Rehén de la nada

Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 1987 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 24, n.º 11

Sobre La nieve del almirante, de Álvaro Mutis — Alianza Tres, Madrid, 1986, 145 págs.

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Se concreta en este libro una alegoría que Álvaro Mutis propone en textos anteriores, la cual resume aquellos consabidos versos:

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar a la mar
que es el morir.

Esa alegoría, encarnada en un personaje mítico llamado Maqroll el Gaviero, comienza en las primeras páginas de Los elementos del desastre (1953) y se amplía en sucesivos libros hasta culminar en La nieve del Almirante, novela poemática cuya gestación dura más de treinta años.

Los principales textos en los que aparece explícitamente el fantasma del Gaviero son los siguientes: Oración de Maqroll (1953); Reseña de los hospitales de ultramar, publicada por primera vez en la revista Mito; Recuento de ciertas visiones, incluido en la Summa de Maqroll (1973); En los esteros, Cocora y La nieve del Almirante, en Caravansary (1981); El cañón de Aracuriare y La visita del Gaviero, en Los emisarios (1984). Los últimos cuatro relatos se incorporan al final de la novela.

La figura indeterminada de Maqroll resulta necesaria como expresión del destino individual. El Gaviero se mueve en un clima asfixiante, en medio de los más desesperanzadores signos.

La novedad no está en su concepción del azar —no es el del Gaviero un destino menos extraño que cualquiera otro— sino en que nos lo pone de presente de un modo estremecedor.

La aventurera selva no había tenido un visitante tan extraviado como este lastimoso Gaviero que se empeña en descifrar los misterios de la muerte del Duque de Orleans mientras va remontando la corriente de un río que ni siquiera existe.

Compuesto con elementos lingüísticos de la Amazonia y de la selva occidental colombiana, el nombre de ese río, con sus quiméricos aserraderos al pie de la cordillera, por donde regresa finalmente el Gaviero hasta la Cañada de la Osa, reivindica para la literatura un territorio caro al autor.

Si suponemos en costas chocoanas la desembocadura del Xurandó, parecería ser así y no faltaría quien poseyera un mapa antiguo como prueba. Verosimilitud literaria que acompaña al texto, sobre todo si se ha viajado antes con el Gaviero en sus imprevisibles travesías.

Además de la selva (que ya no existe, según algunos), trae también este libro otra sorpresa —para los esnobistas— en la estructura del relato, preservada por encima de efímeros experimentos y de la truculencia decadente.

Álvaro Mutis es el escritor de especialísima sensibilidad que reúne poco a poco en torno suyo a lectores afines. Los que manifiestan considerarlo «artificioso, inventado y falso, a más de repetitivo», pertenecen al mundo antagónico de la antimateria.

Es una lástima que la gente no tenga tiempo, por estar tan ocupada «luchando». En medio de la lucha la Muerte les da tres vueltas y desaparecen viendo un chispero. Contra esa inconsciencia previene el Gaviero por medio de conjuros y admoniciones, en una prosa hermosa, de sentido trascendental.

Gozan de sí mismos la prosa y el verso cuando Álvaro Mutis se pone a escribir, porque pocas veces tan hábil mano da sentido a las palabras y utiliza el arte encantador del poeta con el acierto y la eficacia caros al lenguaje.

Literatura insana, sin embargo, para el común. Pero la gratuidad e inutilidad del juego no caben en su lectura contextual. Debe ser interpretado con las claves del autor, cada una de cuyas páginas está escrita como un legado. El poeta nos tiende la mano en medio de la Nada. Por ahí se va a un agujero negro.

El lento pensamiento tiene aquí su remanso, un lugar para detenerse en cada párrafo donde estará escondido el diostedé. Tedé. Tedé. Tedé.

La minuciosidad con que Álvaro Mutis eleva su construcción indica un gran respeto por el lector (aparte del que ya guarda por sí mismo) y a la vez un gran desprecio. Puede decirse que selecciona a sus víctimas con premeditación científica, en un angosto margen de posibilidades.

Observaciones especiales realizadas durante los últimos cuatro años acerca de la lectura de poesía en Colombia conducen a una conclusión desoladora. En tan precarias condiciones, Álvaro Mutis resulta extraño. La sensibilidad poética está muy escasa. Si hablamos de ametralladoras todo el mundo entiende, pero nadie sabe cómo se dispara un dístico.

«La gente —palabra de Mutis— se caracteriza y define por su absoluta incapacidad de entender, es decir, de ver, en el sentido en que lo entendían los neoplatónicos».

Con unas páginas de papel de arroz en sus finas manos de poeta, vino a casa mi amigo Jotamario para relatarme su paso por un libro chino. Estaba tan conmovido a causa de ese libro que ni se podía sentar ni se podía tener en pie, ni se le podía tocar ni había lugar para él en el mundo, y su garganta no soportaba ni la miel de rosas ni el licor de azahar que por casualidad tenía. Otros, muchos, han pasado por encima del mismo libro sin la mínima emoción, sin comprensión ninguna, con total indiferencia. El libro siempre es el mismo, pero los lectores no son los mismos.

Si eres alguien que sabe lo que hace, no te lo perdonarán. Ahora empezamos a escuchar acusaciones contra Álvaro Mutis. Dicen, por ejemplo, que tiene tendencia a desaparecer; o le critican que escribe sobre la selva desde un jet que vuela sobre la selva. También dicen que se mete en hoteles de siete estrellas. Pero qué son siete estrellas para Álvaro Mutis, ¡hágame el favor!

He visto en plena selva libros cuya presencia allí resulta asombrosa. Y he visto llevar unos y regresar otros, con las huellas del clima en la cubierta, como el Shakespeare de Verano Brisas. Verano Brisas se fue a vivir en un islote del Pacífico, lleno de serpientes. ¿Y con quién vivía allí? ¡Con Shakespeare! En la oficina del correo de Buenaventura encontré a un joven que hacía cola para las estampillas. Deseaba colocar una carta de despedida, porque partía en seguida para la selva. ¡Y el único equipaje que llevaba era su Whitman! Me gusta mucho preguntar a las gentes para dónde van y qué llevan en ese paquete. Van para los lugares más insólitos y llevan las cosas más inauditas. Es en exceso emocionante.

Los que juzgan anacrónica la selva de Mutis, que se queden un rato ahí parados y cuando yo vuelva a pasar los encontraré semicubiertos por lianas y bejucos.

Si leo un libro y puedo después escribir otro libro sobre ese libro, entonces he leído el libro. No pido a los libros que me ayuden a pasar el rato, sino que me ayuden a pasar la vida. El rato, ése lo paso de cualquier manera.

El único modo de leer un libro es dejarse llevar por él. El que se mete en un libro a contracorriente hace un esfuerzo tan vano como el que toma una droga con predisposición contraria. Me he vuelto loco varias veces leyendo a Álvaro Mutis.

Menospreciable tipo de reseña aquél que en este caso diría que el viaje del Gaviero por el río Xurandó está narrado a través de tantos meses y tantos días, desde marzo 15 hasta junio 29, con una interrupción del 20 de abril al 25 de mayo por enfermedad del personaje principal. Considero tal clase de lectura completamente estúpida y de ningún provecho.

Sale el Gaviero de una tienda llamada «La nieve del Almirante», en donde vive con Flor Estévez, para efectuar un largo recorrido de ida y regreso por un río, tornando meses después a «La nieve del Almirante», en el páramo, donde encuentra el rastro frío de Flor Estévez. Sale Flor Estévez del páramo y va con sus cosas a instalarse en un sueño. Buscar aquel sueño y tener la habilidad de meterse en él hubiera sido una solución. Pero es incierto ponerse a andar por los sueños. Un amigo mío soñó que se abría la puerta del sueño y entraba un caballero. El caballero se detiene, mira al soñador y le dice: —«Tenga usted la bondad de excusarme, caballero. Me equivoqué de sueño».

Empezamos el viaje engañados, y así continúa, un engaño tras otro. El Gaviero se embarca sin saber muy bien por qué, como hacemos muchas cosas en la vida. Tal vez alguien lo sabe. Pero vive en otro mundo.

La factoría: destino final equivocado. De vidrio y aluminio pulido como el cielo, pero guardada por gentes de armas, de procedencia kafkiana, con quienes no es posible ningún trato, pues representan un poder tan absoluto y tan lejano que despoja a los hombres de todo valor. Proseguir es imposible. Devolverse, ir al encuentro de un seguro desastre.

Más que la obra del narrador, es la obra del sabio y del poeta, así incluya ciertas fórmulas y algunos ingredientes calculados de acuerdo con el arte actual de la novela.

Si todos los personajes hablan un mismo lenguaje, el del Gaviero, es porque todos son facetas suyas. No sólo los personajes, sino también lugares y cosas. Ese motor que lucha con asmática terquedad contra la corriente, «que amenaza a cada instante con el colapso definitivo», podría ser el corazón. Miralobién. Miralobién. El Gaviero tiene algo de hidroavión. Se le pegan los líquenes de la selva y hasta un letrero colocado en la tienda del páramo pasa a ser prolongación suya, como brazo o sombrero. A fuerza de intentarlo, ha logrado ser el otro, el que no fue. Su biografía se compone de los fragmentos de otras biografías. El Gaviero es multidimensional. Si lo lees pasas a ser parte suya y eres también un Gaviero. Gaviero es como jugar chucha, que si lo tocan se la pegan y tiene que salir corriendo a pasársela a otro y de este modo el contagio es inevitable. Ha de sobrevenir la peste del Gaviero, algo para lo cual no podrán hacerse vacunas.

La maestría de la descripción en Álvaro Mutis se debe a que es él un profundo observador, lo cual le permite esa adjetivación insólita: «Malicia carnívora», «inocencia nauseabunda». Es la descripción un género que se rehúye actualmente, por considerar que se ha abusado de él. Pero Álvaro Mutis la utiliza para llevarnos en ese viaje cinematográfico al final del cual la experiencia nos deja exhaustos. Esa noche en que terminamos de leerlo y nos disponemos al sueño, al cerrar los ojos vuelve todo a empezar su desfile. Ya nos estamos quedando dormidos, cuando el ruido del hidroavión nos despierta, o nos sobresalta la caída en los rápidos. Y de pronto despertamos con el cuerpo del capitán ahorcado balanceándose frente a nuestra cama, que creíamos era el lanchón navegando en la noche.

La descripción del viaje por el río, en la selva, no la hará con tanta propiedad de detalle quien carezca de las experiencias necesarias, aunque tal descripción no es más que un derroche, puesto que ese no es el asunto de la novela.

Suele Álvaro Mutis darse escapadas al monte, para consultar la naturaleza. «Me lanzo en caminatas de cuatro y cinco días por la Huasteca hidalguense, por montes y veredas, cañadas y plantíos que en mucho me recuerdan esa anticipación del Quindío que es la región de Coello en el Tolima. Duermo bajo los árboles, me baño en pelota en los ríos, como bananos y naranjas y me pierdo por entre los cafetales. El día que no pueda hacer, así sea una vez al año, esas peregrinaciones, me moriría de tristeza y de fastidio. Detesto las ciudades, donde la vida no vale nada».

Confiesa (pág. 57) que vive en un tiempo por completo extraño a sus intereses y a sus gustos. De ahí que a menudo se siente perdido y es entonces cuando recurre a la poesía, ese lugar desatinado donde buscan salvación los que no la tienen. Exclama «¡Respeten la más alta miseria, la corona de los insalvables!».

Esfuerzo perdido es tanto el viaje real como el literario, y sin embargo, existe ese impulso ciego que es la vida. «En el fondo de todo mi trabajo de escritor —dice— se levanta una sombra de derrota y hastío que me está diciendo siempre ese fatal ¿para qué?, paralizante y escéptico. Siento muy cercano y muy evidente el trabajo del tiempo y del olvido».

Pese a todo, Flor Estévez ya estaba en la primera página de Los elementos del desastre, y el Gaviero prosigue todavía su travesía interminable.

Jaime Jaramillo Escobar