BOGOTÁ, MARZO 19 DE 1980
Jaime Jaramillo Escobar
Bella ciudad, tu Recife. Ciudad navegable y en el puerto las inmensas bodegas de café y madera.
En tierras de mi padre venía de pronto una mañana, sobre los cafetos, la marea de los azahares. El vaho de los potros y de los becerros era inseparable de aquella mañana. Y no hay sobrevivientes.
Te hago llegar un libro editado como homenaje al poeta Ciro Mendía. Está firmado por él poco antes de su muerte, cuando ya no podía ver. Tenía 87 años y no se moría. Se negó a comer, y no se moría. Gritaba que le cayera un rayo, y no le caía. Tuve que enterrarlo vivo en mi corazón.
Bandeira y tú, impregnados de esa eternidad que el mar descarga en los puertos. Eres un buque, eres una ballena. Ya lo sabías.
Los grandes poetas se conocen porque alumbran de lejos. Poeta faro en la costa de Pernambuco. Que Dios te respete y salude.
En las fotografías que me enviaste no estás solo porque siempre has vivido en relación con otros, pero sobresales. Tu rostro de Mahatma refleja bondad, concentración, inteligencia, nobleza. Y un dulce humor bengalí.
Tú eres uno de los llamados; no me vengas a decir que no.
“Es tiempo de relevo y deber militar. Vienen tiempos de guerra y de sangre en la tierra, en el aire, en el mar”. Estos versos de José Coronel Urtecho enuncian nuestra época. Época de violencia, integrada a nuestra forma de vida, que nos explica y define.
Cuando yo tenía cinco años, mis padres me enviaban a la iglesia. Bandas de hombres armados atacaban el templo con frecuencia, disparando al púlpito, en donde se encontraba el sacerdote, y a las imágenes del altar. Los niños huíamos por la sacristía, hacia los patios de un convento.
En la región de donde provengo, matar era un acto de valor y se llevaba la cuenta de cuántos había despachado cada quién. Por supuesto, yo andaba armado desde pequeño.
Más adelante, en la época de terror por la que Colombia es conocida en el mundo entero, yo salía a caballo con un fusil y dos revólveres, y una botella de aguardiente para los largos caminos. Tenía entonces 18 años.
Hoy en día nos estallan las bombas en las narices y nos desternillamos de la risa.
Yo vivo a tres cuadras de Palacio y en el primer piso de este edificio tiene su oficina un hermano del presidente. Cuando estalló la bomba se quebraron todos los vidrios hasta el sexto piso y no se podía salir por el humo negro y espeso.
En los alrededores han estallado hasta doce bombas en una sola noche. La gente baila al ritmo que le pongan.
Cuando estalló una en la oficina del ministro, yo estaba pasando por allí con tu carta en la mano. En un instante la calle se llenó de vidrios rotos y de gente alborozada.
Este es también el sector en donde se negocian las esmeraldas, y por lo tanto todas las azoteas tienen su polígono para tiro al blanco. Si entra una bala por la ventana del baño cuando estás en la ducha, simplemente piensas en la falta de cuidado de tus vecinos.
Y no es raro salir a la calle y encontrarse frente a frente con una pistola.
En los andenes, decenas de hombres están todo el día recostados con un pie contra el muro y con las manos extendidas. No piden limosna. Ofrecen esmeraldas. A veces las esmeraldas ruedan por el piso y los muchachos ayudan a recogerlas.
Una cosa así no puede suceder sin un fondo de disparos y cadáveres en la calle. Parece una exageración, pero todavía no te he contado nada.
Poeta de armas tomar
poeta de pecho peludo
poeta de raca mandaca
poeta de cuero duro
poeta de mala calaña
poeta de marras
poeta de sangre caliente
poeta de grueso calibre
poeta de mil maravillas
poeta de pies a cabeza
poeta de largo tiraje
poeta de doble sentido
poeta de lunes a viernes
poeta de ayer y de siempre
poeta de toda la vida.
En Bogotá, única ciudad en el mundo a 2600 metros de altura, el atardecer empieza con un hermoso color rosa que baña los cerros y las paredes de piedra. Este color se va tornando en un violeta profundo y en pocos minutos las luces distantes navegan ya en un fondo tan negro que la tierra desaparece y la ciudad queda como suspendida en el espacio interestelar. Temes dar un paso, porque quedarías flotando en la galaxia.
J. J. E.