Importancia del detalle en la Historia

Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 2011 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 46, n.º 81

Sobre Atlas histórico de Bogotá, 1911-1948, de Corporación La Candelaria — Editorial Planeta Colombiana S.A. y Alcaldía Mayor de Bogotá D.C., Bogotá, 2006, 596 págs., il.

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Se trata de una obra monumental, programada en tres volúmenes, de los cuales éste (1911 a 1948) es el segundo. El primero comprende desde 1538 hasta 1910. Edición de lujo para un sector definido profesionalmente, el estudio comprende en su orden los siguientes trece capítulos, con numerosos subcapítulos: Educación, Comercio, Prensa, Radio, Salud, Recreación y cultura, Hoteles, Clubes, Industria, Planes urbanos, Calles y avenidas, Firmas constructoras, Bibliografía. Como se indica en la página preliminar, el libro ilustra los procesos de construcción del desarrollo urbano y espacial de la ciudad en la primera mitad del siglo XX, durante la cual la población se multiplicó por seis.

Contra lo que podría parecer a simple vista (descontada su importancia histórica incontestable, y excusados los defectos que se cuelan por el amplio tamiz de la «corrección de estilo»), la lectura se hace cada vez más amena e interesante. Por las amplias páginas, los generosos espacios, las ilustraciones y grabados y los desplegables, la redacción llana, descriptiva y didáctica, enriquecida con citas oportunas y reveladoras anécdotas, más los curiosos detalles que aguzan la atención y mantienen la expectativa.

La Historia en macro, sin el detalle, da una visión panorámica de conjunto, para conclusiones apresuradas, para gente ocupada que cree que todas las ciudades son iguales, todas las calles son iguales, por lo cual no es necesario ir a verlas, que las vidas son iguales, que todo es igual a su afanosa premura, y que basta con saber que todo es igualmente parejo y monótono en el mar, en la tierra y en el cielo. La Historia resumida en abstracto, sin olor, sin color ni sabor, es la del teórico que pretende dirigir el mundo en nombre de esa pareja igualdad que para él es la vida. La novela histórica existe para rescatar el detalle de los acontecimientos. De ahí la trascendencia del género. Y este libro se lee como una novela, la novela de las desgracias y destellos de una ciudad y de un país que para 1948 aún estaba en pañales, y que en los cincuenta años posteriores ha sufrido una transformación asombrosa que los jóvenes revolucionarios no perciben porque no la vivieron. Que desconocen la Historia, no es necesario decirlo.

La educación es el tema del primer capítulo (75 págs.). Reseña histórica de instituciones cuya crónica importa por las peripecias de la fundación, y la dificultad de conservar establecimientos públicos y privados de los cuales algunos perduran. Se subdivide en Colegios, Formación musical, Formación técnica, Formación castrense, Formación normalista, Escuelas públicas, Institutos y Universidades. Todo lo que se intenta hacer resulta muy difícil, porque unos dicen que sí y otros que no. Los que se oponen atraviesan toda clase de obstáculos. La oposición total, que significa no hacer ni dejar hacer, ha existido desde siempre.

«En 1905 (pág. 52), y durante un breve lapso de tiempo (sic), el Gobierno delegó a Honorio Alarcón en la dirección la Academia Nacional de Música (sic); se le entregaron un piano y algunos instrumentos en su mayor parte en mal estado, un repertorio musical casi inservible y algunos muebles». «Casi inservible» era y sigue siendo la educación primaria y secundaria, que consiste en atiborrar de cucarachas las cabezas de los estudiantes. «En 1905 (pág. 63), la Escuela Nacional de Comercio, situada a una cuadra al norte del Hospital de la Hortúa, estaba rodeada de cantinas y algunas casas de mujeres muy alegres. Por esta causa, el sacerdote vasco Ladarraga amenazaba frecuentemente a los alumnos afirmando que si éstos osaban pasar por esos lados y no desviaban, irían al Infierno».

El segundo capítulo (32 págs.), se ocupa del comercio, compañías de seguros, ópticas y farmacias, a las cuales se les prohíbe en 1940 el expendio «de opio bruto o medicinal, sus extractos, tintas, electuarios, polvos, píldoras y demás preparaciones, la cocaína y sus sales, las hojas de coca y sus extractos, y el cáñamo indio y sus extractos». No se mencionan adictivos de uso corriente en la época como morfina, éter, láudano, rapé, ajenjo y otros.

El capítulo dedicado a periódicos y revistas (32 págs.), describe las circunstancias de su creación, sus accidentados comienzos y diversa suerte de continuidad. Después de la inestabilidad característica del siglo XIX, en la primera mitad del XX empiezan a consolidarse publicaciones que habrían de perdurar pese a épocas adversas, generalmente por motivos políticos. La prensa (pág. 141), «durante el período de la Regeneración se destacó por su militancia y extrema politización. El periódico se usaba como arma política». «El tema de la libertad de prensa, proclamada desde los periódicos, generó encarcelamientos, cierres y exceso de impuestos con el fin de acabarlos».

Lógica continuación es el capítulo que se ocupa de la radio (22 págs.), y culmina con su protagonismo el 9 de abril de 1948. La carrera radial empieza en 1929, con un número de receptores calculado entre 200 y 250. En 1936 se inician las cadenas radiales, y a partir de 1946 se cuenta con la frecuencia modulada (FM). Como la prensa, sus comienzos son políticos y pronto el público la orienta a lo comercial con la música, las noticias y el entretenimiento, aunque después surgirán muchas estaciones dedicadas a la campaña religiosa y el esoterismo para la franja lunática.

El capítulo Salud (108 págs.), describe la red de atención hospitalaria y de servicios médicos. Se divide en seis subcapítulos: Asilos, Cementerios, Clínicas, Otras instituciones, Hospitales e Institutos. Su finalidad es mostrar los avances en salud durante el periodo, por acción oficial y particular, en contraste con la deprimente situación del siglo XIX. La reseña considera de importancia enumerar las entidades que lideraron ese proceso, cuyas historias componen el capítulo, según el propósito de la obra: Asilo de locas de la Beneficencia de Cundinamarca, Asilo de locos, Asilo san José para niños desamparados, Asilo san Antonio, Junta General de Beneficencia de Cundinamarca, Cementerio Alemán, Cementerio de Chapinero, Cementerio Hebreo, Clínica de maternidad David Restrepo, Clínica de santa Lucía, Clínica de Pompilio Martínez, Cruz Roja colombiana, Funeraria Gaviria, Gota de leche, Hospital de la Samaritana, Hospital infantil Lorencita Villegas de Santos, Hospital Militar Central, Hospital de san Carlos, Hospital san Juan de Dios de La Hortúa, Hospital santa Clara, Instituto Colombiano para Ciegos, Instituto Federico Lleras Acosta, Instituto Franklin Delano Roosevelt, Instituto Nacional de Higiene Samper Martínez, Instituto Nacional de Radium, Laboratorio Nacional de Higiene, Instituto de Medicina legal.

Recreación y cultura (26 págs.), es el capítulo que se ocupa principalmente del teatro, entendido como salas de cine y compañías cinematográficas. La introducción explica que «el cinematógrafo pasó a convertirse en la única diversión para los habitantes de la ciudad». En 1938 existían 19 salas con capacidad para 20.000 espectadores. Las demás actividades están representadas por salones de bolos, bares, cafés, cabarets, tabernas, salones de té y heladerías. Durante la primera mitad del siglo XX ésta es la famosa Atenas suramericana. «Recreación y cultura», o «Cultura y turismo», son cosas que Bogotá no ha conseguido separar.

Veinticinco son los hoteles y hosterías referenciados en el capítulo respectivo (22 págs.), aunque de ellos sólo nueve principales con artículo y fotografías. Señala la introducción que, a partir de la construcción del Hotel Tequendama, surgen los hoteles de cadena y se transforma el concepto de hotelería, «motivado por el afianzamiento de la ciudad como metrópoli».

La crónica de los clubes sociales ocupa capítulo aparte (26 págs.), para un total de trece sedes, de las cuales ocho reciben extensos artículos con documento gráfico. Se destacan en ellos las actividades deportivas, las obras sociales, en las cuales participan las señoras, y su relación con la industria por su origen burgués. Por tal motivo, el siguiente y más importante capítulo se refiere a la industria (90 págs.), con seis subcapítulos y un listado de 57 industrias de diverso género.

Los últimos capítulos se ocupan de los Planes urbanísticos, continuamente modificados con las correspondientes consecuencias (22 págs.), Calles y avenidas (28 págs.), Firmas constructoras (20 págs.), y una extensa Bibliografía (47 págs.), que pone fin al estudio.

Por supuesto que una obra como ésta amerita un comentario más amplio y analítico, pues son muchos los temas que desbordan los límites de una reseña bibliográfica. Varias entidades y muchas personas intervinieron en la investigación y preparación de los materiales, entre ellas diecinueve estudiantes de las universidades Javeriana y Piloto, que realizaban su pasantía. En estructura tan compleja resultan explicables e inevitables las erratas (que acompañan como rémoras a todo libro), los artículos que no concluyen, y apreciaciones inexactas, de lo cual se da una sola muestra como riesgo de los trabajos colectivos. En la página 396 —olvidando el principio de Arquímedes— se califica como temerario a un periodista que informa acerca del pesado casco de las embarcaciones. La reseña termina con una sonrisa.

Jaime Jaramillo Escobar