Desventurada Buenaventura en seis historias

Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 2007 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 44, n.º 75

Sobre Buenaventura y sus historias paralelas, de Gustavo Espinosa Jaramillo — Universidad Santiago de Cali, Cali, 2005, 242 págs.

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Historias paralelas son las continuas y diversas vicisitudes del puerto y ciudad de Buenaventura desde sus inicios en tiempos de Bolívar hasta el 2005, expuestas con riguroso método sobre una investigación seria y profesional. Al concluir su lectura la impresión que queda es la del perpetuo desorden, la improvisación, la indecisión y la incompetencia del gobierno central en Bogotá para administrar la república y atender a las provincias. De donde los renovados sentimientos de federalización que crecen con cada problema cuyo análisis se archiva en las oficinas nacionales.

Entre los curiosos defectos de los colombianos está la creencia inveterada en los decretos y anteproyectos. Las cosas no se hacen, pero todo comentan que ya se firmó el decreto. En la página 170, con relación a Bahía Málaga, se lee: «Hace noventa años que se empezó a discutir si se debía construir allí un puerto marítimo». Noventa años no es mucho. Todavía se puede seguir discutiendo. Es el estilo colombiano. De todos modos Santander, José Vicente Concha y Marco Fidel Suárez ya firmaron las leyes y decretos. Decretos que tenían la palabra hermosura: «El poder ejecutivo nombrará personas de inteligencia que designen el lugar más adecuado en que debe edificarse la villa, proporcionando la seguridad, comodidad, salubridad i hermosura». Simón Bolívar también firmó como Libertador Presidente, y a pesar de tantas y tan ilustres firmas Buenaventura no lograba consolidarse. La fundaron y refundaron varias veces. Parece ser un puerto móvil.

Las dificultades no están en la pobreza. La verdadera pobreza es mental. En la página 95 hay una cita de don Agustín Codazzi: «Es de admirarse que hayan transcurrido más de dos siglos y medio sin que se haya pensado en establecer una buena población en la isla Cascajal».

«El pueblo creció sin orientación y sin orden, circunstancia que a largo plazo perturbó y frustró su desarrollo y evolución» (pág. 93).

La desventurada Buenaventura, por cuyo puerto pasan anualmente ocho millones de toneladas de carga, da al viajero la más pobre y miserable imagen de su población autóctona. En la fecha de esta reseña con el problema adicional de una violencia por la cual arrebató a Medellín la calificación de ciudad más peligrosa de Colombia. Contra un fondo de culatas de construcciones maltrechas y ennegrecidas por la humedad y el salitre, bajo una tormenta que asusta a los navíos, un hombre famélico pasa la noche al amparo de un breve alero con tres pequeños hijos que no alcanza a cubrir.

La obra no es una monografía, como puede parecer a simple vista. Es un informe especializado sobre el municipio como ente territorial y el puerto. Documentado, concreto, producto de una muy buena investigación. No literario. No analítico. Información. Datos. Conciso. Sin rodeos. Orden cronológico. Varios índices. La redacción es la normal de un informe. Los capítulos terminan con resúmenes. Al final se despliegan los anexos históricos. Edición en rústica, sin diseño. Sin solapas, lo que resta consistencia a las tapas. El más notorio defecto es la redacción: ni el autor ni los editores tienen la menor idea acerca del uso del punto. La mala puntuación, que desfigura las frases, se ha vuelto común en los textos de los autores actuales.

Para el 2005 cuenta con diecinueve corregimientos, una población urbana de 400.000 habitantes y 42.000 viviendas. Densidad estadística de habitantes por vivienda: 9,5. El déficit habitacional estimado es de 15.000 unidades.

Para los festejos con motivo de la celebración del centenario de Buenaventura (1927) la Honorable Asamblea Departamental del Valle del Cauca destinó la suma de dos mil pesos, más diez mil para «el arreglo de calles». Al menos eso dice la Ordenanza. En cuanto al pueblo, seguro que se lo bailaron.

Para la fecha de celebración del bicentenario es probable que varios puertos estén operando en esa costa con movimiento estimado de treinta millones de toneladas año, una población modificada por la afluencia de otras regiones, y que los naturales que ahora llaman con elegancia afrodescendientes sigan en las mismas o peor, por la invasión de sus tierras para las necesidades del comercio internacional.

«Una docena de chozas habitadas por negros y mulatos, un cuartel con una guardia de once soldados, tres piezas puestas en batería, la casa del Gobernador, lo mismo que la de la Aduana, es de paja y de bambúes, situada en la islita de Cascajal, cubierta de hierbas, fango, serpientes y sapos: eso es Buenaventura en 1823».

Hierbas, fango, serpientes y sapos es el paisaje propio de los estuarios tropicales. Súmese la población negra y se tendrá un bello poema de Luis Palés Matos o Nicolás Guillén. Los negros son muy buenos para movilizar cosas pesadas: hágales un puerto. Se pelearán por el salario mínimo. Y los que decretan el salario mínimo, ganando millones. Ninguno de ellos sobreviviría con el salario que calcula para los demás.

La lentitud con que se fue formando Buenaventura obedeció a muchas causas, entre ellas los incendios, lo mismo que Tumaco. Los incendios de 1881 y 1931 la destruyeron por completo. Cuando se declara un incendio en una isla con viviendas de madera el mar envía sus vientos para avivar las llamas y sólo quedan chamuscadas palmeras. Cuando se declara un incendio en una isla con viviendas de madera es seguro que alguien prendió el fuego, y que el que lo prendió sea un político, y que nunca lo agarren. Pregúntele a Tumaco.

En la página 100 los problemas de Buenaventura quedan sintetizados así: «El Estado y quienes ganaron fortunas con los servicios del puerto no se interesaron en la construcción de la ciudad ni por sus pobladores […] El crecimiento desbordó la ínsula y a mediados del siglo XX se orientó hacia el Continente, donde se debió construir desde 1827. Los enormes problemas contemporáneos del puerto, de la ciudad y de sus habitantes, tienen ese origen».

En la página 122 se concluye: «Buenaventura es uno de los 142 municipios del Valle del Cauca. Su historia empezó en un embarcadero a orillas del río Anchicayá, siguió en la isla de Cascajal, pero la existencia paralela de la provincia del mismo nombre desde 1823 terminó por fusionar las dos trayectorias, la del ente territorial local y la del ente territorial regional intermedio. El resultado, que nadie quiso con deliberación, es un territorio municipal enorme: 6.078 km², casi la tercera parte del departamento (28,6%)».

Hacia el 2007 el periódico (no ya tipográfico sino virtual) titula en rojo: «Buenaventura se convirtió en un verdadero nodo portuario estratégico para el comercio exterior». En el penúltimo párrafo de la alegre noticia se lee: «Si bien aún no se ha firmado la ampliación de la concesión a la Sociedad Portuaria de Buenaventura, ya están sentadas las bases para que se firme». Y ésta es la séptima historia, de la cual se espera que tenga buen final.

Jaime Jaramillo Escobar