Historia de una impostura
Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 2016 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. L, n.º 91
Sobre Traiciones de la memoria, de Héctor Abad Faciolince — Alfaguara, Bogotá, 2011, 268 págs., il.
Porque le concernía directamente, el autor decidió emprender una prolongada y compleja investigación para establecer la verdadera autoría de unos sonetos sobre los cuales existía vieja controversia. Eran o parecían ser de Borges, y alguien reclamaba derecho de imitación o copia.
Dedicada, honesta y seria indagación a través de muchos años en varios países. Solo con el fin de fijar inequívocamente la verdad y darla a conocer en el truculento mundo literario. La conclusión justifica el perseverante esfuerzo y las correspondientes satisfacciones.
El autor de la superchería dirá que todo fue un juego, un divertimento, que no había para qué tomarlo en serio, y por tanto no se justificaba tan onerosa investigación. Y así quedará el asunto, como tantas otras cosas, sin consecuencias. Que no sean tan serios y trascendentales. Que de antemano se hubiera podido entender, sin necesidad de comprobación.
El estudio (168 págs.) se limita a verificar y demostrar. Resumen del caso:
25 de agosto de 1987. Muere abaleado por el fanatismo político el doctor Héctor Abad Gómez, y Héctor Abad —hijo— encuentra un soneto borgiano en uno de sus bolsillos. En la lápida sobre la tumba del doctor Abad Gómez el soneto queda grabado en mármol y firmado con las iniciales JLB.
29 de noviembre de 1987. El soneto en cuestión se publica en El Espectador con la autoría de Borges.
Octubre de 1993. La revista Número publica «Cinco inéditos de Borges por Harold Alvarado Tenorio». Entre ellos, el objeto de la discordia. El autor dice que los sonetos llegaron a sus manos en Nueva York, el 16 de diciembre de 1983. Cuenta Tenorio que Borges le dictó los sonetos a María Panero en esa ciudad. Luego viaja él a España y los deja olvidados en casa de Carlos Jiménez hasta 1992, cuando vuelve a Madrid y los recupera. Por eso se publican diez años después de que Borges los hubiera dictado. Cuando me puse en contacto con Harold —escribe Abad Faciolince— éste me dijo varias veces que la historia de Nueva York era un invento suyo, que los poemas los había escrito él mismo, imitando el estilo de Borges. Y que después se los había propuesto a William Ospina para la revista Número. El ensayista anota en esa respuesta dos cosas extrañas: que la fecha de publicación, 1993, ocurre seis años después de la muerte del doctor Abad Gómez. Y la segunda, que al comparar las versiones, aparecen diferentes. A la objeción, Alvarado Tenorio responde: «Entonces tu padre llevaba el poema seis años antes de que yo lo escribiera».
En ese punto empieza una novela de intriga, con toda clase de testimonios encontrados, sucesos inverosímiles, y una madeja enredada para Agatha Christie. Si usted desea entrar en tal laberinto, deberá leer el ensayo. Demasiado embrollo para una breve reseña.
Conclusión: el soneto (y los cuatro más involucrados en el caso) es de Borges. Si en diferentes transcripciones aparecen con erratas, ello se debe a que manos ajenas manipularon intencionalmente los versos.
Extraño caso, que se vuelve noticia de interés general por la intervención de Harold Alvarado Tenorio, designado en el texto simplemente con el apelativo de «Tenorio».
Comprende la obra tres «relatos», de los cuales el primero constituye admirable estudio, puesto que las pistas se encontraban diseminadas en varios países, en poder de personas no imaginadas. Desenredar un asunto así requiere la paciencia y tozudez del sabueso. Puesto que se han agotado varias ediciones, puede suponerse que los interesados conocen el tema.
Se trata, en conjunto, de un testimonio autobiográfico, en primera persona y lenguaje coloquial, con la elocuente facilidad de palabra del autor. No en lenguaje literario.
El segundo texto, «Un camino equivocado» (54 págs.), se refiere a su primer viaje a Italia. El hombre perseguido por sicarios en el país de la libertad y el orden. Las dificultades iniciales de todo expatriado, abundantes en sorpresas buenas y malas. Al encontrar algún acomodo, el panorama cambia: las italianas son adorables. El camino equivocado no es Italia, sino ese vicio de escribir para el que no hay remedio, excepto el sicario.
«Ex futuros» es el título de las últimas veintitrés páginas. Un ensayo sobre lo que se desvió, o malogró, cambiado por otro destino, al impulso del azar y la caprichosa suerte (en la que el autor no cree, por carecer de definición precisa).
Traiciones de la memoria significa que, con el tiempo, los recuerdos tienden a desfigurarse, quedando de ellos una síntesis confusa, poco confiable. Leído el libro, tal no parece. Todo está narrado con los detalles necesarios, sin aparente exceso ni falta.
En último término debe hacerse el reconocimiento de la edición en semilujo. Notable por su elegante diseño, con valoración artística del blanco. Excelente la ilustración complementaria, con reproducciones facsimilares de los documentos pertinentes. Volumen que da gusto tenerlo en manos. Contradice los afamados libros virtuales, plagados de erratas y toda clase de faltas, cuando no incompletos, por ineptos transcriptores. Pertinente resulta señalar estas características, porque en el mercado abundan los libritos pobres, mal hechos, carentes de atractivo. No en la encuadernación clásica, sino de lomo pegado, para que no se puedan abrir ni empastar. Predestinados a la basura.
Jaime Jaramillo Escobar