De Boyacá en los campos

Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 2004 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 41, n.º 66

Sobre Úmbita, de Aníbal Pedreros Casallas — Barra y Espacios Ltda., Bogotá, 2004, 174 págs., il.

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El libro empieza diciendo que «Para hablar de la historia de Úmbita es necesario hablar de párrocos, ya que este municipio fue fundado por un párroco y a lo largo de su historia los diferentes párrocos que han pasado por este pueblo han jugado un papel importante en el progreso de la región». […] «En la época del padre Goyeneche (1939 a 1956), acólito, sacristán o corista que faltase a cualquier oficio religioso, era castigado con un día de trabajo, arreglar los potreros de la iglesia o cercar los potreros; otro era, que cualquier estudiante que perdiera cualquier materia en los estudios, los enfrentaba hombre con dama y hacía las preguntas y el que se equivocara los cogía uno contra otro por el cuello y lo agarraba a topes con las cabezas y así nadie podía perder una materia. La otra era que en esa época no permitía el padre la vivencia de unión libre, porque a las parejas les daba fuete, más la ceremoniada en el púlpito».

Muchas historias de pueblos señalan similar comportamiento de los párrocos con sus feligreses. Aún hoy suelen ser despóticos y atrabiliarios en sus feudos, y no se citan aquí otros casos porque ésta es sólo la historia de Úmbita. En una región tan rebelde como el suroeste de Antioquia, todavía son los párrocos los que mandan por encima de las autoridades civiles, y desconocen arbitrariamente las leyes de la República. Vaya usted a Salgar, para que vea.

Las torres en la portada son típicas en casi todas las historias de pueblos, porque lo principal que tiene para mostrar es su iglesia, construida con el esfuerzo de todos, sin excluir a los niños.

El templo es símbolo de poder. El poder ejerce la autoridad. La autoridad es impositiva. Toda imposición es injusta. Justicia no hemos conocido. En páginas 41-42 se muestra la justicia de la Iglesia: «El Sr. Rafael Casallas fue sacristán por espacio de 50 años, desde 1.920 hasta 1.970, sin que hubiera recibido sus prestaciones sociales que le correspondían de ley, fue despedido por el padre González de su cargo sin causa justificada». […] «El Sr. Francisco Huertas se desempeñó como corista por 50 años, siendo expulsado también como el anterior, sin recibir prestaciones sociales».

Todos estos padres, de quienes está la relación completa (11 páginas), «…han jugado un papel importante en el progreso de la región». En efecto, y a pesar de todo —sabiendo que nada se podía esperar del Gobierno— construyeron vías de comunicación, edificios y obras necesarias para la comunidad, con procedimientos de la época, inaceptables hoy, pero lo hicieron. Los convites eran forzosos, y se castigaba a quien no asistiera con el pago de dos jornales. Nada de infierno o purgatorio. Tampoco se les ofreció el cielo. Es una carretera para todos, traigan pico y pala. Vamos a hacerla. El padre Goyeneche era ingeniero civil y militar retirado. Sabía hacer sus cosas. Contrataba personalmente con la gobernación, y ponía a trabajar gratis a todo el pueblo.

Si se escudriña en la triste vida de los pueblos, cada uno ofrece una historia sorprendente, a condición de investigaciones serias y una escritura profesional atractiva.

Lamentablemente, no es ése el caso del libro que nos ocupa. Su autor ignora el español y carece de método de composición. Redacción caótica, al azar, sin esquema previo. Sin revisión final, sin corrección. Sin estudio completo del tema, lo que genera vacíos que se disimulan malamente con asuntos ajenos a la materia. Capítulos interpolados que nada tienen qué ver con Úmbita: «Historia de los ferrocarriles en Colombia», «¿Cómo nació el ferrocarril de Antioquia?», «El ferrocarril de La Dorada». Igualmente, referencias y digresiones que no vienen al caso. La relación de sacerdotes se expresa así: el padre tal ejerció como párroco siendo presidente de la república el doctor fulano. Nada tiene que ver lo uno con lo otro. En cambio, la historia del incendio de la torre de Avianca en Bogotá, en julio de 1973, sí tiene relación: allí murió Efraín Casallas Moreno, natural de Úmbita, quien se arrojó desde el piso 13. Muchos edificios no tienen piso 13. Buena precaución.

La desmembración de Panamá también tiene relación con Úmbita. En treinta páginas se resume la historia: José Esteban Huertas, natural de Úmbita, a los tres años de edad era tambor de un regimiento; a los nueve años había iniciado su carrera militar; a los treinta años ya era general del ejército, y en tal condición fue un precoz traidor que apoyó la separación del Istmo.

El 9 de abril de 1948 es del mismo modo una fecha vinculada a la población de Úmbita. Al conocerse la noticia del asesinato del doctor Gaitán, de inmediato se reunieron cuatro mil hombres, armados hasta con palos, y se situaron estratégicamente, al mando del padre Goyeneche, para defender su municipio. Actitud acertada, pues los vecinos no se atrevieron a desafiar una determinación tan firme y ostentosa.

Un pueblo pequeño y pobre, al parecer perdido en la cordillera, se relaciona con el resto del país por hechos insólitos, dignos de mención.

Dado que las hazañas deportivas tienen asimismo su lugar junto a los demás acontecimientos importantes, el libro dedica un capítulo a José Castelblanco Romero, seis veces campeón de ciclismo, ídolo de su municipio.

Para escribir las historias de los pueblos no basta con buenas intenciones. Es necesario saber investigar, saber tratar la información y saber redactar con propiedad. Luego hay que saber algo con respecto a la edición. Si el libro que nos ocupa está sobrecargado de defectos, ¿por qué se hace la reseña? Por eso mismo, porque se publican muchos libros así, y la bibliografía colombiana tiene que registrarlo, para que el futuro sepa cómo éramos hoy, comenzando el siglo XXI.

La historia que formula acusaciones sin fundamento pierde credibilidad. El historiador necesita conocimientos generales amplios sobre todas las ciencias y artes, entre ellos entender cómo funciona la economía. El autor, que trata de asumir la vocería de la población, y ejercer liderazgo sin la suficiente preparación, deja esta constancia en página 133: «El Dr. Juan Camilo Restrepo, cuando fue gerente de Acerías Paz del Río, sacó millones y millones de hierro con el fin de enviarlos para Antioquia, realizando inmensas obras con el, sin que los boyacenses se percataran de ello, luego de que ya no necesitaron más sometieron a Paz del Río a la quiebra y allí estamos pintados todos los boyacenses, para reclamar nuestros derechos».

La credibilidad también se pierde si se confunde el 10 de mayo con el 13 de junio, o si la redacción es incoherente y disparatada: «El parque Santa Ana en la hora cálida del anochecer en las bancas, paseantes de todos los ápices del globo, que se airean en el rostro con los sombreros en el centro cuatro bustos de Libertadores de la República». En página 40, esto: «…era de unos principios morales excepcionales de moralidad».

En resumen, el libro es un desaguisado: discurso caótico, por fuera de la gramática. Ortografía, puntuación y tildes al azar.

En cuanto a la edición, las fotografías no pueden ser peores, la encuadernación con grapas no permite abrir el libro, el código de barras sobrepuesto en la fotografía de la portada (la única buena), fechas erradas, ninguna corrección de pruebas. De tal modo que la historia de Úmbita, que la tiene, queda por hacer.

Jaime Jaramillo Escobar