Una cosa por otra

Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 2011 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 45, n.º 79-80

Sobre Cuentos para no olvidar el rastro, varios autores (selección por concurso) — Fundación Dos Mundos, Bogotá, 2009, 246 págs.

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El esquema del universo se representa como un círculo girante dentro del cual giran innumerables círculos que a su vez contienen círculos innúmeros unos dentro de otros. La locura de los humanos se debe a que giran permanentemente entre remolinos que a su vez giran dentro de otros remolinos. En el giro continuo donde todo se mueve la cordura resulta imposible entre el mareo y la náusea. En el caso de Colombia la borrachera se convirtió en locura. Un país de locos es un país de locos. Nada qué hacer. Cada día más locos hasta la extinción final. Ellos sabrán cómo hacerlo.

Las proclamadas buenas intenciones que a veces surgen adolecen de la misma insania. Los ejemplos abundan.

«Colombia —escribe Enrique Santos Calderón en El Tiempo (26 de julio de 2009)— enfrenta uno de los fenómenos criminales más complejos del mundo. Pocos Estados tienen enemigos internos tan poderosos como el que representa la creciente fusión del narcotráfico y grupos armados ilegales de toda índole».

Tan grave alcanza a ser la amenaza en que se vive, que la población prefiere ignorarla en toda clase de festividades, comenzando por el reinado de la indiferencia. La maligna fórmula de no veo, no oigo, no hablo, le sirve a los colombianos para eludir sin gallardía las responsabilidades ciudadanas.

La descomposición social generalizada anula los esfuerzos sectoriales que se proponen sin convicción y sin esperanza, dada la magnitud de los desafíos en un país enloquecido por la ambición del dinero fácil y rápido, despreciando las consecuencias. A los actores de la violencia nada humano les importa: sólo su designio de convertir a Colombia en vergüenza del mundo y de la historia de la humanidad. Uno de los jurados cita a Voltaire: «La civilización no suprime la barbarie: la perfecciona». Y Juan Gustavo Cobo Borda, en su prólogo, cita a Eduardo Posada Carbó: «El fracaso de Colombia como sociedad civilizada tiene una base irrefutable: los 709.000 homicidios ocurridos entre 1958 y el 2007».

Considerando que, aparte de la información disponible, la literatura ofrece la posibilidad de denunciar y protestar con alcance histórico, se acude a los escritores y artistas en demanda de obras que registren para la posteridad las miserias que se padecen, pues en cuanto a influir sobre la actualidad o el mediano plazo, nada hay que justifique el menor optimismo.

Antropólogos e historiadores conocen bien la índole humana desde sus comienzos: cómo empezaron a formarse los primeros asentamientos y cuáles fueron sus primitivas formas de organización tribal. En ese punto —hace miles de años— está la Colombia del siglo XXI, con la diferencia de que los bandidos disponen de computadora y la determinación necesaria para destrozar el país. Esa ha sido la gran evolución cerebral de los saltatrases. «Toda Colombia es ladrona» afirma Fernando González en Cartas a Estanislao, y concluye: «La enajenación (de los colombianos) es tan irremediable como el hecho de llover». La evolución mental no ha estado pareja con las transformaciones materiales. Si bien ésa es una constante de las civilizaciones, en Colombia el rezago sobrepasa todas las probabilidades.

Con el propósito de contribuir a las constancias históricas, único y último recurso al que se puede apelar, con buena voluntad y terca ingenuidad una asociación de entidades humanitarias convoca un concurso nacional de narrativa breve sobre desaparición forzada (no de otros aspectos de la violencia), con la denominación de Cuentos para no olvidar el rastro. Puesto que el cuento se identifica con la ficción, las historias contenidas en el libro pasan a la categoría de narraciones fantásticas, no de testimonios y denuncias como debiera ser, si es que se pretende que del empeño se desprenda algún mínimo efecto en el largo plazo.

Firman los trabajos veinte autores (diecisiete hombres y tres mujeres), encabezados por conceptos de los tres jurados. El total de concursantes fue de 427. En general, la redacción sigue un estándar medio de escritura, con pocas irregularidades y alteraciones de mal gusto, buscando la novedad descalabrada de todo principiante.

El primer premio recayó en el novelista tolimense Jorge Eliécer Pardo, quien mucho ha escrito sobre el tema de la violencia, que tanto ha martirizado a su departamento. En su reconocido estilo, no exento de lirismo, arma el relato con la intención frustrada de conmover, debido al empleo de recursos literarios extremos que producen un efecto contrario al que se pretende. En consecuencia, el texto resulta alegórico y poético, pierde la verosimilitud que el cuento requiere para conseguir un efecto.

El segundo premio fue obtenido por Miguel Fernando Mendoza Luna. Adicionalmente, el jurado concedió cinco menciones honoríficas: la primera para el publicitado escritor monteriano José Luis Garcés González, y la última para una mujer: Ligia Alicia Díaz Jamondino.

El contenido total no se reseña desde el punto de vista literario, porque esa no fue su función, sino en cuanto expresión colectiva de denuncias, protestas y constancias. Pese a transmutar realidad en ficción —lo que minimiza su eficacia— el conjunto refleja la historia de Colombia en los últimos sesenta años y es eso lo que justifica la obra.

Cobo Borda en el pórtico, con la consciente lucidez del verdadero escritor, que Gonzalo Arango y Fernando González practicaron sin dejar herederos (porque Fernando Vallejo, después de un brillante comienzo, resolvió dedicarse al insulto procaz), señala con vigor y maestría, en prosa ejemplar por su claridad y contundencia, aspectos del problema que, aunque sabidos, conviene recalcar. Se refiere a «el aire irreal de toda una Colombia sumergida en un descenso irreversible a los infiernos». «La vida que no vale nada, y concluye en negras y frágiles bolsas de basura». «En muchos casos no es que se negocie la vida sino que se puja, como en una subasta, por el cadáver». «El secular desplazamiento de quienes pierden cerdos, gallinas, una parcela y un sembrado a manos de los siempre nuevos señores de la tierra, corriendo cercas y ocupando ranchos quemados o vacíos». «El dinero del narcotráfico edificando en cualquier región de Colombia mansiones californianas e instalaciones ultramodernas para sus caballos de paso». Son los temas que tratan los autores en sus relatos como víctimas y testigos de la infamia que se apoderó del país. El patrocinador de la edición, con la prudencia que caracteriza a la diplomacia, advierte que «Los textos de esta publicación son responsabilidad de sus autores y no representan los puntos de vista del gobierno de los Estados Unidos». Pero no se podrá negar lo que cuentan los relatos, porque todos somos testigos, sino cómplices.

«Fosas de esperanza», de Ligia Alicia Díaz, acusa a los paramilitares y a las fuerzas armadas del Estado.

«Idus de marzo», crónica de Alberto Pineda Cárdenas, denuncia a autoridades oficiales en connivencia con los funestos paramilitares.

«Padre no había enviado manzanas», de José Luis Garcés González, inculpa al Estado por desaparición forzada.

«Sin rostro», de Marco Tulio Polo Salcedo, cuenta la historia de un guerrillero reinsertado que llegó triunfante a la Asamblea Constituyente.

«Bajo el cielo de la democracia», de Liderman Vásquez Barrios, sugiere desaparición de un estudiante por agentes oficiales.

«Una familia feliz», de Diego Alejandro Giraldo, implica a la guerrilla en desaparición forzada.

«Diez años», de Asbel Felipe Ospina Muñoz, es una denuncia de usurpación de tierras por terratenientes. Denuncia de todos los días, sin que nunca se restituya lo robado.

En «Las cosas silentes y sus usos», de Diana Marcela Vega Vargas, aparece esta declaración: «Tendría que acusar a los asesinos que se la llevaron, y que hoy salen por televisión como voceros de una moral fantástica y de otras fantasías que llegan a ser ciertas en sus mentes desquiciadas».

En algunos textos la intención de ocultar algo, para no comprometer o comprometerse, hace que el relato resulte de improbable comprensión.

En la página 13 el prologuista agrega: «La modernización y el progreso parecen sólo darse en las armas, en los sofisticados sistemas de comunicación, en la brutal tecnología de la tortura o el interrogatorio». Y concluye: «Tristemente, una vez concluida la agobiante tarea de la lectura, los falsos positivos militares, para cobrar recompensas o ascender en las jerarquías, a costa de muchachos sin trabajo, daban un inesperado giro de certidumbre a estas páginas en apariencia inverosímiles».

Tanto en la llamada primera violencia como en la actual, la responsabilidad del Estado ha sido comprobada y por ello deberá responder ante la Historia. La Historia y el futuro no preocupan a quienes ignoran de qué se trata, pero sus nombres y sus actos quedarán impresos como eterno baldón en la memoria de sus descendientes y expuestos al odio interminable de las generaciones.

Jaime Jaramillo Escobar