BOGOTÁ, JULIO 26 DE 1981
Jaime Jaramillo Escobar
Mencionas el ritmo diferente al original que di en la traducción a tu poema Navio que partes para longe. Hay un motivo: desde un principio pensé en ese poema como en una canción, y por eso lo titulé Canción del navío que se aleja. Al hacerlo así no pensé en música brasilera, que le será puesta al original por un compositor brasilero, sino en música para el español de América. La música del Brasil tiene un ritmo propio e inconfundible que la identifica. Para la música nuestra yo necesitaba traducir también el ritmo interno del verso, adaptándolo a la lengua castellana. Al final creo que resulta la misma saudade.
Pasárgada es la única ciudad del Brasil que conozco por haber estado en ella muchas veces. En la página 77 de la tercera edición (Editora do autor), Bandeira se refiere a la musicalización de los poemas: “Muchos poetas hay que sobreviven porque algunos de sus poemas fueron musicalizados”. “Me gusta ser musicalizado, ser traducido y… ser fotografiado”. “Nunca la palabra cantó por sí misma, y sólo con la música puede ella cantar verdaderamente”. Si relees esas páginas de Bandeira encontrarás una mejor explicación acerca de por qué le cambié el ritmo a tu poema al trasladarlo a mi lengua. Es que, fundamentalmente, el ritmo del castellano es distinto al del portugués. Por tanto, mientras no le cambiara el ritmo, no estaría todavía traducido. Y ahora que lo tengo en español, ese poema me está cantando por dentro.
La referencia a Pasárgada me lleva a una aclaración: en la página 102 de la misma edición, Bandeira cuenta que el poema Balada de las tres mujeres del jabón Araxá “fue escrito en Teresópolis, después de haber visto en una tienda el afiche del jabón”. Siempre he pensado que los anunciantes se ganaron la lotería con ese poema, y que las tres mujeres del jabón Araxá son inmortales. Si el jabón ya no existe, o si el fabricante no aprovechó la oportunidad publicitaria, no importa: de todos modos, yo sólo me baño con jabón Araxá.
Te estoy debiendo unas palabras sobre Eduardo Mendoza Varela, para sumarlas a las de Otto Morales. Cuando me dio tu libro, dirigía el suplemento literario de El Tiempo. Hoy dirige el Instituto de cultura hispánica. El Rey de España le confirió hace algunas semanas la Orden de Isabel la Católica. Se le admira como escritor serio y pulcro. Su limpia amistad es una de las mejores cosas que me han sucedido. Por su libro te habrás dado cuenta de que se trata de un náufrago. No sé cómo puede sobrevivir un hombre tan fino en un tiempo de rudeza. Delicado e inasible, en su casona colonial, entre miles de libros, Eduardo es uno de los pocos ángeles que quedan. Temo que se vuele un día de estos, silenciosamente.
En mi pasado viaje a Cali subí hasta una montaña de la cordillera Occidental, a la hacienda de un amigo. En sus linderos vivió solo, durante millones de años, el señor Gerardo, en su choza de paja. Pero en diciembre pasado, sin saberse de dónde, le llegó un perro desconocido en la región y se quedó con él para siempre. Cuando me acerqué curioso, el perro con alas estaba echado en la maleza, guardando el refugio. Sin moverse, me dijo: –“No pase usted, caballero. Estoy aquí para cuidar del señor Gerardo. Ninguém na terra é sozinho”. ¡Era un ángel del Brasil!
En Neiva, hace pocos días, un transeúnte en el parque sintió que le arrebataban su sombrero de fieltro. El ladrón huyó rápidamente, y se escondió detrás de un árbol. Cuando lo encontraron, declaró: “¡Es el hambre, el hambre!”. Y terminó de comerse el sombrero. El periódico dijo que era un loco. Para el periódico, todo el que tiene hambre está loco. ¡Perro de Dios, ven a morder al director del periódico!
En estos días he visto algunas películas del Brasil. No sé si República de asesinos fue permitida allá, o si la vimos de contrabando. Asesinos también somos aquí, asesinos es lo que más hay en todo el mundo. A sueldo, sin sueldo, profesionales, aficionados, de ocasión, solitarios, en pandilla, asesinos por todas partes. Si Creusa te vuelve a preguntar qué comeré yo, puedes decirle con toda seguridad que carne de niño a la brasa.
J. J. E.