libro está hecho más para el conocedor que para nuevas gentes. Por eso en muchos casos se limita a indicar sucesos, nombres, lugares, y el lector comprende la alusión. El historiador encontrará discutible el método, pero esta clase de obras son como las libretas de chistes numerados, que basta decir el número para soltar la risa. Por eso conviene saber previamente lo que dicen los libros.
Como historia de Antioquia, el libro está salpicado con anécdotas jocosas, sucesos extraños, picardías insólitas y curiosas descripciones, que la obra académica no suele admitir, pero en este caso lo informal es una cualidad apreciable. Naturalmente, también está la ironía, sin la cual no hay antioqueño completo. La emplea en especial como crítica contra gobernantes y dirigentes, aunque nadie se escapa:
En página 73 anota: «…vale la pena aclarar que el esfuerzo de una raza en más de cien años buscando salida, una sola generación lo destruyó pasando el centro para Guayaquil y a Guayaquil para el centro…»
En página 175, con sobrada razón: «…el actual Teatro Metropolitano es un cajón de adobe grande y frío que más parece una bodega para almacenar café». Parece también, o es, un elefante patas arriba. Tremendo adefesio.
En página 77, no sin gracia: «…el distribuidor de Everfit don Aureliano en su antiguo local donde hoy queda un bulto grande de cobre o gorda de Botero».
En página 175, con justificada acritud: «…la Administración construyó unas plazas satélites entre ellas la Minorista, realizando la construcción más vergonzosa que se haya visto en los tres últimos siglos; se vive entre el mayor de los mugreros y gracias a esa mugre no se ha caído; y a éste nos hemos venido acostumbrando: además una venta de animales en la forma más triste y dolorosa».
Así, de manera coloquial, tiene una aproximación a ciertos aspectos históricos de Antioquia el que teme enfrentarse con los volúmenes oficiales. También puede decirse que Tras las huellas del abuelo complementa en mucho aquellos volúmenes.
El tema es inagotable para cualquier paisa, pero la reseña tiene que terminar.
Jaime Jaramillo Escobar