Libros póstumos

Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 2004 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 41, n.º 66

Sobre Estatuas y monumentos de Bogotá, de Alfredo D. Bateman Quijano — Sociedad Colombiana de Ingenieros, Bogotá, 2002, 56 págs., il.

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Los libros póstumos, si no desaparecen con la basura de la casa, pocas veces tienen buena suerte. Empezando porque tales libros pueden quedar inconclusos. Algo que la muerte impidió concretar. Las opciones son: someter el original a revisión de un experto, o declarar la intención. Si esto no se hace, en el supuesto de que no beneficia al libro, entonces el perjuicio es para el nombre del autor, y el descrédito para el editor. No suelen ser afortunados editores las entidades gubernamentales, gremiales, institucionales, y los autores o herederos. Sólo aquellas obras con propósito comercial atienden las exigencias del mercado. Se exceptúan los arquitectos, por su sentido de las proporciones, aun en la desmesura.

Desde el punto de vista editorial, la publicación referida no se considera libro. Sólo cuenta con cincuenta y seis (56) páginas, incluyendo doce (12) en blanco. Quedan cuarenta y cuatro (44) páginas, de las cuales diez (10) se destinan a fotografías. Treinta y cuatro (34) páginas de texto, que equivalen a una conferencia. En efecto, empieza diciendo: «Quiero hablar sobre las estatuas y monumentos de Bogotá, mezclando recuerdos y cosas leídas». Las fotografías no son buenas, pero por fortuna están mal impresas en papel poroso, en vez de esmaltado, lo que sirve de excusa al fotógrafo. Un corrector, un índice de ilustraciones, un índice onomástico y otros recursos editoriales, hubieran resaltado la importancia de la obra, que la tiene, pese a las salvedades. Aunque el prólogo cuenta que el texto fue dactilografiado por su autor, aparecen errores que no le son imputables. El buen corrector hubiera agregado subtítulos necesarios para claridad y ordenamiento de los temas, y enmendado descuidos del transcriptor final. En cuanto a la diagramación, diagramación no hay. Es una galerada continua, lo que se dice un ladrillo.

El índice general está incompleto, porque se limita a lo principal. Son treinta y siete (37) las estatuas y bustos reseñados, aparte de los llamados monumentos, que pueden ser edificios, plazas y otras construcciones. La ausencia de Rafael Uribe Uribe resulta notoria. El libro es anecdótico, y hubiera podido recordar aquellas frías mañanas bogotanas, en que el bronce amanecía con calzoncillos y el mármol con sostén. Curiosamente, los nombres de los héroes y personajes se dan sólo por el apelativo, ya que el tono es coloquial y parece dirigirse a conocedores, así el prólogo diga que también servirá a las nuevas generaciones. (Cosa que se puede poner en duda. ¿Quién fue Rendón? ¿Cuál Rendón?).

El libro hablado aprovecha esa ventaja, pero también asume los defectos propios del método: datos imprecisos, tono pedestre en discordia con el asunto, superficialidad que es ligereza. Tres ejemplos:

Página 9: Con referencia a la estatua de Nariño: «La que hay en dicha ciudad (Pasto) es copia de la de Bogotá o viceversa».

Página 1: «…cuando el decreto de manos muertas de Mosquera, o mejor dicho de Núñez».

Página 7: «…con excepción de un libro que sobre el particular publicó hace ya varios años no recuerdo qué autor, y que tengo en mi biblioteca…» Es lícito preguntarse por qué, en beneficio del lector, no se molestó en buscar ese libro. O si prefería no mencionarlo: De cuyo nombre no quiero acordarme. ¿Y qué quiere decir la expresión «hace ya varios años», si no hay una fecha de referencia?

De ese modo, lo que pudo haber sido histórico se va disminuyendo en manos del propio autor, tal vez por la sospecha de que la importancia de su tema se reduce de día en día. Tanto es así, que existe en el Campín un depósito de estatuas viejas, abandonadas allí porque la ciudad se desinteresa de su pasado, sus acontecimientos que fueron trascendentales para el país. Se vive en la contracultura.

Existen disposiciones legales de ornamentación urbana con esculturas, pero como no se pueden establecer oficialmente cánones estéticos, predominan los adefesios que ofenden las ciudades por cuenta de leyes rústicas.

De las estatuas y bustos conmemorativos, que por mar vinieron, que desapercibidos pasan, nadie se acuerda sino para desaparecerlos. Aquí todo se desaparece. Hay un poema de Rodrigo Londoño Bravo sobre eso:

DERECHOS HUMANOS

Cuando era niño creía
          [vagamente
en los aparecidos
y no tenía una patria clara, ni
          [partido
político, ni trabajo,
ni clase social.

Hoy que tengo todo eso,
creo nítidamente
pero
en los desaparecidos.

Uno de mis primeros recuerdos —asombroso entonces— fue la destrucción del busto de Juan de Dios Uribe, en el prado del Liceo de bachillerato en Andes, realizada durante la noche en imperdonable agresión contra ese colegio. Ocurrió en 1948. Quienes lo hicieron, no lograron con eso borrar la memoria del indio Uribe, pero inauguraban la época de barbarie que Colombia vive desde entonces. Las estatuas son símbolos. Así se tratara de oscuros e insignificantes bandidos, amparados por la impunidad, sabían que destruir los símbolos es destruir la patria, porque la patria es un ideal.

La destrucción de imágenes puede ser pasatiempo vandálico, pero cuando usted ve sus dioses mutilados, sabe instintivamente que su cabeza también corre peligro. Para un europeo sus monumentos históricos son parte del alma de la nación. Sagrados. Intocables. No tenemos la cultura del respeto. Esto dice en página 28: «Es una lástima que el Parque de Santander, que para los colombianos debe ser un lugar sagrado, ya que allí perecieron fusilados muchos próceres de la patria, se hubiera convertido, especialmente gracias a la última remodelación, en lugar de reunión de hampones y de vagabundos». Y en página 9: «Mala costumbre la de Bogotá, de cambiar las estatuas y en cada cambio alterar los pedestales, perdiendo así la unidad, ya que generalmente el pedestal original fue diseñado por el propio escultor».

Muy sucinta, con risueñas malicias, la crónica del desalojo, depósito y trasteo de estatuas en Bogotá, de lo que no se salva ni el general Bolívar, es un recuento de divertidos y lamentables episodios, en que pasados algunos años, ni siquiera se sabe a quién representa la estatua. Entonces se reinaugura como el héroe desconocido, con el mismo discurso de otro orador.

Episodios que incluyen el bronce pintado, costumbre recurrente. En página 13 se cuenta: «Por allá en el año de 1930, o antes, un director de edificios nacionales resolvió darles vida a las estatuas, y al efecto ordenó que se pintaran en sus colores naturales. El pantalón de la estatua del General Mosquera se volvió blanco, y la casaca verde».

La ejecución de la estatua fue un programa de partido al comienzo de la llamada primera violencia. Estatuas decapitadas, mutiladas, bustos rotos, el ultraje a los símbolos de un pensamiento que aún a comienzos del siglo XXI no se tolera ni por los que se definen como libres y tolerantes.

Caso raro, los bustos del general Rojas Pinilla que se conservan en diferentes regiones del país, cuidados y defendidos por los vecinos, que todavía les reservan un lugar limpio y los pintan y adornan a su mejor entendimiento.

En los últimos años las ciudades se llenan de estatuas vivas, que se ven necesitadas de bajar de su precario pedestal (un tarro invertido), a pedir su limosna mientras cambian de máscara. Y ahí a donde por fin hemos llegado, a la mas pura perfección, el vivo monumento al hambre, que no soñaron los libertadores. Famélicas estatuas, que a veces se desmayan bajo el ardiente sol. Y que por su calidad de estatua tampoco nos conmueven.

Para terminar, evitando que la reseña se convierta en novela, una observación válida para éste y otros libros: El texto informativo de las solapas (orelhas, en portugués) debiera duplicarse en el cuerpo del libro, porque si los libros se empastan pierden las orejas.

Jaime Jaramillo Escobar