EL SOLITARIO DE CAYO BOLÍVAR

En una época ejercí el codiciado oficio de guardafaro.

Fue después de haber cursado la carrera de arquitecto del paisaje que los paisajes empezaron a parecerme deliberados.

Entonces decidí buscar una isla que no tuviese más que una palmera y una roca. En esa palmera colgué mi diploma de arquitecto del paisaje.

Bien es cierto que desde niño comencé a publicar mi inclinación por la soledad.

Había deseado hacerme anacoreta, sobre todo estilita, en una columna bien alta, donde todos me vieran, no solamente este siglo.

Hacerme eremita, cualquier cosa, con tal que me tuviese alejado de vosotros. Os mandaría la dirección por correo.

En un acantilado, sobre la brava costa, establecí mi primera torre. Mi mujer y mis dos pequeñas hijas se negaron a acompañarme. Comprobé entonces cuán fácil es conseguir nuestros propósitos cuando están orientados hacia la soledad.

Me reconfortaba pensando en aquel hombre del sur, que vivía solo entre unas breñas del Cauca, no admitía intrusos, y a quien los periódicos dedicaron una página sensacionalista acusándolo de loco porque había puesto un letrero que decía: “No me gusta que vengan. Ya los conozco”.

Pero a los policías no se les puede poner letreros. Empezaron a llegar, primero de requisa, a llevarse mis cosas; que si yo era espía de la URSS; que para qué tenía faro propio, aunque sin fanal; que si yo era Ptolomeo Filadelfo. ¡Ptolomeo Filadelfo! Me tumbaron la torre de una sola patada.

Mi vecino era el pintor Norman Mejía, en Puerto Salgar, con un stradivarius azogado y una paleta loca.

El stradivarius fue comprado en una prendería, después de dos años de búsquedas,

Pero Norman no lo tenía para interpretar ningún Mozart, sino para ver los sonidos más inverosímiles.

Escribió cincuenta volúmenes en cuarto mayor con alucinados poemas, los cuales son a la vez pinturas.

Gonzalo Arango y yo estuvimos descifrándolos en el jardincito privado debajo de la ducha.

Un tesoro, dijo Gonzalo, pero se necesitaría otro tesoro para editarlos.

Y los otros vecinos eran los pintores Lucho Cano y Lucho Márquez, y Lucho Calderón y Lucho Rueda, el profesor de matemáticas que hizo cálculos más extravagantes que los sonidos del violín de Norman Mejía.

Y Lucho Cano es el mejor pintor de Baranoa, su casa toda cubierta de pinturas, hasta el techo, y el mejor pintor de Barranquilla no puedo decir quién es porque todos lo son.

Vecinos míos, la verdad es silenciosa. Quien mucho grita mentiras pregona.

Y un hombre de la isla de San Andrés se retiró a Cayo Bolívar y allí permaneció solitario muchos años en medio de la mar y de las olas, alternativamente azules y negras.

Cayo Bolívar, pequeñísimo en la mar, un puñado de arena desnuda.

Si llegaron buzos, si llegaron marinos, si llegaron pelícanos, no habló con ellos.

El viento y el agua pulieron su impermeable piel, que quedó lisa y suavísima al tacto, con tal suavidad que sólo con tocarle había el temor de herirlo.

Presente en mis días estuvo aquel hombre a quien no conocí, pero que en cierto modo era también mi vecino.

Y ayer un joven buzo, nacido en Bogotá, crecido en San Andrés, se dirigió a mí entre muchos nadadores, en las piscinas olímpicas de Cali: –“El solitario de Cayo Bolívar murió hace quince días”, me dijo en tono natural, chorreando agua hermosa.

Estaba de paso en Cali, ya se iba, ángel submarino.


En el silencio de la mar

el solitario de Cayo Bolívar

limado por la lluvia y el viento.