MEDELLÍN, 23 DE AGOSTO DE 1987
Jaime Jaramillo Escobar
La intocable belleza del fuego es un título bellísimo. No lo vayas a cambiar. Se presta, además, para una linda portada.
Magnífico el libro Poetas da rua do Imperador. Hermosa edición. Preciosas ilustraciones. Pero el prólogo. El prólogo dice: “Joaquim Cardozo, Mauro Mota, para citar apenas algunos de los muertos ilustres”. Estaba escribiendo una carta para Mauro Mota. Y leo eso. Cerré los ojos. Me sentí desolado.
Ayer apareció aquí la noticia de la muerte de Carlos Drummond de Andrade. Creo que estaba haciendo mucha falta en el cielo. Dios estaba impaciente por verlo y hablar con él. ¿Qué le habrá dicho Dios? Lo primero que le habrá dicho: “¡Cuidado, Carlos, con esa piedra!”.
Siempre he sentido temor frente a los hombres de magnitud superior. El miedo de asomarse al abismo. Cuando tú le dijiste a Creusa, hace siete años, y yo lo escuché por el teléfono, “son las diez y quince”, me pareció escuchar a Goethe diciendo: “El día es infinito”. Goethe utilizaba un tono tan solemne que me hacía temblar.
Yo sí le tengo miedo al senhor Geraldino: una palabra suya puede ser más demoledora que un ejército. El que diga que no le teme al senhor Geraldino, no sólo no lo conoce, sino que en ese mismo momento se ha expuesto demasiado y ya está perdido. Basta mirar a los ojos al senhor Geraldino: su noble mirada es demasiado clara y demasiado limpia para no ser fulminante. El senhor Geraldino es pavoroso. Como todos los sabios. Como todos los justos. Como todos los santos. Por nada del mundo me atrevería a desairar al senhor Geraldino. Con la más dulce y benevolente de sus miradas la tierra se abre y se lo traga a uno.
Que otro desafíe al senhor Geraldino. Desde mi lugar entre los árboles le ofrezco la admiración, la reverencia y el incienso. São Geraldino es uno de los dioses de mi casa. Para él la consideración, la amistad y el honor.
Abrazo a vuestra excelsitud fraternalmente.
J. J. E.