El ensayo como método de análisis

Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 2015 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 49, n.º 88

Sobre Álvaro Mutis, Nicolás Gómez y otros anacronismos, de Juan Gustavo Cobo Borda — Sic Editorial, Bucaramanga, 2013, 204 págs.

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Descripción: 15,5 × 21 cm, 360 g. Contenido: colección de treinta y un ensayos literarios sobre muy diversos autores, aparecidos inicialmente en diferentes publicaciones.

Inicia el libro un análisis de veinticuatro páginas, titulado «Álvaro Mutis y la universidad de los cafés». Enumeración descriptiva de los antiguos cafés bogotanos, que concitaban a los principales escritores y artistas, y desde donde Mutis parte a grandes pasos hacia la aventura de su extensa y original obra literaria, en prosa y poesía, concebida como una especie de saga por la unidad temática, el aliento sostenido y el significado y alcance de una obra aún no asimilada por la crítica a la fecha de esta nota. Aparte destacable: «La distinción entre poesía y prosa es del todo innecesaria, pues ambas se nutren de una misma intensidad creativa».

Uno de los requisitos necesarios para aprender a leer es la capacidad de detectar los numerosos errores que aparecen en los libros desde que ese arte ha venido a menos por la velocidad de las tecnologías actuales.

Los demás ensayos del libro son los siguientes:

«Nicolás Gómez Dávila» (quince págs.). Cuando se habla de un pensador lo único que se puede hacer es repetir sus frases:

  • «Ningún trabajo deshonra, pero todos degradan».
  • «El milagro casual de la poesía, que no tiene razón de ser, se da porque sí».
  • «El mundo moderno es un simple mercado que pone la vulgaridad al alcance de todos».
  • «Tratemos de adherir siempre al que pierde, para no tener que avergonzarnos de lo que hace siempre el que gana».
  • «Cuando el diálogo es el último recurso, la situación ya no tiene remedio».
  • «Nuestra época no solo ha logrado desacreditar la virtud sino también los vicios».
  • «El libro más subversivo de nuestro tiempo sería una recopilación de viejos proverbios».

Su conclusión: «Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres».

«El surrealismo o la belleza convulsiva» (quince págs.). Del prolongado escándalo del surrealismo poco queda. Incubó otros movimientos derivados, pretendiendo descubrir como nuevo lo que de más viejo se conocía en los cuentos para niños, en tradiciones populares y en fragmentos de toda clase de obras artísticas. Teoría que deja un legado de interés en las obras de sus mejores representantes, expuestas de modo sucinto, pues en la actualidad poco queda para añadir al fenómeno del surrealismo. No es esta la apreciación del autor del libro, sino la del comentarista.

Después de los cuatro relevantes primeros ensayos continúa una serie de veintisiete breves reseñas sobre diversos autores, obras y temas, someramente enumerados a continuación:

«Juan Gabriel Vásquez» (tres págs.). Motivo: haber obtenido el Premio Alfaguara de Novela 2011 con la obra El ruido de las cosas al caer. Origen histórico: los Cuerpos de Paz enviados a Colombia por la administración Kennedy hacia 1969, para colaborar en tareas de educación y desarrollo comunitario, se relacionan con la marihuana, inician su exportación ilegal, y sobre sus rutas continúa luego el tráfico de cocaína.

«Antonio Ungar, novelista» (tres págs.). Motivo: haber obtenido el Premio Herralde de Novela, promovido por la editorial barcelonesa Anagrama con la novela Tres ataúdes blancos (2010). «La novela enloquece feliz entre escoltas, atentados, fugas y chantajes, que nos lleva a pensar si es posible narrar un mundo de horror con algún sentido y una lógica, que sea incluso la de novela considerada como un thriller cinematográfico y al borde de la insania, en un mundo que no anda nunca lejos de tales disparatados extremos».

«¿Dónde comenzó el fútbol?, según Constaín» (tres págs.). Motivo: publicación de la novela Calcio, de Juan Esteban Constaín (Seix Barral). «Fábula erudita, pastiche cultural para averiguar cuándo empezó el fútbol». «Se sospecha que fue en Italia, y más concretamente en Florencia, el 20 de febrero de 1530». Esta nota no puede revelar cómo fue la cosa, porque el fin de una novela no se debe contar por anticipado.

«Luis Fernando Charry. La naturaleza de las penas» (Editorial Planeta, 2012) (tres págs.). Novela truculenta, como todas las novelas con aspiraciones. «Acerado retrato de quienes frecuentan galerías de arte o campos de golf y tenis, pasean mascotas y no desdeñan nunca un cacho de marihuana o un último trago». «Novela que demuele una clase ya agonizante con su certera mirada». Los últimos cien años han oído hablar siempre de una clase agonizante. Eso se lee por todas partes. ¿Y cuándo es que va a terminar de agonizar? ¿O será solo tema de narradores escandalosos?

«Fernando Cruz Kronfly. Destierro» (Sílaba Editores, 2012) (cuatro págs.). «Dejar atrás lo que luego los capturara en el postrer instante último. De ahí el melancólico canto de esta novela, escrita desde el umbral de la vejez. Desde la acerada nostalgia de todos los paraísos perdidos. Allí donde cierto fatalismo milenario se une al desplazamiento perpetuo. De Oriente a América. De Cartago a Venezuela. De dejar la casa, rebelde o expulsado, y volver a ella sólo para comprobar la ruina que dejaron los años».

«Pablo Montoya. Los derrotados» (Sílaba Editores, 2012) (cinco págs.). Novela con dos historias paralelas: una sobre Francisco José de Caldas y la otra sobre guerrilla contemporánea.

«María Castilla, primera novela. Como los perros, felices sin motivo» (Planeta, Seix Barral, 2011) (tres págs.). Historia de amor juvenil. «He aquí una bella novela, escrita con apasionada intensidad», dice Cobo Borda.

«David Sánchez Juliao (1945-2011)» (tres págs.). «La voz de Sánchez Juliao, al narrar en casete sus historias, mantuvo vivos el tejido de la cultura popular y la conciencia de las gentes sobre sus orígenes, trabajos y porvenir. Los narradores orales iniciaron los relatos que dan sentido al mundo y los narradores orales continúan manteniéndolos vigentes».

«Juan Gossaín. La balada de María Abdala» (Editorial Planeta, 2003) (tres págs.). Breve y excelente página de un autor que en todo se identifica con Bogotá, y muy poco con las costas marítimas de Colombia ni con sus grandes ríos. En este caso la inspiración le llega a través de Gossaín y solo queda el interrogante de por qué decidió recortar una parte del texto y reemplazarla por los tres puntos suspensivos…

«Tomás González. El lejano amor de los extraños» (Alfaguara, 2012) (cuatro págs.). «Breves estampas de furiosa intensidad. […] Veinte recortes de una realidad atroz, más vasta y quizás incomprensible, que en pocas páginas alcanza una hondura perturbadora». «Son los nervios del vientre de la gente los que intuyen todas las verdades de este mundo infinito que moriremos sin conocer». Gran escritor, Tomás González, en cada uno de sus libros.

«Bogotá, 1820» (seis págs.). Artículo sobre la Bogotá de esa fecha, informativo y anecdótico. No aparece nombre de autor ni motivo del texto.

«Eduardo Santos y Lecturas Dominicales» (seis págs.). Pertinente y certera semblanza del doctor Eduardo Santos, en pocas palabras. La voluntaria ceguera de la política colombiana ha escatimado el honor al patricio que fue el doctor Santos, cuyo monumento vivo lo constituye el diario que fundó y que subsiste en la modernidad de las actuales tecnologías, imposibles de imaginar en la bandera de entonces: «Suplemento literario. Suscripción a la serie de 40 números: $1 oro. Carrera 6, número 238. Teléfono 398».

«Helena Araújo, crítica» (cuatro págs.). Se refiere al primer libro de esta autora (1976), que tuvo oportunamente el buen cuidado de trasladar su vida a Suiza, en la hermosa ciudad de Lausana, en donde permanece a la fecha de este comentario, 14°, viento en calma.

Siguen dos ensayos sobre poesía y doce reseñas sobre asuntos tan variados como Eduardo Mitre, Jorge Edwards, Vargas Llosa, Fernando Botero, Marco Palacios, Julio Cortázar y otros.

Aparente edición de lujo, que pierde ese calificativo por las numerosas erratas: Ejemplos: En el artículo «Los derrotados» (págs. 77-80), se cuentan ciento diecinueve errores entre tildes de más o de menos, letras faltantes, discordancia por negligente digitación, etc. Y en el artículo «María Castilla: primera novela» (págs. 86-88), se cuentan sesenta y dos erratas similares. Etc.

Aunque el libro continúa, por razones de consideración la reseña debe tener un límite. Pongámoslo aquí.

Jaime Jaramillo Escobar