RECIFE, 25 DE JUNIO DE 1987

Geraldino Brasil

En una ocasión, mi madre tuvo que viajar a São Paulo para someterse a un tratamiento médico que duró casi dos años. Mi padre, de edad avanzada, soportaba mal la ausencia. Aunque ella le escribía cada semana, él se impacientaba sin más noticias. Había enceguecido. Para tranquilizarlo, resolví mentirle. Le dije que mamá había anunciado carta diaria. Y di la orden al mensajero de que, cuando viniese de la oficina de correos trayendo la correspondencia, dijese a papá, que en aquel tiempo vivía conmigo en la ciudad de Escada: –¡Señor Américo, carta de doña Safira!

Entonces yo recibía la carta, que era un papel cualquiera, y simulaba abrir el sobre y el pliego para leer. Leía, comenzando siempre así: “Mi querido Américo”. Al final, la fórmula acostumbrada: “Salud y paz”.

Y continuaba inventando mejorías, y la subordinación a las órdenes médicas para viajar. Terminaba: “Saudades, besos”. A continuación leía “otra cartica para mí”. Él escuchaba atentamente, y pasaba más tranquilo el día. –“Mañana no es día de carta”, decía. “Papá, recuerde que mamá ha empezado a escribir diariamente”. Sonreía, y contestaba: “Parece que usted nació para diplomático”.

Quedan muchos recuerdos de una vida que pudo haber transcurrido normalmente, a no ser por ese hermano del que ya te hablé. Él no tenía inteligencia para simular una explosión repentina de rabia. Sus insultos agresivos parecían calculados para ofenderme en determinadas ocasiones. Creo que su odio hacia mí nació con él. Respondía rabiosamente a mi tolerancia, mi perdón, mi tacto en su favor para que nuestros padres no se enteraran. Nunca lo hubieran sabido, pero él mismo se puso en evidencia.

La última vez que me agredió fue hace pocos días, junto al lecho de muerte de nuestra madre. Una prima llegó a visitarla. Desde la puerta, ella preguntó con timidez si podía entrar “para visitar a tía Safira”. Salí a recibirla, y la llevé a la habitación de mamá. En ese momento él entró enfurruñado, gritándole: “Yo supe que usted me califica de monstruo, ¿y tiene el coraje de venir a mi casa?” (La casa no era suya, sino de mamá). Sin palabras le indiqué que considerara su estado. Su respuesta fue gritar a la prima, poniendo con descaro su brazo sobre mi hombro: “¡Sepa que yo no le tengo miedo al señor Geraldo!”.

Abracé a la prima y la acompañé a la puerta. Regresé afligido a mi madre, que entendió todo, aunque ya no hablaba. La besé, ella me besó la mano, y salí de regreso a Recife. Al llegar encontré la noticia de su muerte. Creusa viajó de inmediato a Maceió, para el funeral.

Si me refiero a cosas tan desagradables, es para hacer notar aquellos extraños motivos desconocidos que entrelazan destinos en una trama insólita de encuentros y desencuentros.


Una vez me preguntaron si la poesía era cosa del espíritu, y si eso podría definir la poesía. Respondí que sí, la poesía era cosa del espíritu, pero que eso no constituía una definición de poesía. Porque el amor también es cosa del espíritu. El odio también es cosa del espíritu. El corazón, un músculo, no abriga odio. Los trasplantes comprueban que con el corazón de un extraño fallecido, o con un corazón artificial, se sigue amando naturalmente.

G. B.