Libros engañosos

Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 2007 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 44, n.º 75

Sobre El nuevo diccionario de la Ch, de Eduardo Arias y Karl Troller — Aguilar, Bogotá, 2005, 296 págs.

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No se distingue Colombia por el buen humor, sino por la violencia, hasta el punto de que un supuesto diccionario humorístico de la Ch se convierte en violento por su agresividad. Bogotá y Medellín han sido consideradas desde siempre como las ciudades más chismosas del país, donde un pretendido falso humor sirve para atacar irresponsablemente, sin el menor miramiento por la veracidad y la decencia, ya que no la elegancia (palabra totalmente desconocida). Los humoristas colombianos no creen que el humor tenga nada que ver con la verdad, o mejor, piensan que el humor les exime de toda responsabilidad al lanzar sus afirmaciones y acusaciones en tono jocoso.

El humor como diversión, crítica inteligente y censura social, y como forma de soslayar el fastidio y la desazón, por causa de nuestras desgracias fue sustituido por un carácter sombrío y desesperanzado, cuando no la franca desfachatez. Y no es necesario repetir la lista de esas desgracias, que pusieron la nación entre paréntesis, a la espera de un dudoso futuro. A simple vista parece un país festivo, para contar después de cada jolgorio los muertos y la tragedia.

El diccionario de la Ch es un insulto al buen gusto. Tiene un humor amargo y repulsivo. Libro de entretenimiento malsano, concebido para envenenar al lector. Atractivo en apariencia, como toda estafa, desprestigia un sello editorial de importancia. El humor colombiano actual, hecho por gente del montón para el montón de la gente, aparece pleno de ira e insania, injurioso y destructivo. Primitivo por tanto, inmaduro. Debiera ser sometido a revisión el fuero de que han gozado los humoristas para caricaturizar y desacreditar impunemente, sin verse obligados a sustentar nada, ni a ofrecer prueba alguna de sus denuncias públicas, con lo cual la calumnia permanece vigente.

El pretexto de la obra consiste en defender para el español la permanencia de la supuesta letra Ch, que los autores consideran amenazada de extinción, porque se confunde un sonido con una letra. En los idiomas son comunes los fonemas que se representan con dos letras o signos, como la doble ele, o la doble erre, por lo cual pudieron haber emprendido también los diccionarios de la elle y de la erre, que están en el mismo caso de la Ch. La intención, pues, no fue lingüística, sino periodística.

Se dice que, puesto que se trata de un libro humorístico, no se debe tomar en serio. Sin embargo, en serio y en broma, es de todos modos un diccionario. Un espurio diccionario, porque se refiere a una letra inexistente, como se comprueba en la computadora, y que además no está considerada sólo como inicio de palabras, sino que puede encontrarse en cualquier sílaba de la misma, con el propósito de obtener mayor número de páginas para vender más papel. De ñapa (los autores, que defienden el español, dicen bonus track), se agrega al final la eñe, por confusión fonética, para que el volumen sea ñoño, además de chocante, chambón y chabacano.

Puesto que se dice exhaustivo, extraña que no aparezcan algunas palabras comunes, como Chocho, que posee varias acepciones. Igualmente resulta rara la inclusión de términos que no son del español, sino marcas comerciales o nombres y apellidos entremezclados en la lengua común. Pero claro está que una obra como ésta queda por fuera del rigor académico. Para empezar, se titula El nuevo diccionario de la Ch.

El texto promocional de la contratapa merece algunas glosas. Al idioma español se le denomina castellano, dilema que desde hace mucho tiempo quedó resuelto. La Academia se llama «de la Lengua Española» y la gramática y los diccionarios se llaman «de español». Luego dice que los académicos no se deciden acerca de si la Che es o no es una letra: desconocimiento que sorprende, o tiene por único objeto justificar el diccionario. Componer diccionarios al margen de la lingüística constituye una audacia que conlleva riesgos. ¿A qué clase de lectores se dirige la obra?

En definitiva, el diccionario es una tomadura de pelo, con introducciones y definiciones chistosas, y un curioso Alfabeto de la Ch, todo lo cual supone garantía de éxito en la mediocridad general. La libertad que consiste en que cada uno diga y haga lo que le dé su real gana conduce a la disolución social, la anarquía y la guerra. Es lo que se vive en Colombia, en defensa de una libertad que promueve el odio mortal de todos contra todos.

Plagado de insultos, y concebido arteramente para calificar y acusar con ligereza y mala fe, este libro constituye también un delito.

Jaime Jaramillo Escobar