Historia y memoria

Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 2004 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 41, n.º 66

Sobre Pinceladas de Agua de Dios, de José Ángel Alfonso — Departamento de Cundinamarca, Secretaría de Cultura, 2002, 226 págs., il.

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A juzgar por la portada, el libro parece una cartilla cualquiera, lo que no es así. El formato incómodo y la diagramación no corresponden al concepto de libro, sino de revista, y no está justificado por las ilustraciones, pues fuera de la portada no contiene ninguna en tamaño página. Los que ahora diseñan libros, como libros no han conocido, los diseñan en forma de revista, pues para ellos todo es farándula.

Libro extenso, escrito por alguien que no tuvo instrucción y no sabe escribir, se lee con mucho interés, con agrado y sin el menor esfuerzo, a diferencia de los libros de historia compuestos por los nuevos historiadores con título universitario, los cuales son pesados y aburridos ladrillos, que exigen por parte del lector paciencia y esfuerzo para vencer el tedio que produce la suficiencia vanidosa del autor. Desde el comienzo mismo se nos advierte: «…protagonista viviente de la enfermedad de Hansen desde la edad de ocho años, primero en el lazareto de Contratación y seis años después aquí en Agua de Dios, yo no sé ni dónde se pone una coma, o lo que es una oración gramatical. […] Mi formación escolar ha sido de analfabeta». Construir esta obra le llevó diez años. Es un libro para ser recibido con la comprensión que merece todo esfuerzo realizado en condiciones desfavorables. En este caso la gramática no importa. Importa, y mucho, el contenido.

La falta de archivos para completar la historia (porque los papeles viejos se desechan), dificulta las investigaciones en Colombia. El autor se ha basado en sus propios conocimientos y en los de sus contemporáneos, a más de la primera monografía del lugar, comprendida entre 1870 y 1920, escrita por un enfermo de Hansen después de que perdió la vista y las manos. Entre los contemporáneos aparece en forma simultánea otra obra histórica, de cuyo autor se cuenta haberse inspirado años antes en una casual incidencia: «Pensando en conocer a fondo los orígenes de esta población, se motivó inesperadamente un día cualquiera, cuando a su paso por una calle se encontró de improviso un montón de libros que por su antigüedad fueron desechados como basura. Tomó un ejemplar y al hojearlo encontró con grata sorpresa un documento que le pareció de gran importancia, pues su contenido era una carta escrita en estos parajes cien años antes de la fundación del lazareto».

Entre dos alternativas: la corrección de estilo, o la fidelidad al original, el editor se decidió por esta última, a fin de conservar la autenticidad del texto. Desde su aislamiento («Hace tiempos que no tengo quién me celebre cumpleaños»), lamento de soledad que se escucha en todo el libro, el autor enseña —con mucha energía— algo importante: amar la patria por encima de todos sus defectos y problemas, y valorar lo positivo sin quejarse tanto de lo malo.

Para las nuevas generaciones el concepto de patria ha perdido significado. Lo expresa claramente el joven abogado Pedro Olivella Solano en su libro de heterónimos Poetas vallenatos: «La nación es una moneda gastada, que engendró sentimientos mezquinos. […] Esta poesía viene a decir el derecho a no cantar el himno nacional». La renuncia a una patria implica la renuncia a todas las patrias, discusión ya cancelada como otra de esas utopías imposibles que seducen a los jóvenes idealistas.

Un pueblo de enfermos que «…fue desconocido, confinado, perseguido y tratado con violencia en sus derechos», no espere usted que tenga una historia alegre. En 1931 el presidente Enrique Olaya Herrera ordenó la represión armada, enviando cien soldados y ochenta policías contra los enfermos que protestaban en la plaza por las injusticias padecidas. Resultado: nueve muertos y varios heridos, que pocas manos tenían entre todos para luchar con las carabinas oficiales.

En 1983, la misma historia: tuvieron que salir todos a la carretera, en protesta porque el Ministerio de Hacienda no giraba desde hacía once meses los magros subsidios para los dolientes. Fueron tratados como subversivos, que bloqueaban una vía pública. Ésta es la clase de respuestas que tantos enemigos les crea a los gobiernos. Contra los leprosos bala, ya que dinero no hay.

Población nunca aceptada de buen grado por sus vecinos, durante un siglo se vio hostilizada por entidades oficiales de todo orden, y aún desde dentro de la misma comunidad por sus propias autoridades. En página 164 se recuerdan «…los momentos críticos en que la Dirección del Sanatorio y el Ministerio de Salud han pretendido introducir nuevas normas en perjuicio de los enfermos». Baste decir que durante muchos años los tuvieron encerrados entre apretadas cercas de alambre de púas, como si fueran ricos hacendados.

Sabido es que numerosas personas en el siglo pasado dejaron importantes legados testamentarios, o por escritura pública, para los enfermos de Agua de Dios. De los cuales en Agua de Dios no se recibió un peso, porque todo se lo robaron: «Las donaciones en dinero efectivo no han llegado nunca jamás». […] «Las entidades oficiales del Gobierno se han tomado como propias estas donaciones y legados», dice en página 153. El capítulo sobre las donaciones y legados para los enfermos es uno de los más importantes del libro, bien documentado, con denuncias concretas y valerosas: «En esta danza de anomalías ha estado presente la anuencia de funcionarios del Ministerio de Salud, los organismos nacionales de Contraloría General de la República, la Procuraduría General, y la Presidencia de la República».

Muchos particulares y religiosos han hecho caritativamente lo que el Estado nunca pensó hacer, sino que se dedicó a obstaculizar los buenos propósitos de la iniciativa privada. Especialmente benefactores holandeses y otros europeos (alemanes, ingleses, franceses e italianos), llegaron a Agua de Dios e hicieron por su cuenta y riesgo lo que era obligación del Estado colombiano, del cual nada se podía esperar. Sólo en los últimos dos decenios la situación de los enfermos ha mejorado un poco, no mucho: en 1997 el Congreso aumenta a un salario mínimo el subsidio para los recluidos en Agua de Dios y Contratación. Y esto se critica como un despilfarro legislativo. Tanto, que los enfermos tienen que proceder, como ya lo han aprendido, a defender sus derechos.

El autor del libro, cuyo nombre tan disminuido aparece en la portada, agradece a los benefactores a nombre de todo el pueblo, vocería que puede tomar porque él se identifica por completo con la historia de Agua de Dios. En realidad, el volumen contiene dos libros entremezclados: la historia del lazareto y las memorias del autor, pero no podía verlo así, porque él es parte de esa historia. Dedica sesenta páginas continuas a su obra como pintor primitivista y a sí mismo, además de otras menciones, como en esos programas de televisión donde el presentador de la culebra entra a ser parte de la historia.

En realidad, todos los pintores y músicos, y cuantos de un modo u otro se han destacado por sus obras dentro de la comunidad tienen en el libro amplios y detallados informes, acompañados con reproducciones y fotografías.

Sobresale entre ellos el maestro Luis A. Calvo, cuyas tristes composiciones permanecen en la memoria popular. Su historia ejemplifica las dificultades que tienen que vencer en Colombia quienes poseen alguna habilidad. A Luis A. Calvo sus envidiosos maestros lo castigaban con rigor porque le gustaba mucho la música.

En general, los libros editados por entidades oficiales tienen una restringida circulación. Por no ser comerciales, suelen pasar desapercibidos. Además, no cuentan con buena imagen pública. El libro al que se refiere esta reseña, a pesar de sus ostensibles defectos, está concebido para producir diversos resultados y demuestra que el contenido es más importante que la forma. No se dice nada de su distribución, ni del número de ejemplares. El efecto depende de la lectura, y ésta de la publicidad. En un país de sordos, podría titularse románticamente Denuncias al viento. Romántico, porque el autor le imprime cierto lirismo decimonónico y lo finaliza con un capítulo de poesía que con la expresión nostálgica de los habitantes del lugar:

No temas saludarme
si hoy te ofrezco mi mano.
No es perfecta a la tuya,
pero no tengo más.

Y ésta es la que se llama reseña emocional, para que sepa. También se la puedo hacer lingüística, sociológica, religiosa o turística. Lo que quiera. Menos bibliográfica, porque a usted le daría mucha jarrera.

Jaime Jaramillo Escobar