BOGOTÁ, FEBRERO DE 1981
Jaime Jaramillo Escobar
Resulta frecuente aquí que alguien dé muerte a otro por diez centavos, por un tabaco y hasta por un fósforo. Es más: por un saludo, por un piropo, por un apodo. Se mata por tan poca cosa que parecería que éste fuese el pueblo más pobre del mundo. Sin embargo, hay quien gasta medio galón de gasolina en bañar a un niño y prenderle candela. ¡Y tan cara que está la gasolina!
En Colombia, el concepto general de la felicidad humana se reduce al dinero, y por eso no se tienen amigos sino clientes a quiénes estafar y arruinar. Muy distinto en el Brasil: Aleijadinho no estaba obligado a ser generoso, y sin embargo inmensas moles de piedra de Minas Gerais se ablandaron al contacto de sus manos ya sin dedos, y resultó así que un hombre enfermo y proscrito nos legó un tesoro que no merecíamos.
Ayer, una tierna niña de doce años mató a su padre con una pistola por un asunto baladí. Noticia sin importancia. Ocurren cosas más interesantes.
Unos cuantos poetas como tú no podrán modificar a la humanidad. Sólo los ingenieros genéticos están en capacidad de hacerlo, lo están haciendo ya, pero los científicos dudan del precio.
La tarjeta que recibí de Creusa. Precioso su grabado de ese rincón de Olinda, junto al mar. Los trazos del follaje, ondulantes con la brisa, mueven entre la torre y los tejados el olor herrumbroso del salitre. El mar está y no está; yo no sé cómo hizo para poner ese mar invisible que apenas se adivina, mar que se refleja en las manchas de las paredes, en los flancos de la torre. Ese mar reflejado es lo mejor que puedo decir de esta tarjeta, pues yo nunca había pensado que el mar se pudiera pintar sin pintarlo. Creusa es una gran pintora, y me parece maravillosa junto a un gran poeta.
En el grabado de Creusa, además de las cualidades del dibujo, hay poesía. No es solamente motivo construido, la copia de un paisaje interesante. Si no fuera tan artista no hubiera logrado describir ese mar percibido a través de la sugerencia de algo impalpable que se deshace.
Hay un aire solitario y abandonado en ese campanario, la humedad ha hecho crecer los ramajes, y ese viento de puntas frías que describe João Cabral de Melo Neto en la costa de Pernambuco también agujetea y arruina la silueta de Olinda. Lo estoy viendo, Creusa, en tu tarjeta.
Por las fotografías que me enviaste encuentro en Recife ese aliento triste que tienen los puertos, aun en carnaval. Es algo que siempre se está yendo, que tal vez no retornará. Cuando uno llega a un puerto, las casas lo miran para ver si es el esperado que regresa. Hay un adiós en los puertos que se ahonda más en cada uno que llega, un adiós que siempre está creciendo, que se escucha en el mercado y en las noticias de la radio. Cuando tú llegas a un puerto, de una vez te dice adiós, por si acaso ya te vas. Tengo nostalgia de puerto, y es por esta marina de Creusa, que no sé cómo hizo para poner tanto color con tan sólo el negro del grabado.
El día que llegó tu carta (las cartas que vienen de un puerto nunca son iguales a las de una ciudad del interior), estaba conmigo Jorge Ruiz Linares, maestro entre los pintores colombianos. Ya se despedía, tenía puestos el abrigo y el sombrero, el paraguas en la mano. Eran las siete de la noche. Empecé a hablarle de ti, le leí tus poemas. Cuatro horas después nos dimos cuenta de que aun tenía el abrigo, el sombrero puesto, el paraguas en la mano. Ni siquiera habíamos tomado un café. Se despidió por fin a las once, dejando para ti un abrazo emocionado.
En este momento son acá las 12 de la noche, dos de la madrugada en Recife. En la cercana Olinda el mar bate sus caudas en la oscuridad contra los arrecifes que protegen el puerto. La tranquila noche en la costa deja pasar el viento entre los dormidos. En el grabado de Creusa las sombras son pedazos de noche que no alcanzaron a despegarse de las paredes.
Siguiendo por la izquierda del grabado llegué a Belém do Pará, sus amplias avenidas sombreadas por los enormes árboles que juntan sus copas formando frescos túneles. Como es muy tarde, las dos de la madrugada, remonto el Amazonas al occidente, hasta la desembocadura del Río Negro. A estas horas da miedo quedarse en la playa, a solas, con el viento del mar que rompe furiosamente la barrera de la selva. Pero el domingo esta playa se llenará de bañistas, de color y alegría, como si se olvidara de las noches tan terribles que le caen encima, noches extranjeras que vienen desde Oriente con su carga de dragones y demonios para nutrir la selva.
Siguiendo hasta Manaos legendaria, me detengo en una esquina mientras cambia el semáforo, frente a su restaurado teatro de mármol. La casa de la esquina es de dos pisos, en los bajos hay un comercio, cerrado a esta hora, y mientras me entretengo observando los adornos de madera pintada me doy cuenta de que me he alejado demasiado de Recife y regreso rápidamente por la parte inferior del grabado.
Mencionas a tu tío Julio. Es curioso: mi personaje inolvidable es mi abuelo Julio. Julio Escobar. Abuelo-tren, abuelo-barco, abuelo alegre, corriendo por el mundo echando humo por su pipa. Murió mientras su confesor reía a carcajadas por los pecados tan graciosos que el moribundo le contaba.
J. J. E.