Mínimo animal
Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 2021 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 55, n.º 100
Sobre Cuaderno de entomología, de Humberto Ballesteros, con ilustraciones de Ana María Velásquez — Animal Extinto, Bogotá, 2017, 144 págs., il.
La obra, mezcla de realidad y ficción, carece del proemio que le sería necesario ya que parte de una premisa falsa: que «el arte y la naturaleza siempre estarán enfrentados hasta que se venzan el uno al otro». Curiosa afirmación en un texto afín a lo científico.
Las ilustraciones son fantasiosas, no realistas. La portada representa a la compañera luciérnaga en un grabado en el que, buscando efectismo, aparece con aparato lumínico y con alas. En realidad, la hembra carece de alas, que son distintivo del macho, o machito, dado su mínimo tamaño. Toda la obra, por su carácter abstracto, constituye un acertijo fuera de época.
En el primer relato, dedicado a «Una libélula» (seis páginas), un inválido escultor de insectos gigantes, instructor además, confunde realidad y fantasía, y sus pensamientos naufragan en la incoherencia. El lector también, puesto que ha sido llevado allí deliberadamente.
«Una polilla» (tres páginas y media). Se trata de un joven emperador que se aburría estudiando y practicando canto, danza, esgrima, equitación, leyes, usos de otros países y lenguas muertas. Por siete veces rechaza las delicadas manos de las consabidas siete princesas. Una mañana amanece con la idea de organizar un concurso de baile.
«Una luciérnaga» (cuatro páginas). Relato incoherente, según el estilo del libro. Mario trabaja en la máquina infinita, aunque «las cosas ilógicas le daban rabia». «Se tiró en la cama con el borrador de su cubo», volumen 392 de la tal máquina; cuando la terminara, el futuro de la humanidad estaría asegurado. Compra una sombrilla. Y al final gana el premio.
«Una mantis» (seis páginas). Sonia estudiaba piano con doña Martinita. Se «empijyamaba» y se sentaba a tocar en un teclado sin pilas. Compuso una melodía «vertical». «Esa caída tenía lugar hacia arriba y luego bajaba y volvía a subir». Llega el día del concierto, y al regreso encuentra un ramo de flores en el piso. El relato había comenzado con una mantis.
«Una mariposa» (siete páginas). Niños de colegio. Ella hace subir su compañerito a un árbol para coger una mariposa. Logra cogerla, pero debe bajar apoyándose con una sola mano. Si no se cae, se malogra el cuento; si se cae, el lector no lo perdonará.
«Un alacrán» (cinco páginas). Monólogo de barriada. Habla «el Alacrán». Cuenta que le mataron a su «alacrana». El lenguaje muestra que el autor sabe de qué habla. Clase baja en cuanto al tema, pero de un escritor capaz de incursionar con propiedad en el inframundo social, sus costumbres, su filosofía y su desgracia. También sus sentimientos. Su marginalidad. Su derrota.
«Una colmena» (18 páginas). Escribir por escribir. Extenso y enredado relato, sin la más mínima credibilidad que la fantasía requiere. Clasifica en la llamada «literatura ociosa», carente de autocrítica. En el siglo pasado se hicieron ensayos de esa falsa literatura, obviamente fracasados. Inútil intentar el resumen de un divertimento que carece de sentido. Enreda el texto deliberadamente con el fin de ponerle trabajo al desocupado lector. Carece de la credibilidad que requiere cualquier relato, por descabellado que sea. Dice que la más grande armadora de rompecabezas de todos los tiempos era sorda, muda y ciega. Y que —se deduce— el lector es peor. Curioso experimentalismo en una obra profesional de indudable mérito por otros aspectos.
«Una mariquita» (ocho páginas). Un relato breve no debe someterse a resumen puesto que ya lo es. Si se intenta (resumir lo resumido) se corre el riesgo de acabar con los personajes y con el autor. Un pequeño prendedor hallado casualmente por un hombre que va a convertirse en el personaje del relato. La niña que supuestamente lo perdiera. Y el lector para completar. Pero ese no es el cuento. El cuento está detrás de todo eso.
«Una larva» (seis páginas). Es la clase de relato breve que no admite resumen. Todo, o nada. Cualquier intento de resumen lo falsea porque corta la unidad que es lo que en el conjunto constituye una historia no convencional. Para empezar, larva no hay.
«Una cucaracha». No cualquier cucaracha sino una de 22 páginas, especial para el cuento, con cara de monja y que habla de todo, hasta de las cucarachas.
Cuando escribe en forma deliberadamente confusa, solicitando la interpretación del lector, el autor se expone a dos riesgos: a ser malentendido en contra de su verdadera intención, o a significados confusos que tanto pueden apuntar a una como a otra cosa.
Jaime Jaramillo Escobar