Encerrona con fuente paisa y poesía
Reseña por Edgar O'Hara · 1988 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 25, n.º 15
Sobre Selecta, de Jaime Jaramillo Escobar — Tercer Mundo Editores, Bogotá, 1987.
Como el propio J.J.E. indica en la dedicatoria de Selecta, ha escogido «los mejores entre los poemas de [sus] últimos libros». Estos son, ciertamente, Sombrero de ahogado (1984) y Poemas de tierra caliente (1985); pero también los inéditos Poesía revelada y Poesía pública, lo que significa que nos quedamos con las ganas —por el momento— de constatar si los siete poemas incluidos nos parecerían los mejores. En todo caso podríamos leer Selecta a partir del Soneto al soneto (pág. 114), con el que se cierra el libro. Sería una rutina significativa si atendemos al Epitafio de Los poemas de la ofensa y al trío de sonetos contra, digamos, la solicitud de componerlos, al final de Poemas de tierra caliente. Con lo cual intento señalar una constante que se remite a los dominios de la forma: el soneto como epitafio de sí mismo, o el epitafio como fórmula expresiva que enlaza imaginariamente los difusos contornos de su fuente de energía. Al respecto, Sombrero de ahogado concluye con igual deseo; es decir, adjudicándole al sueño la progresión de la muerte.
Estos detalles podrían pasar casi inadvertidos en otros autores. Pero es evidente que para J.J.E. la escritura del poema es un discurrir en el que asoman con frecuencia los fantasmas de la forma. Y para ellos (¿Valencia y Barba-Jacob solamente?) existen exorcismos. Y en tal sentido se pueden orientar algunas opiniones. De Darío Jaramillo: «Hay un detalle de la elaboración de los poemas que bien vale la pena contar aquí: J.J.E. escribe varios poemas al mismo tiempo para mediatizarse, para desaparecer como individuo»1. Y en especial una de Cobo Borda:
La vocación de Jaramillo Escobar por expresar un yo colectivo, devolviéndole el canto al pueblo, rescatando las raíces negras e indígenas de Colombia, y reafirmando el origen campesino de nuestras ciudades, podría ser el equivalente poético de un populismo. No es así. Son los detritos líricos los que utilizan los políticos, del mismo modo que todos los boleros de Agustín Lara no logran enturbiar la fuente de la cual provienen: la vigorosa y melodiosa música de Rubén Darío2.
Desaparición del individuo (poético). Remanentes de voces engastadas en una tradición eminentemente auditiva, con sus arrullos y también sonsonetes de cadenas. De ahí que en Selecta, junto al saludo al nadaísmo La visita de cortesía (pág. 91), haya un voto de aplauso —por irónico que sea— al aprendizaje de varios «medios» considerados usualmente poéticos. Así como el poema podría contener un todo, entendido en términos siempre selectivos, también ofrece un vocabulario de recursos desalojados de la propia escritura pero vigilados de reojo. Acerca de ese todo conviene tener presentes las palabras sobre Guillermo Valencia: «Nos pasamos a vivir en la poesía de Porfirio Barba-Jacob, porque en la tuya se sufría mucho la falta de calefacción. Tanto mármol y alabastro, tanto desierto, tanto animal raro, tantos personajes teatrales, francamente no nos sentíamos cómodos» (pág. 84). Esa lista «incomprensible» de Valencia se trueca por otras predilecciones, como las enfermedades y la geografía en Multipoema (págs. 59-61). O el uso de flores y yerbas aromáticas en Alheña & azúmbar (págs. 55-58). Es decir, la noción de lo ilimitado tiene, necesariamente, sus bemoles fronterizos. Y a eso apuntan, presiento, los constantes guiños del poeta con las estructuras o modelos expresivos. Esta sería una de las tres líneas que me interesa destacar en Selecta. A su lado respiran las opiniones del hablante sobre el poema y sus alcances, pero no nos detendremos en ellas. Más bien internémonos en las citas pertinentes:
Este verso es un endecasílabo, bueno para el insomnio; y éstos son tercetos, contra las quemaduras. Y una décima para el dolor de cabeza. Dije una décima; no una pócima.
[Perorata, pág. 15]A cada cual su estrofa, la que le corresponde, todo el honor y el mérito y este orgullo y la eterna satisfacción. Canto el himno. La elegía el que la tuviere. Alabanzas. Altos cantos. Vengo dando grandes voces de montaña.
[Inscripción, pág. 31]A don Benigno Mantilla Pineda, que iba con ellos, le puse en la mano algunos poemas líricos que yo componía antes de dedicarme a la épica.
[Mi vida con el chamán, pág. 39]Me decís que si este es un poema en prosa, o una prosa poemática. Yo digo que es un poema en versos, pero si hay problema, que sea para el crítico.
[San Lorenzo, pág. 46]Yo quería hacer un canto épico para el río Cauca, pero mejor voy a esperar…
[Andanza del río Cauca, pág. 77]La frágil y perecedera perfección fue tu pasión despiadada y obtuviste con el triunfo la agonía, comparación que espero te sea grata. De todos modos nos enseñaste el cuidado del verso, aunque después cambiáramos de idea, Y el respeto por la poesía, ¡pucha que lo tenemos!
[A Guillermo Valencia, pág. 85]
Estas intromisiones de la «norma» sirven para recordarle al lector, de rato en rato, que la usurpación se engendra allí mismo, a la vista y paciencia de la preceptiva. Y creo que esto tiene, además, una segunda intención (como diría J.J.E.) que anida en la línea que va del orden social y políticamente establecido a su parodia, a su inmersión en el ridículo. Este enfrentamiento, que anima toda la poesía de J.J.E., equivale a la carnavalización propuesta por Bajtín. Y a la puesta en escena dialógica. Son las ventajas de la poesía narrativa. Y así como el poeta amansa (verbo clave) su materia (arisca), también se encarga de poner patas arriba el mundo que de por sí se encuentra sobre estos hablantes. O mostrar sus prendas íntimas para desmitificarlo. Incluso cuando en una oportunidad el hablante pertenece al bando de encima (un policía), su actitud lo coloca de inmediato en la otra parte:
«Por el puente de Bolombolo perseguí a un bandido una noche, el bandido se arrojó al río, hice un disparo al aire para poder ir a tomar cerveza con el teniente y conversar del asunto» (Sarta del río Cauca, pág. 21).
Y tiene, pues, mucho de Chaplin, Buster Keaton, Laurel y Hardy. Es el aguafiestas nato, la incorregible espina-en-la-carne. Los ejemplos sobran y escojo unos cuantos nada más para ilustrar esta segunda línea:
Alcanzó la dignidad de juez en un pueblo antioqueño. Después de haber sido juez estuvo dos veces en la cárcel porque nunca dejó de ser indio y eso no tiene perdón.
[Mi vida con el chamán, pág. 39]La tuvimos (la aldea) hasta el día que llegaron unos policías de Bogotá, mandados por el gobierno, que es el que hace las planificaciones, y decidieron que había que matar a las gentes y quemarles sus casas porque no estaban haciendo nada útil. Que debíamos irnos para la capital a trabajar en una cosa llamada industria.
[San Lorenzo, pág. 46]Anduve por Saravena, por Simití, Circasia, Piendamó, La Rochela, por el Ariari, por Mocoa. Me contabas, la otra noche, que habías estado en Rochester, en Manchester y en Stuttgart.
[Multipoema, pág. 61]¡Tan pobres que somos, y tanto que nos codician los ricos! ¡Y cómo nos desprecian y se burlan! Juegan con nosotros como el gato con el ratón. Hasta nos prestan dinero para que les compremos armas para defendernos de Ellos.
[Andanza del río Cauca, pág. 75]No nos intimida vuestro esplendor. Pero no tratéis de aprovecharos de nuestra pobreza. La pobreza es nuestra última arma.
[Visita de la reina Isabel a Colombia, pág. 82]Ellos nos han decretado el juicio final. Danos fuerza para luchar contra el juicio final. Ellos dicen que tienen la razón y el derecho de su parte. Danos fuerza para luchar contra la razón y el derecho que están de su parte. Ellos dicen que tienen la justicia de su parte. Danos la fuerza para luchar contra la justicia que está de su parte. Ellos dicen que tienen a Dios de su parte. Danos fuerza. Danos fuerza.
[El canto del siglo, pág. 110]
La última cita la he escogido ex profeso. Al santuario de la cordillera suben «el eco y el clamor». El cielo que es poema devuelve un silencio rebosante de significados. Es la tercera línea que se observa en Selecta (la distribución no implica rangos de importancia, aclaro) y tiene que ver con esos conceptos de universalidad y reciprocidad de los que el poeta se sirve para su alegato. Esta demanda es religiosa y, en última instancia, parabólica. Se sitúa convenientemente en un pasado (la pobreza se medievaliza, pág. 81; el desamparo biológico pertenece a la prehistoria, pág. 96); para provocar en el poema la palingenesia, la regeneración, la resurrección de una regla equitativa. En fin de cuentas, la reinstalación de una solidaridad familiar, muy en la onda —que no excesiva, ideológica— de ciertos poemas vallejianos. Por este atajo intemporal es permisible sentir, en la duración del poema, la confianza en una eternidad y una salvación al margen de sectas, capillas y rituales.
No es el paraíso cristiano ni ese cuerpo libre de los mejores apetitos. Ambos coincidirían en el silencio. Para Jaramillo Escobar será la cena de gala del lenguaje, sin primeros ni últimos convidados. La selección de Selecta, más bien.
Edgar O'Hara
- Darío Jaramillo, epílogo a Sombrero de ahogado, Medellín, Autores Antioqueños, 1984, pág. 90.
- J. G. Cobo Borda, Poesía colombiana, Medellín, Universidad de Antioquia, 1987, pág. 232.