XXX concurso anual
de novela Ciudad de Pereira
Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 2017 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. LI, n.º 92
Sobre La facultad del deseo, de Álvaro Acevedo Tarazona — Alcaldía de Pereira, Instituto Municipal de Cultura y Fomento al Turismo, Pereira, 2013, 112 págs.
Descripción: 21 x 14 cm. Solapas: 9,8 cm. Encuadernación: pegado al lomo (no cosido). 160 g. Falta índice puesto que los capítulos van titulados. Letra muy pequeña para una novela: limita la lectura o selecciona al lector.
El Concurso de Novela Ciudad de Pereira se distingue por su celebración anual ininterrumpida desde 1984, por la excelente calidad de casi todas las obras premiadas y porque en tres de esos años (2003, 2005 y 2008), los y las jueces fueron capaces de dar una lección al declararlo desierto.
El título ganador más sugestivo de todos es el de 2007: Abajo en la 31. La novela inolvidable: Coclí coclí el que lo vi lo vi, de Martín Alonso Abad Abad (1987). Y desde que comenzó el concurso, una sola mujer, por dos veces, ha sido premiada (1991 y 2004): Susana Henao Montoya. La facultad del deseo, obra ganadora de la trigésima edición del concurso, está a la altura de lo mejor en este concurso, aunque eso no se evidencia desde el principio. En muchas obras ocurre así: el autor toma demasiado tiempo en los prolegómenos.
Truculenta (característica del género), cumple a cabalidad con la expectativa general ante la narrativa: duda inicial, concreción del tema, interés sostenido, conclusión inesperada.
La cosa sucede entre profesores universitarios y muchachas estudiantes —y otras «que ya estudiaron»—. Se nota que Álvaro Acevedo Tarazona tiene experiencia en asuntos complicados. Grave, si se descuida. Muchas muchachas, igual, muchos problemas. Ellos se lo buscan. De lo contrario, no habría novela. La lectura requiere cierta complicidad porque ellos son casados y están la decana y el rector y el Consejo Directivo y están la denuncia y todo el personal necesario para embarullar el asunto. A simple vista, parece algo trivial y marrullero: mezcla de política, universidad y sexo. Pero, qué importa que unos personajes de novela se metan en líos. Allá ellos. El autor, hábilmente, entreteje su trama, trata de despistar con asuntos serios, engaña a todo el mundo y, al final, se lleva el premio.
Entre los tales asuntos serios se pueden citar algunos para que no se crea que no hay respaldo intelectual. Primero está la forma literaria que obliga a releer. Mezcla capítulos y sucesos, en un procedimiento que enreda al lector (es el propósito), induciéndolo a llevar un resumen para no desorientarse. Novela truculenta, profesional, muy bien estructurada, bien escrita y entretenida, con los ingredientes científicamente combinados para producir un calculado efecto en cierto público. Lo que no es novedad.
Con enredos femeninos —tema frívolo por definición, que alcanza cumbres de cursilería y ridiculez— e intrigas malintencionadas de universidad, el autor logra captar la atención mediante el arte de la suspicacia, el mañoso procedimiento de la intriga y la astucia del narrador, «en estos tiempos de nativos digitales».
Trabajo muy profesional, supera la idea de la novela como pasatiempo e introduce al lector en un laberinto de intrigas que…
Dejar que hable por sí misma. Esa puede ser una buena manera de exponer al público para su consideración la obra que se comenta y su vigoroso estilo. Mientras no se conozcan fragmentos de un libro, es imposible inducir, solo con la apreciación de un comentarista, a un juicio suficiente, que lleve a su lectura:
Pág. 12. Antes de Sanín, la facultad era lo más parecido a una factoría que se declara en quiebra, mientras los trabajadores, sindicalizados, buscan sin suerte salvar lo que ellos mismos habían ayudado a destruir.
Pág. 22. De pronto te encontré de nuevo, Salamandra, aquí en esta ciudad, Pereira. Porque solo los dioses le hacen trampa a los dados. Te encontré en esta ciudad generosa y libre, como el amor de sus mujeres. Ahora que estás arriba en la pasarela, sólo pienso en mirarte y sólo pienso en la muerte, como una salida quizá, como un ajuste de cuentas para algo no resuelto. Un amor puro y sincero, así te han anunciado. Volverías a desaparecer y te encontrarías de nuevo aquí, en El Séptimo Cielo, esperando a que Nico entre por la puerta adornada con luces de neón. La noche huele a sexo, huele a ti, huele a muerte. Y estoy hambriento.
Pág. 33. Sopa de vaginas. Es la mejor de las sopas porque encoña el paladar. Las mujeres llevamos la marca lésbica, tenemos algo de prostis, un corazón muy limpio y una boca sucia. No me inmuté cuando me soltaste aquella perla en el club. La princesita polaca con la que habías hecho el show en la piscina, también llegó a nosotros y me pidió trescientos euros por veinte minutos, no sin antes rozar su lengua en tus labios gruesos y dirigir su mano hasta mi bragueta para fustigarla como un súcubo hambriento. Se lo habría dado, si no fuera porque esa primera noche ya estaba perdido por ti en De Copas.
Pág. 64. La academia no era más que una cueva que me daba techo y abrigo, un mundo de formalidades que me consumía, un intríngulis de relaciones tan falsas como las convicciones políticas de los pequeños burgueses de izquierda. Emilio, el viejo decano de la Facultad, entendía mi desventura y por ello hizo hasta lo imposible para que aprobaran la comisión que me habría de conducir, cómo saberlo, hacia ti, Claudia Sarahay.
Pág. 72. Natalia se había vuelto tan popular como Antonio, no solo en el campus, donde según fui entendiendo había logrado el estatus de prepago entre los estudiantes, sino en esa cruel maraña que avanza sin control por las redes sociales como agua de cañería. Karen, con su odiosa imprudencia, me había dicho que ellos, sin duda, eran la pareja del año.
Los baños universitarios son en realidad una prolongación de las redes sociales, un modo rápido de conectarse al cotilleo, un collage que registra, como ningún otro medio, los niveles de educación alcanzados en un país miserable, moralista, educado en el temor culposo al sufrimiento de quien murió en la cruz por todos, incluyendo por quienes preferimos el sexo sufrido con unas putas que temen a Dios y tienen sentimientos encontrados con María Magdalena.
Pág. 106. Martina Ferro pertenece a esa clase de intelectual que cree en la revolución, con tal de que la revolución le permita vivir como burguesa mientras educa a las masas en exigir sus derechos.
Solo unas cuantas citas, pues no querrá usted que le copie toda la novela.
Jaime Jaramillo Escobar