Con firma reconocida

Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 2015 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 49, n.º 88

Sobre La orfandad de Telémaco, de Elkin Restrepo — Sílaba Editores, Alcaldía de Medellín, Secretaría de Cultura Ciudadana, colección Letras Vivas de Medellín, 2011, 207 págs.

Ver PDF original escaneado →

Con prólogo de Juan Gustavo Cobo Borda, que en sí mismo constituye una reseña literaria, aparece como se indica una selección de relatos de Elkin Restrepo, a la cual se refiere esta nota.

Diseño de Tragaluz Editores, edición de la Secretaría de Cultura Ciudadana de la Alcaldía de Medellín, e impresión de Todográficas para Sílaba Editores. Enredada la cosa. ¿A quién reclamarle por el lomo pegado, no cosido en cuadernillos, como deben ser los libros? El volumen pegado no abre, o termina deshojándose y si se fuerza se rompe. Necesario repetirlo una y otra vez. ¿Bien encuadernado cuesta más? Se trata de libros para biblioteca, no cualquier folleto de propaganda. Lo hacen así para cumplir con normas absurdas. Es una miseria.

Aunque todos los relatos disfruten de la consagrada maestría del autor, en razón de su número los resúmenes deben ser mínimos.

1. «Un viajero constante» (siete páginas). Una carta llega por azar o por error a un destinatario equivocado. Como el remitente solicita su devolución, la abre y encuentra información del pintor Laval, que estima valiosa, sobre Paul Gauguin. La vende a un coleccionista extranjero y devuelve el paquete. Sin la carta.

2. «Una pareja del campo» (ocho páginas). Una pareja de excéntricos se ha ido a vivir al campo. Invitan a una joven con el pretexto de que el campo es el mejor lugar para leer tranquilamente a los clásicos. Araceli cae en la trampa y resulta involucrada en una pareja de tres. Al cabo de cierto tiempo, huye. El autor decide aplazar el final del cuento para otra oportunidad.

3. «El falso judío» (siete páginas). La primera carta, con la noticia de su fallecimiento, la arrojó el muerto bajo la puerta de su vieja casa un martes al medio día. Ocho días más tarde, el muerto dejó una segunda carta. Contaba que había sido enterrado en el rincón del cementerio destinado a los suicidas. Y le anotaba el número de la cuenta abierta a su nombre, con una suma equivalente a la tercera parte de lo prometido. Averiguó ella en el banco, y allí se lo confirmaron. Por primera vez tuvo un pensamiento noble para con su marido. Más tarde, otro día, de nuevo aventada bajo la puerta, llegó la tercera carta. Entonces fue cuando Corina entendió que había caído en una trampa. ¿O usted qué opina?

4. «En las orillas de la Luna» (siete páginas). Una pareja va al mar en busca de vacaciones. Él cumple sesenta y cinco años. Paseando sin rumbo por la playa llegan a un grupo de personas que contemplan con sorpresa una muchacha muerta, arrojada por el oleaje. Se descubre que el asesino fue su padrastro, a quien habían visto antes en la isla, machete en mano. Y esas fueron las vacaciones. La luna…

5. «La muchacha que leía a Paul Celan» (nueve páginas). Típico cuento de actores y artistas. Estamos en París. Un actor enamoradizo convence a Lucette (pintora) de viajar con él a Colombia. Acepta, con el impulso de buscar lo que no se le ha perdido. Lucette y su novio tienen una vida desordenada: disgustan, se separan, vuelven a encontrarse. Dice ella a su novio que desea un hijo. Él rechaza de mal modo la idea. Sola y sin valedores, muere poco después en Bogotá. El actor regresa a París, «tan feliz como lo había estado siempre». En cuanto a Paul Celan…

6. «Coffee Song» (cinco páginas). El narrador recuerda de pronto a una mujer, y ella, casualmente, se le aparece el mismo día en un café. Mientras la mira sin que advierta su presencia, repasa los inolvidables amores. Sin duda, aún significa mucho para él. Dudando en acercársele, se levanta para hacer una pausa en su indecisión. Resuelve que sí, que enseguida se le presentará. Al salir del reservado, ella ha desaparecido.

7. «El pasajero» (seis páginas). Danilo y Claudia regresan, después de haber asistido a la celebración de un matrimonio en lo alto de la montaña. A cierta distancia, pasada la media noche, encuentran que un desconocido pide por señas que se detengan. Contra la opinión de ella, él detiene el auto y recoge al hombre, que no pronuncia palabra. Al conductor le parece que podría ser noruego o sueco. De pronto empieza a hablar en una lengua de grata cadencia, a sabiendas de no ser entendido. El conductor acelera, y el auto sale despedido hacia el misterio. Puede entenderse lo que se quiera.

8. «Los modos del amor» (seis páginas). En ciertos momentos es necesario que empiece a llover inmediatamente. Baltazar y Violeta no esperaban volver a encontrarse. Su matrimonio no andaba bien, y la convivencia se había hecho tan difícil que un día ella regresa con el hijo a casa de su madre. A Baltazar lo había conocido en su época de estudiante. Coinciden por acaso en aquella tarde, y deciden ir a pasear por el jardín botánico. Un poco nerviosos, llega el momento en que él, en silencio, acaricia el brazo que ella apoya en el respaldo del escaño, frente al lago florecido de patos y nenúfares. En ese instante empieza a caer una llovizna menuda y triste.

9. «El indigno» (cinco páginas). Historia de un judío (de Polonia a Treblinka) que, habiendo logrado llegar a América, consigue establecerse en el negocio de mercancías. La generosidad con sus congéneres necesitados lo hace notorio. El día menos pensado comete una imprudencia. Poco después, una noche (tiene que ser de noche) aparecen en su casa dos desconocidos que se identifican como miembros del servicio secreto israelí. Le piden que los acompañe. Solicita unos minutos para subir a cambiarse de ropa. Como se demora en bajar, los agentes se precipitan escalera arriba. Al entrar, lo descubren colgado de una viga. En el pasado, para proteger a su familia, había cometido una delación en el campo de Treblinka. El Mossad está conformado para no perdonar nunca a nadie, por ningún motivo, en ninguna parte del mundo. Es su ley.

10. «La orfandad de Telémaco» (once páginas). El hijo (diecisiete años) viaja a la costa para despedirse del padre, que tiene un hotel de playa frente al mar. Los dos no se entienden bien desde que el padre desertó del hogar. El joven proyecta viajar a los Estados Unidos, como todos los jóvenes, aunque sean de la izquierda más hirsuta. El padre acoge al muchacho con benevolencia, y al día siguiente lo invita a un paseo en su bote de pesca. El joven atrapa un pez que no logra dominar y emprenden el regreso. La amiga del padre, que los acompaña, destapa una botella de aguardiente y baila sobre las olas con el muchacho. A lo lejos, despuntan ya las luces del puerto.

11. «Tentación» (cinco páginas). Nélida (treinta años) es una muchacha feliz, casada con un piloto comercial que vuela a Panamá y Miami. La pequeña hija es su mayor alegría. Con su grupo de amigas visitan almacenes, charlan y se entretienen en asuntos baladíes. Cierto día, mientras se prueba por ociosidad un extravagante sombrero, en el espejo del almacén descubre unos ojos que la observan con decidido atrevimiento. Se escuda entre sus amigas y huye del lugar. Por indiscreción suya tiene una accidentada noche con su esposo, y después las costumbres empiezan a relajarse hasta el punto de bordear la promiscuidad. En llegando allí, el prudente autor suspende el relato.

12. «Los árboles cuidan del otoño» (seis páginas). Tres amigos acuerdan un breve viaje de domingo para contemplar el otoño en un bosque, cerca de Manhattan. Son ella y él, más un amigo de ambos. El amigo, por supuesto, sobra. Pero así lo convinieron, y así fue.

13. «Las manos de Verónica» (seis páginas). Por delicadeza, el cuento se titula «Las manos». Después se va agregando el resto, poco a poco. Por algo el autor es también dibujante. Cuando el lector llegue más abajo, se encuentra con… los pies. Mientras eso ocurre, pasan cosas. Le da una pistola, le pide que mate a su marido, y lo arroje al estanque de las truchas. Él está embrujado, dispuesto a hacer lo que ella pida. Eso hace, y las truchas, felices. Lea, para que vea.

14. «Una mentira inventada» (seis páginas). En el barrio donde el autor aprendía esa cosa pedante que ahora llaman «lectoescritura», aparece un muchacho a quien apodan «el chino» por sus rasgos orientales. Silencioso, se detiene por ahí, observando. Los demás muchachos desconfían de él. Le inventan fábulas que da miedo. El chino, imperturbable. De pronto, un crimen macabro, de película. ¿Quién pudo haber sido? El chino, no lo dude. Los chicos lo eluden, pero él sigue tranquilo, fumando junto a un poste del alumbrado. Un día se acerca a los asustados muchachos: «Sé que ustedes tienen una vista (cuadro de película) del Duende que camina (el Fantasma). Quiero verla». Agarró por el cuello al dueño de semejante tesoro (que se resistía) y empezó a estrangularlo. La víctima se fue poniendo morada, morada, y el otro apretando, apretando. Elkin se orinó en los calzones. Era apenas un niño. Nadie imaginaba que llegaría a ser escritor de cuentos chinos.

15. «Un día oscuro» (seis páginas). Un sicario (cincuenta años) está encargado de viajar a Sídney para matar a un hombre por el robo de cinco millones de dólares. A causa de contratiempo en el vuelo llega durante una tempestad de arena que cubre la ciudad con una intensa niebla roja. Todo está desierto y él, desorientado, sale del hotel sin saber qué diablos ocurre. Se pierde, y resulta cruzando un puente con total imprudencia. Una patrulla de la policía lo sorprende y él, por instinto, trata de tomar su arma. Más le valiera no haber nacido.

17. «El círculo contiene al triángulo» (seis páginas). Con unos amigos organizamos un paseo a caballo para llegar a una finca en tierra caliente. Zoé y yo (el narrador) vamos por un atajo. Nos detenemos a descansar a mitad de camino, bajo un piñón enorme. Se deja acariciar un poco y ríe de mis requiebros, pero nada más. De pronto dice, con alarma fingida, que ya es hora de llegar a la casa, pues no quiere preocupar a su marido (como si alguna vez le hubiera preocupado). Sale por el desecho y las cosas quedan así. En venganza se lo cuento a usted, después de tantos años, hoy jueves 28, día de los Santos Inocentes.

18. «Duelo» (seis páginas). Alba, recién divorciada, busca casa. La acompaña su amiga Ana. Encuentra una, desocupada al parecer desde hace varios años. Quienes fueron sus habitantes habían dejado allí algunas pertenencias abandonadas. Se pregunta por qué. Entre ellas, una urna funeraria al fondo del jardín. La toma, la limpia, la estrecha contra su pecho y llora. Como puede, abre la tierra y la deposita con el extraño sentimiento de no saber por qué la olvidarían. Suena el celular. Su amiga la espera para almorzar en un restaurante peruano que se anuncia como novedad.

19. «Una tumba sin flores» (siete páginas). El japonés Naoko (ingeniero militar) llegó a Medellín de modo accidental. Buscó un lugar que le pareció apropiado, y allí se asentó con la idea de aprender el idioma español. Luego casó con mujer de la localidad, que más tarde lo abandonó, incapacitada para entender. Después, una mañana, el periódico local trajo la noticia de que un «súbdito del Imperio del sol naciente», a los sesenta, había acudido al ritual del seppuku para quitarse la vida, borrando antes todo rastro de su existencia. Fue incinerado. Lo único que quedó de él fue un breve poema al monte Fuji, escrito como parte del ritual de despedida.

24. «La mujer y la muerte de Casanova» (seis páginas). «Casanova 1992-95. Ninguno como él», se leía en el mármol de la tumba del querido perro, un Golden Terrier, que la mujer del Cadillac visitaba con ternura. Era un cementerio de perros ricos. Un camposanto, pues a los perros se les ofrecían las mismas o más consideraciones que a los humanos.

¿Qué era aquello que convertía a un animal en parte de una vida humana? El afecto manifiesto, la fidelidad perdurable, la gratitud generosamente expresada, la inteligencia del animal que encuentra la manera de comunicarse en un lenguaje de signos y actitudes familiares que, al faltar el perro, entristecen al amo con una pérdida irreparable. Casanova suplió muy pronto con su presencia cualquiera otra. A su muerte, su ama le retribuía su cariño yendo a recordarlo con un llanto muy tierno y conmovido. Olvidarlo sería olvidarse de sí misma. Sin embargo, el cuento no está en el episodio descrito. Ni en otro afecto natural y sincero. Usted no se lo imagina.

Llevamos enumerados diecinueve relatos, y son veintiocho. Usted querrá saber, disculpe, pero la reseña se acabó.

Jaime Jaramillo Escobar