Del Huila con amor
Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 2012 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 46, n.º 83
Sobre Obra literaria. Edición crítica, de José Eustasio Rivera — edición de Luis Carlos Herrera Molina, S. J., Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá, 2009, 600 págs.
José Eustasio Rivera (1889-1928) resulta sorprendente en el Huila de su tiempo y en la Colombia de aquella época, por su perfección y grandiosidad. Sus sonetos siguen siendo ejemplo de interpretación y superioridad inigualables. Los enemigos del soneto denigran de él por su incapacidad para componer uno medianamente aceptable. Los de Rivera resuenan en el siglo XX con una sonoridad encantadora, una admirable precisión y una originalidad asombrosa con raíces telúricas. Fatigaron la memoria de varias generaciones, y dan brillo y lustre a la poesía colombiana en el mundo de habla hispánica. Nadie puede haber sido indiferente ante aquellos caballos que al final del soneto «oyen llegar el retrasado viento». Es un canto de la estirpe del famoso soneto de Juan Lozano y Lozano a la catedral de Colonia, en el que también el viento se desempeña al final con su proverbial maestría: «que se piensa delante a su fachada / en alguna cantera evaporada / o en alguna parálisis del viento», éste posterior al de Rivera.
La vorágine, como novela épica, recibe su aliento de la poesía. Los prosistas, considerando a la poesía como un género diferente y menor que el suyo, interfirieron en el ritmo original de la novela con el propósito de desterrar al poeta de la prosa. Prosa sin poesía, mala prosa. Depende, claro está, de lo que cada uno entienda por poesía. «Una pintura es un poema que se ve», explicó Leonardo. La poesía es un resultado artístico complejo. No reside en los versos. Si así fuera, no existiría la mala poesía.
Pero la reseña no se refiere a la obra de José Eustasio Rivera, cuidadosamente estudiada por la academia y valorada por un público entusiasta aunque reducido, que colecciona ediciones, sino sólo a la publicación en referencia, que presenta importantes novedades. Aunque un libro trascendental debiera ser cosido —no pegado— para mayor duración y facilidad de manejo, y con tapa dura, porque lo amerita, no obstante puede considerarse buena edición en rústica, con la particularidad de que a la poesía se le asigna un tipo de letra más pequeño que a la prosa, lo que indica en qué consideración se tienen una y otra. Pero lo verdaderamente notorio para una tarea de tal envergadura es el tiraje de trescientos ejemplares en un país de 45 millones de habitantes. Desde el punto de vista histórico los jesuitas no tienen buena imagen en América del Sur, lo que no excluye entre ellos a hombres de mérito, como el paciente realizador de tan minuciosa investigación para trescientos ejemplares de circulación precaria, por lo cual se dice que se trata de un trabajo hecho por amor, con desinteresada generosidad.
Básicamente se trata de una edición crítica conmemorativa de la obra completa de Rivera, cotejada con las anteriores para señalar diferencias ocasionadas por las revisiones del propio autor y los consabidos errores de imprenta, que en lugar de disminuir aumentan con las nuevas tecnologías en manos de «correctores» ignorantes, no sólo del español, sino de todo lo demás. Valga un ejemplo: el breve texto que extrañamente se ha popularizado, Apólogo del paraíso, dice refiriéndose al mito religioso: «Adán y Eva encontraron otra tierra y plantaron allí las semillas del paraíso» (metáfora de la supuesta felicidad primigenia). En las frecuentes reproducciones aparece la anomalía «semillas del paraíso», desconociendo que la agricultura se inventó hace apenas unos diez mil años, en aquella región entre los ríos Tigris y Éufrates que, por tal razón, se designa como el paraíso.
El volumen se inicia con breve prólogo ilustrativo (cinco páginas) del P. Rodolfo Eduardo de Roux, S. J., y un resumen biográfico de Rivera (diez páginas). La obra incluida consta de Poesías juveniles (sesenta páginas), Juan Gil (drama en tres actos), Tierra de promisión y La vorágine, cada parte precedida de un valioso ensayo que recuerda la sentencia de que «escribir es poner palabras sobre el papel de modo que no sobre ninguna». Los Anexos comprenden: Cronología del autor (seis páginas), Biografía del investigador, y la indispensable Bibliografía. Es tomo respetable de biblioteca. No uno de esos libritos estorbosos y desechables que abundan en la actualidad y redundan en las bibliotecas públicas, de las cuales, en cambio, se desaloja a los verdaderos escritores que no hayan sido consultados en los últimos cuatro años, como Aurelio Martínez Mutis, por ejemplo, aunque el volumen de lujo esté intacto, porque las bibliotecólogas no saben qué importancia tiene en la poesía colombiana, y porque, según explican, ni el espacio ni el presupuesto alcanzan para el mantenimiento de libros que poco se leen. Bibliotecólogas que, si tienen dos ejemplares distintos de una misma obra, prefieren el más reciente según la norma (ni hablar de piratería), aunque el otro sea edición príncipe del siglo XIX. Una bibliotecóloga me dijo un día que ella nunca ha leído un libro. Algo se oculta cuando las bibliotecólogas son intocables.
Y en cambio existe la crítica de la crítica, que permite anotar en la página 267: «La crítica que señalaba primordialmente los defectos de La vorágine se hizo en Colombia. La que comprendía sus inmensos valores se hizo fuera del país». Los comentaristas colombianos no podían entender el significado de metáforas e imágenes, y replicaban al poeta que «la tierra no suspira», «el paisaje no sufre», «el cauce no murmura», etc. (pág. 201). En la actualidad literaria aún se acusa de grandilocuente a Rivera, porque ésta es en Colombia una época infame, chata y pedestre, desangelada de grandeza.
Expulsado dos veces de colegios, la estatura literaria que Rivera alcanza ejemplifica muy bien lo que son tales instituciones, creadas para domesticar y engañar a los jóvenes con todas las mentiras que la sociedad necesita conservar. No sólo los colegios, sino también las universidades y demás instituciones educativas. Educar significa dominar. El niño quedó muy bien educadito: manso y obediente como un corderito.
Dos ejemplos recientes, que vienen al caso para reafirmar que lo que se dice no es historia antigua:
David Gonzalo Henao Alcaraz, joven escritor de calidad profesional, presenta en la Universidad Nacional, sede Medellín, un trabajo académico requerido. La profesora se lo devuelve porque no contiene cita alguna de importantes escritores que lo respalden. El estudiante argumenta que no lo necesita, que el texto contiene lo que él puede decir con su propia reflexión y experiencia. La profesora replica que él todavía no está en condiciones de pensar por sí mismo hasta que no haya obtenido el doctorado, «el más distinguido y más leído del planeta».
Otro joven, asistente al taller de poesía y creación literaria de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín, recibe de su profesora en la universidad la tarea de presentar un trabajo analítico-biográfico de algún poeta colombiano contemporáneo. Para su desgracia, el estudiante escoge al autor de esta reseña y solicita su ayuda. Se le suministra la información requerida previa advertencia de que se ha equivocado de autor, y él prepara y presenta su trabajo. La profesora lo califica con 0,9 porque, según ella, la información biográfica está errada y el análisis desacertado: hablar con una ballena no puede significar lo que él interpreta. Sucede en la Facultad de Filosofía y Letras. El joven, con toda razón, retiró su amistad al falso maestro.
La historia de la literatura y las artes está llena de rechazados en los colegios y universidades, que no toleran que nadie sobresalga por encima de sus profesores. José Eustasio Rivera constituye el mejor ejemplo para esta ocasión. No lo doblegaron, pero lograron confundirlo, que es el propósito. Exclama: «Algo espera mi alma sin saber lo que espera». A partir de allí él entendió bien lo que es la justicia. En la primera parte de la novela, pág. 168, mano Jabián explica: «Con la justicia no nos metemos, porque nos coge sin plata».
Jaime Jaramillo Escobar