Lo que va del uno al otro

Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 2014 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 48, n.º 86

Sobre Colombia tiene nombre de mujer, de Eduardo Cruz Vásquez — Ediciones Sin Nombre, Universidad Autónoma de Nuevo León, México, 2009, 308 págs.

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Escrito en Chile por un mexicano y editado en México, es un apasionado libro sobre Colombia, motivo por el cual se hace objeto de esta reseña. Constituye una crónica conversacional de la permanencia en Colombia de su autor durante varios años como funcionario diplomático en la Embajada de México.

Opta el relato por la curiosa forma de correos electrónicos dirigidos a una supuesta amiga, lo cual le proporciona soltura y la camaradería necesaria al propósito explícito de apartarse de la forma convencional literaria. Además, el cronista se mimetiza bajo el nombre de Simón. Precauciones innecesarias.

Que el narrador sabe escribir se demuestra en el aparte inspirado de las páginas 197 a 199, sin puntuación porque la emoción no lleva comas. O en apuntes poéticos como cuando, al referirse al salto del Tequendama, escribe: «El ruido del agua que se suicida desde lo alto de la cañada». Aparte de eso, ha publicado varios libros. Sin embargo, prefirió para esta obra un método dudoso, que si bien cumple con su cometido, deja mucho que desear en cuanto a la redacción cuidadosa que merece el lector, o sea respeto. La forma de cartas por correo electrónico excusa un estilo. «Relato a la manera de diario novelado», dice el prólogo con sobrada inexactitud. No. La crónica no acepta ficción. Todos los relatos del libro, a menudo anecdóticos, se refieren a hechos reales. La novedad por sí misma resultaría ingenua en un hombre de mundo, personalidad expansiva, buen vivir, de una curiosidad ilimitada y una memoria prodigiosa, o sistema de apuntes muy ordenado.

Texto valioso por muchos motivos, interesante y trascendente a pesar del descuido en la redacción, con el propósito errado de hacerlo aparecer espontáneo y coloquial. Debió haberse sometido al denigrado corrector de estilo para la revisión gramatical. País admirado por sus grandes escritores, un mexicano culto no tiene el derecho de escribir mal. Así de simple. Crónica hablada, no requiere un estilo literario refinado, pero tampoco merece, dada su importancia, la negligencia general de los correos electrónicos con sus extrañas síntesis. Para decir «abrazos, caricias, besos», se dice «abracaribes». Otro ejemplo de la redacción (pág. 55): «Como podrá comprender, tanta revelación de la ignorancia lo pasman a uno. / Quise con ansiedad una fumada de marihuana, medio litro de Viejo de Caldas, las bolas bien puestas para quedarme ahí y poner a prueba mis conocimientos acumulados en la noble urbanidad de la ubre urbe».

No es libro escrito, sino hablado. Por tanto, no literario. Se lee por la curiosidad de lo que cuenta, y cómo lo cuenta. Sincero, desabrochado, es la obra de alguien excepcionalmente comunicativo y desvergonzado, pues habla a desconocidos lectores en forma burda y confidencial. Se escucha a un mexicano (con algo de Henry Miller) contando sus viajes por Colombia y la Amazonia. En la página 56 describe la comida en la selva: «Sancocho de pescado en agua de lluvia. Y chicha peruana. Y el filete de piraruco con arroz, ají amarillo y fríjol».

Según el prologuista, el autor aprendió el español que comúnmente se habla en Colombia. No. En general se habla buen español, especialmente en pueblos y barriadas. Hay que ir a verlo. Expresiones como «Tarde llegaste, marqués», se escuchan en boca de cualquier chico que juega en la cancha del barrio.

Aunque Colombia se utiliza algunas veces como nombre bautismal, le fue dado a la república en memoria de Colón, a propuesta de Simón Bolívar. Todo el mundo lo sabe. Con eso empieza la historia. Colombia tiene nombre de mujer es una galantería del mexicano. Que si conoce las maravillas del país por haberlas vivido, no ignora sus desconcertantes problemas. En un resumen anticipado (pág. 42) se lee: «Estoy en un país en guerra, en la solvencia del narcotráfico, en la tierra de Pablo Emilio Escobar Gaviria, el narco más vivo entre los muertos, y en busca de El Dorado. Sale a pantalla Andrés Pastrana y anuncia la ruptura del diálogo con las FARC. Ordena que entre el ejército y arrase la zona de distensión. Termina su discurso encomendándose a San Miguel Arcángel. ¡San Miguel Arcángel!»

Cruz Vásquez describe entre jolgorios, viajes y gratas sorpresas «una Colombia amarga, llena de contradicciones, que ha hecho de la guerra su relato diario». Y que «prácticamente no ha conocido desde su independencia períodos de paz». «En este país tengo muchas preguntas sin respuestas», concluye. Porque no es fácil formular preguntas acertadas en un país tan complejo.

Citando a Héctor Abad Faciolince, el autor transcribe los siguientes apartes: «Con una acomplejada culpa colectiva hemos dejado que el gentilicio colombiano se haya vuelto sinónimo de delincuencia, violencia y narcotráfico. / Sin embargo, no somos la escoria del mundo, ni los peores bárbaros y delincuentes que hay sobre la tierra. […] Muchas naciones que hoy nos miran con inmenso desdén, estaban sumergidas en condiciones de miseria y carnicería humana hace apenas medio siglo».

Desplegando una intensa actividad, el cronista dedica a Colombia el tiempo e interés necesarios para conocer el país y a sus gentes en extensión y profundidad, de un extremo al otro y en todo sentido, sin que nada escapara al arriesgado y curioso observador cuanto serio analista.

De La Guajira no solo reseña «la época marimbera, cuando el Chijo López reinaba y las avionetas cargadas de droga aterrizaban en plena carretera, no sin antes los policías se encargaran de detener el tránsito», hasta el día en que el impetuoso mar casi se traga al pueblo, y los nombres que identifican las tumbas en el cementerio de Riohacha: Cuclides, Atilano, Oldrian, Limona, Herdoy, Crucella, Janelis», etc.

Otros nombres encontrados en el cementerio de Pamplona: Darlyng, Usnavy, Dioselina, Sósimo, Gosvrinta, Eliduvina, Espíritu, Sandalio, Eudosia, Clímaco, Gledonia, Tilcia, Balvina, Nura, Eloína, Zia, Anteno, Onedolar…

De Antioquia, Medellín le maravilla, pero como no es un visitante superficial, también se entera de la historia, la historia de violencia que ha vivido la región. «Le cuento que en ese río —el Cauca— han llegado momentos en que el cauce provoca que los cuerpos (de los asesinados) se arremolinen, espectáculo infernal que no tiene parangón».

Juan Rulfo no podía quedar ausente de la crónica, pues alguien tenía que proponerlo. Tomadas de los registros sonoros de la Universidad del Valle, aparecen declaraciones del autor de Pedro Páramo, de las que se extracta lo siguiente: «La novela mexicana ha caído en el terreno de la pornografía, el escándalo y la comercialización. […]. Han aparecido escritores que exclusivamente escriben eso. Una novela llena de vulgaridades, pero como se dice, de sal, de pimienta, que llama la atención y que el público que no lee literatura, la consume. No tienen nada de literario esas obras».

Aunque el libro es sobre Colombia, referencias a México resultan imprescindibles, no por el origen del autor, sino por los nexos de los dos países. Ejemplos: «Caben también (pág. 183) como banderas insignes Mario Moreno, Cantinflas, quien toreó en la plaza de Manizales, el Indio Fernández, Pedro Infante, Javier Solís, Pedro Vargas (de quien sostienen que nació en el pueblo de Chiquinquirá), Agustín Lara y María Félix (que sostuvo tórrido romance con un piloto de la aerolínea Avianca). Ellos dos, al lado de Frida, Diego y Orozco, fueron captados por la lente de Leo Matiz durante su estancia en México».

Y continúa: «Pero el anecdotario que sin duda sorprende, es el del generalísimo Antonio López de Santa Anna, Su Alteza Serenísima, quien fue once veces Presidente de México, y vino a vivir en el pueblito de Turbaco de 1850 a 1853 y de 1855 a 1858. Allí tuvo una hacienda, provista de su respectiva gallera, una de sus aficiones favoritas».

En fin, que se trata de un volumen por el que se viaja de sorpresa en sorpresa, acompañando a este diplomático errabundo, que no se estuvo quieto en Colombia ni un minuto. Dormía donde lo cogía el sueño, así fuera en la cama de alguna bella mujer. ¡Órale, manito!

Al final (pág. 296) se encuentra esta declaración enfática del expresidente Álvaro Uribe: «Habrá paz a las buenas o a las malas».

Y ésta la conclusión: «Pobres, muy pobres, somos los latinoamericanos».

¿Y qué es lo que va del uno al otro? Si es entre presidentes, el estilo. Si es entre escritores, el estilo.

Jaime Jaramillo Escobar