El rechazo a lo insuperable

Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 2004 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 41, n.º 66

Sobre Pereira: visión caleidoscópica, de Rigoberto Gil Montoya — Alcaldía de Pereira, Instituto de Cultura de Pereira, Colección de escritores pereiranos, vol. 18, Pereira, 2002, 176 págs., il.

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Aunque no escapa a sus detractores —que para todo los hay— Pereira es esencialmente una ciudad amada. Tiene sus admiradores, sus cantores, sus cronistas, sus agradecidos y entusiastas hijos, propios y adoptivos. Media docena de lemas la califican como un lugar mejor para vivir: Ciudad sin puertas. Ciudad amable. Ciudad de las mil y una sonrisas. Ciudad cívica. Ciudad prodigio. La ciudad que lo tiene todo. Los incapaces de amor, que todo lo miran con odio y envidia, nada pueden contra Pereira, porque las puertas abiertas también son para salir.

Si por algo pecan los historiadores de Pereira es por la indulgencia del amor. Todo lo más hermoso es de Pereira. Hasta los chistes que le hacen con mala intención se vuelven a su favor. Pereira es invulnerable. La invulnerabilidad de Cali se debe a su indiferencia. Pereira no es indiferente. Por eso la aman.

El libro que aquí se comenta es un libro de amor. Si tiene reclamos, son reclamos de amor. Por ello escapa a la crítica. Obra de un escritor joven, que como todos los jóvenes cree que su mirada es inédita, distinta a todo lo anterior: la misma nostalgia por el pasado, o si le parece más moderno póngale saudade; la misma beligerancia, sin la cual lo joven se opaca; los mismos sentimientos encontrados por la ciudad maternal. Por eso es bello y tonto ser joven.

Tiene el autor una peligrosa facilidad de expresión, como la tuvieron los nadaístas. A los nadaístas los salvó que de todos los colegios o universidades los echaban. En cambio el talentoso autor de este libro tuvo que aprenderse toda la babaza académica, con la cual es imposible llegar a ser escritor. Trastabilla con todos los clisés y muletillas que acreditan sus títulos. Por eso escribe así:

El hecho estético. El espacio fictivo. El constructo de un corpus narrativo. Corpus literario. Los procesos escriturales. Los procesos historiográficos que la ciudad propicia. Parto de un hecho que resuelvo metáfora en las dinámicas escriturales que la ciudad propicia. Un lenguaje que escenifica las dinámicas de un colectivo. Ampliar el corpus de las versiones oficiales. La manifestación de la cultura en su legado intertextual. Las motivaciones por el hecho de la escritura. La inacabable mancha urbana. Desde el ejercicio de una palabra que nombra e infiere. Pensar lo universal como instancia profunda de sociedades que se piensan y se preguntan. Una geografía cuyo imaginario escritural. El tejido de lo urbano en la cartografía de la palabra que nombra. El espejo que precisa una imagen y entorna ciertos destellos de lo cotidiano. La ciudad condesciende al tejido de la oralidad. En el plexo de la escritura que impele construcción de mundo. En las dinámicas del texto que circula. El pintor infiltra los vórtices y las coordenadas de un espacio retocado en los diarios de campo de los viajeros extranjeros.

Para no parecer sádicos se suspenden las citas, aunque el autor emplea asimismo unos términos demasiado originales, como noctuidos por noctámbulos, descolla por descuella, y otros que sería curioso catalogar.

La obra obtuvo por concurso el premio Colección de escritores pereiranos, 2002. El autor la denomina ensayo histórico, y consta de ocho capítulos que son una cosa o la otra: Reconfigurar la ciudad o la dimensión de la luz en el tejado. El hueco de cristal o los destellos del documento histórico. Las lámparas de la vigilia o la forma periódica de un registro. Visión estereoscópica o la poética de un texto escrito a varias manos. Cada capítulo está precedido por una página de epígrafes. Al final de la lectura, después de un diálogo del autor con su sombra, y de acuerdo con el título del libro, sólo queda la idea de dispersión. Es un texto difuso, tedioso, que no admite relectura. Su vaguedad proviene del tono literario y medio poético heredado de una escuela que el autor repudia. La calidad de un libro se mide por su capacidad de suscitar relecturas. El buen libro nunca es desechable. Ésa es la conclusión.

Escribir es como cabalgar: hay que saber cuándo se va al paso, cuándo al trote, y cuándo se pueden alegrar el caballo y el jinete con un corto galope. El mismo caballo lo indica. De lo contrario, el paseo resulta monótono y ambos se cansan.

La parte en que el autor declara su amor por la ciudad es la más interesante porque, ¿a quién no le gusta oír una declaración de amor? Expresa lo que para él significa Pereira. Luego viene una aproximación a la historia, de menor interés, por ser más o menos conocida en la región. Y porque insiste en la falsedad de dos historias: una oficial mentirosa, y otra de izquierda, inventada después, que sería la verdadera. Por eso se dice que hay una sola cosa que Dios no puede hacer, pero los historiadores sí: modificar el pasado. Después, el libro se ocupa con detalle de escritores y periodistas pereiranos y sus obras. Los nuevos se quejan por falta de lectores y reconocimiento oficial —aunque siempre estuvieron contra las instituciones— y plantean rencillas domésticas por las excesivas medallas, pergaminos y demás quincallería que otros —dicen— acaparan. Todo muy infantil y muy provinciano. La mediocridad rechaza lo que no puede superar.

En cuanto a la historia (por la forma como se fundó la ciudad), el autor niega que tenga algo de épico, y por tanto nada hay para celebrar. Todas las fundaciones que antaño se hicieron, y aun las que están por hacerse, son en conjunto sucesos que constituyen la epopeya nacional, pues al considerarlos se debe empezar por el principio, desde antes de los colonizadores. Llegar a los asentamientos que hoy ocupan las ciudades, abrir la espantosa selva, construir caminos y fundar pueblos, son actos heroicos, y por tanto sucesos épicos. Decir que llegaron algunos hombres y mujeres, y proclamaron una fundación, ésa no es la historia, aunque desde nuestros escritorios se vea como cosa fácil y pintoresca. Cualquier camino que hoy disfrutemos cómodamente, convertido en carretera, hay que pensar cómo se hizo. Minimizar los enormes esfuerzos de los antepasados es ignorancia de los que hoy encontramos las cosas hechas, con todos los servicios funcionando.

Dice la historia que a Barranquilla la fundaron unas vacas, que llegaban buscando agua en tiempo de sequía, y en cuyo recuerdo existe la Calle de las vacas. Pero las vacas no tuvieron intención de fundar una capital, ni sabían que aquello sería Barranquilla. Debiera llamarse Calle de los pastores, que fueron quienes determinaron el asentamiento. Como no fue ningún notable, sino humildes pastores, y desconocemos el heroísmo del pueblo, preferimos rendir el honor a las vacas y olvidar a los pastores, calzados con sandalias y a medio vestir, mientras que las vacas estaban correctamente empelizadas. Sin contar con que es mejor descender de unos pastores trabajadores y honrados que de unas vacas ladronas como son todas las vacas sagradas.

Otras glosas podrían hacerse al libro, pero ya se dijo que el amor no se critica. También están los que aman a Armenia o a Cartago, aunque el autor se burla de ellas por «el carácter culto, espiritual y aristocrático que las ciudades vecinas pretenden endilgarse».

Jaime Jaramillo Escobar